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Dando la lata

Blas Fraile

Los yanquis no nos dan tregua y nos dejamos llevar

Y cuando la tontería del Jalogüín vuelve al baúl hasta el próximo año, sin solución de continuidad ya estamos envueltos en la vorágine del Black Friday, o el Blas Fraile que pudo leerse en algún mercadillo. Los yanquis no dan tregua. Y nosotros, que somos muy facilones, nos dejamos llevar. Bueno, pues a pesar de las nubes frías, negras y amenazadoras que se aproximan a gran velocidad, seremos poseídos sin remedio por la fiebre gastiza del Blas Fraile para, a continuación, iniciar la cuesta abajo y sin frenos que desemboca en las navidades. 

El tesorero de la tertulia del contenedor dice que él en casa cierra los ojos desde ahora hasta pasado Reyes, cuando volverá a abrirlos para comprobar la magnitud del estropicio en la cuenta del banco. Y me comentaba un amigo que este entusiasmo consumista y juerguista ya podía extenderse un poco más hacia las actividades solidarias.

Porque, lamentablemente, la gente se agolpa a las puertas de las tiendas y en las terrazas de los bares, pero no para apuntarse a echar una mano, por ejemplo, en los comedores sociales. Tampoco se está percibiendo que la generosidad con los que menos tienen vaya en aumento. Al contrario, lo que vamos a pagar de más a la compañía eléctrica lo detraemos de la ayuda a los necesitados en vez de gastar un poco menos en lo superfluo, que es una pasta. O sea, que si hay que ahorrar, lo hacemos en la limosna de la parroquia o en los alimentos para la cocina económica y no en la hora del vermú.

Si hiciéramos números de los euros que desperdiciamos en bobadas a lo largo de un mes y los destinásemos a ayudar a alguien, esto funcionaría bastante mejor.  Pues eso, como un Blas Fraile pero solidario. Que no significa que pasemos todos a vivir con privaciones. Qué va, que sólo sería dedicar una parte de lo que vamos a gastar a lo tonto a aliviar los apuros de otros. O sea, dar auténtica utilidad al dinero.

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