Cuando el carbón se cobra el tributo: reconstrucción de la última gran tragedia minera, en la que fallecieron seis trabajadores

Documentos de la instrucción judicial descubren todas las claves del accidente del pozo Emilio: hubo "avisos" de la letal fuga de grisú

Ilustración de un familiar observando el castillete del Emilio del Valle.

Ilustración de un familiar observando el castillete del Emilio del Valle. / Abel Suarez Martinez

Todos los lunes se preguntaba si merecía la pena. Levantarse tan temprano, a las cinco. Deshacerse de las sábanas, salir al frío. Una hora de coche y ocho en el tajo. Sabía que podía encontrar otro trabajo más cerca, en Asturias, pero quería ser minero. Como su padre, como su abuelo. Apagó la luz de la cocina y se despidió de su hija, que dormía tranquila en la cuna.

El 28 de octubre de 2013, la mina se cobró el tributo por arrancarle el carbón de las entrañas. Fue la última gran tragedia del sector, en el pozo Emilio del Valle de Santa Lucía de Gordón -propiedad de la Hullera Vasco-Leonesa-. Seis trabajadores muertos. Uno de ellos, José Luis Arias "Teya", era de Lena. También fallecieron José Antonio Blanco, Manuel Antonio Maure, Orlando González, Juan Carlos Pérez y Roberto Álvarez. Tenían entre 35 y 45 años.

LA NUEVA ESPAÑA ha tenido acceso a documentación de la instrucción de este proceso, ahora ya visto para sentencia tras un largo juicio. Archivos entregados por la empresa, peritajes de expertos y actas administrativas. Estos documentos permiten una reconstrucción fidedigna de lo ocurrido aquella tarde tan negra. También de los días anteriores. De hecho, entre otros detalles, desvelan que la mina "avisó" varias veces de la letal fuga de grisú. Para la elaboración de este reportaje, también se ha contado con testimonios de supervivientes. La descripción de los momentos que siguieron al fatídico suceso no se incluirá detalladamente por respeto a las víctimas, a sus familiares y a sus compañeros.

Salió de los aseos y caminó por la caña del pozo. "Calleja", le llamaron. Si no tenías apodo, no eras minero. "¿Viste el partido ayer?". Sí, Athletic-Real Madrid. Cuando el Madrid marcó el segundo, se supo diana de chanzas en el tajo. Era el precio por tener un alma culé. Se encogió de hombros, sonrió ya dentro de la jaula. Mejor las bromas que hablar de lo que a todos les preocupaba: la maldita planta séptima del macizo 7.

Es el taller en el que se produjo el accidente. Durante el juicio, los trabajadores testificaron que había mucha "preocupación" por las constantes fugas de metano en ese tajo. "Era una zona muy mala", afirmaron. Extremo que negaron los acusados, entre los que se encuentran los Del Valle -los máximos responsables del grupo minero-. Las mediciones realizadas con el metanómetro (medidor de metano) en el panzer del taller, aportadas por la empresa al juzgado, son determinantes.

Mediciones

La Disposición Interna de Seguridad (DIS) de la empresa establecía lo siguiente: una concentración de metano (denominado también grisú) por encima del 2 por ciento es peligrosa. Si alcanza el 2,5 por ciento, las labores tienen que detenerse de inmediato. Este límite se superó en ocho ocasiones durante la semana previa al accidente. En concreto, el día 22 hubo dos mediciones fuera de este rango (4,8% y 3,4%); también el 23 (2,5%), el 24 (3%), el 25 (4,2%). El día 26, el último día laborable antes del suceso, el metanómetro midió tres picos de metano fuera de lo aceptable. El más preocupante, a las 15.00 horas, superó el 5 por ciento -el límite de la escala que se plasmaba en los resultados-.

Escuchó a dos vigilantes que andaban por el taller: "El viernes no se pudo sutirar en la séptima, el metano...". Recordó la primera vez que había escuchado la palabra "sutirar", se la dijo su padre. "Es del francés 'soutirage'", le había explicado con el orgullo del que sabe algo que otros desconocen. El método de explotación en el Emilio del Valle, que él no conocía hasta que empezó a trabajar en León. Le parecía casi magia: disparaban a la llave y el carbón se desprendía, el sutirador lo arrancaba y llevaba las pilas al panzer. Una vez, le preguntó a un ingeniero veterano por qué ese método no era frecuente en Asturias. "Porque las capas de carbón son más finas. La Pastora, la capa del Emilio del Valle, mide más de cien metros de grosor", le respondió. Hacía dos semanas que había empezado a dudar de la seguridad del método. Ya no estaba tan tranquilo. Decían que la bóveda de la séptima no terminaba de hundir. Y eso, sin duda, era un problema.

"Había bóveda". Fue una de las afirmaciones que más repitieron los trabajadores durante el largo juicio por el accidente de la Vasco. ¿Pero qué significa? Se referían a que el techo de la explotación del taller no se quebraba tras los disparos, como había ocurrido en las plantas superiores. Por lo tanto, estarían trabajando en virgen, esto significa que la galería no estaba abriéndose justo por debajo de la planta inmediatamente superior. Suponía riesgos como la formación de una gran bolsa de metano que, al continuar con las labores, provocaría una fuga masiva de grisú. Los acusados afirmaron, categóricamente, que la explotación era correcta y el techo había hundido.

Decidir si la bóveda quebraba o no es una clave del procedimiento. Porque, si de verdad "había bóveda" -como dijeron los trabajadores-, el accidente habría sido "previsible y evitable". La documentación ofrecida por la empresa al juzgado no esclarece este punto, pero hay un detalle que llama la atención. Está en los libros de "comunicación entre relevos", apuntes que los vigilantes hacían para informar al siguiente turno. Uno de los testigos afirmó en sede judicial, de pasada, que esas anotaciones podrían haber sido manipuladas.

¿Es esto cierto? Este diario ha tenido acceso al tomo de "comunicación entre relevos". Asegurar que fueron manipulados es, cuanto menos, atrevido. Pero hay una verdad absoluta: algunas páginas aparecen con anotaciones escritas con letra distinta y lo que parece ser un bolígrafo diferente al que usaban los vigilantes. Llama la atención que todas esas anotaciones se refieren a la tranquilidad en el tajo: "Todo normal", repiten. Y hay afirmaciones (de nuevo en letra y con bolígrafo aparentemente distinto) que se refieren a la bóveda: "Hay bóveda y está cortada (hundida, todo bien)" y, el día 25 de octubre, "bajó madera vieja, todo bien" (esto significaría que la bóveda estaba ya hundida y, por lo tanto, no había riