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Una comuna en Brañanoveles

Los jóvenes anarquistas que en los primeros años del posfranquismo decidieron poner en práctica en Mieres una experiencia colectivista

Dibujo de Alfonso Zapico sobre la comuna mierense Alfonso Zapico

Seguramente muchos mierenses recuerden aún la existencia de una comuna en Brañanoveles en los primeros años del posfranquismo, pero ciertamente deben de ser bastantes menos los que conozcan que quienes decidieron vivir allí fueron unos jóvenes anarquistas que dejaron su cómoda vida en la sociedad de consumo para poner en práctica una experiencia colectivista.

Una comuna en Brañanoveles

Entonces el hecho del aislamiento voluntario y el rechazo a las normas de la sociedad capitalista se identificaba con el movimiento hippie que se había hecho popular diez años atrás y nadie se planteaba otra cosa. Esa fue la versión que también aceptó el recordado Amadeo Gancedo, quien animado por el interés que esta novedad despertaba entre los asturianos publicó en el diario LA NUEVA ESPAÑA un reportaje con el titular: "Hippies en las montañas de Mieres".

Nuestro periodista empezaba advirtiendo que los protagonistas le habían pedido silenciar el lugar exacto en el que estaban y también sus nombres para poder preservar así su paz y su forma de vida. Cuando él los visitó había en Brañanoveles siete varones y cinco chicas "casi todos estudiantes que lo dejaron" y un perro. Eran de Ponferrada, de Cataluña, de la meseta castellana, también algún asturiano, pero no de Mieres. Incluso estaban de paso una chica canadiense y un tímido muchacho portugués. Y allí vivían "de una forma distinta a lo que se considera normal", sin prisas, ni horarios, ni apuros: "Deseamos la libertad, vivimos para ser pacíficos, queremos el contacto con la naturaleza. Todo ello porque sí".

Cuarenta y cinco años más tarde –se dice pronto– hoy quiero contarles lo que fue realmente aquella comuna a partir del relato de alguno de sus miembros que he podido localizar.

El histórico anarquista Gelín Meana, recientemente fallecido, contaba en una entrevista para radio QK el 5 de diciembre de 2012 que todo partió con el debate que se produjo en los Grupos Autónomos de la Universidad a finales de 1976 para ver si se constituía un Sindicato de la Enseñanza de CNT, decisión que fue asumida por la mayoría mientras un sector ácrata que no militaba pero que estaba muy próximo por ideología y amistad a ellos optó por otra vía:

"Con esta gente teníamos buena relación y entendíamos perfectamente lo que ellos hacían y sus planteamientos. Eran anarquistas y alguno caía por el Sindicato de Enseñanza y venía a las reuniones, otros no. Pero su planteamiento no era simplemente la cosa de “yo me lo monto yendo al monte”. Era un planteamiento político de hacer una reflexión. Gente a la que le quedaban dos asignaturas para acabar la carrera y lo dejó porque criticaba el modo de vida del capitalismo de esta sociedad y buscaba una alternativa y un camino por otro lado".

Según uno de ellos, que vive ahora muy lejos de Asturias, no eran hippies, sino libertarios, y la intención que movió tanto la formación de la comuna como su funcionamiento fue el colectivismo: "Nos llamaban hippies los habitantes de Brañanoveles y aldeas colindantes porque no se podían imaginar lo que realmente éramos. De algún modo hubo un cierto conflicto nunca expresado dentro del movimiento libertario: por un lado, los sindicalistas, por otro, los que pretendíamos otra acción alternativa no sindicalista. No estábamos en contra del sindicalismo, simplemente no considerábamos que fuera el único modelo de acción".

De hecho, las relaciones entre los dos grupos siempre fueron excelentes, todos se conocían y se visitaban con frecuencia porque en aquellos años el colectivismo también estaba extendido entre los anarquistas partidarios de la acción sindical. Alberto Rosón, quien fue uno de los protagonistas de la huelga de la construcción que duró cien días en aquel 1977 con la CNT en un papel sobresaliente por encima de los otros sindicatos, me lo explica así:

"En Oviedo había varias comunas urbanas vinculadas a la gente de Construcción, Sanidad o Enseñanza. Eran comunas en el sentido de que el dinero que ganaba cada uno se dejaba en una lata de Cola-Cao que estaba en la sala y cuando se necesitaba metías la mano y cogías. No había ninguna contabilidad, era todo en común. En Sanidad había otra en una casa donde vivían médicos, especialistas, auxiliares, también en régimen comunal y los estudiantes que tuvimos, más de lo mismo: la economía era colectiva, el dinero era de todos".

Centrándonos ya en la comuna de Brañanoveles, el lugar fue elegido por su aislamiento, lejos de las grandes vías de comunicación, a 560 metros de altitud y con la distancia justa para poder llegar a pie tras un largo paseo hasta el núcleo urbano. José Ramón Palacios, también militante de CNT, conocía a los vecinos y consiguió una vieja casa con un principio de acuerdo para pagar un alquiler, pero como estaba en muy malas condiciones y trabajaron mucho en adecuarla finalmente esta condición no se llevó a cabo.

Otra de las comuneras, Rosa, lo recuerda bien. Ella procedía del trotskismo y dejó su trabajo en la Telefónica en Madrid, el resto eran estudiantes de la Universidad de Oviedo vinculados a grupos ácratas: "La casa tenía dos plantas. Abajo estaba el taller. Arriba dos dormitorios y otra cama en el hueco de la escalera, también se empleaba una habitación en una casa vieja de al lado. No había agua corriente, se llevaba el agua con calderos y se lavaba la ropa en el lavadero del pueblo hasta que a última hora llegó la acometida, pero aún así nos duchábamos con una manguera".

La comuna se mantuvo fabricando sencillos juguetes y tablas chinas de madera, que se vendían los fines de semana en el rastro de Oviedo, aunque entre ellos había algún artesano que era un verdadero artista y hacía otras piezas más elaboradas, pero con menos salida en el mercado. Después, las ganancias se ponían a disposición de todos porque el día a día se basaba en la libertad individual y la confianza mutua.

Era una forma de vida basada en la ausencia de reglas establecidas, en la que se buscaba la tranquilidad y la vuelta al campo sin ningún lujo. La comida se basaba en berzas, patatas y huevos preparados en una cocina de leña; solo de vez en cuando uno de los comuneros visitaba a su padre que era carnicero en Astorga y aprovechaba para traer chorizos y algo de carne que se convertían en un auténtico festín.

El núcleo de la comuna lo formaban cuatro parejas fijas, sin embargo casi siempre había otra gente pasando allí temporadas más cortas, de modo que era raro que bajasen de diez personas. Estuvieron allí unos dos años, desde principios de 1977 hasta que a principios del 79 alguno tuvo que incorporarse al servicio militar y otros se trasladaron a otras zonas. A pesar de la falta de la normas y las dificultades que tuvieron que superar, sus integrantes consideran que este fue un periodo positivo y revolucionario y sobre todo impactante tanto social como individualmente.

A la contra, los sectores más reaccionarios de la sociedad que se negaban a abandonar los hábitos del franquismo hicieron circular rumores hablando de menores fugados de casa que se refugiaban allí, orgías y drogas. Sin embargo no hubo nada de esto. En Brañanoveles solo estuvo un grupo de jóvenes ácratas que rechazaba la sociedad de consumo. Allí no se practicaba el amor libre y las únicas drogas que se consumían eran el hachís y raramente algún "tripi", seguramente con mucha menor frecuencia de lo que se hacía en las calles de Mieres.

Realmente, aunque los pueblos de aquella época eran muy conservadores y la comuna los descolocó, Rosa los califica de vecinos encantadores: "Hicimos amigos de todas las edades y ambientes. Nos querían mucho, yo di clase a una niña del pueblo y ellos me pagaban con comida". Entre aquellas personas entrañables no olvida a Rosario la lechera a la que acompañaban cuando bajaba la leche con su burra a Mieres. Según Montse Garnacho esta Rosario era "La Garciella", una de aquellas mujeres luchadoras que en los duros años de la posguerra se había dedicado a atropar cestos de carbón en las calicatas por la noche para venderlo después por las casas. Para Rosa esta fue una de las épocas más guapas de su vida: "De hecho sigo viviendo en el campo en una antigua casería de Cabranes".

En aquel artículo de prensa, Amadeo Gancedo, sin conocer los ideales que inspiraron a la comuna de Brañanoveles, supo dar perfectamente con su esencia: "En la montaña mierense donde la luz es más luz, donde la vida puede ser como se concibe a sí misma, se enmarca el afán comunitario de unos jóvenes que rompen así con todos los tinglados de una sociedad consumista, abordando de frente lo que podríamos llamar el auténtico sentido de la convivencia".

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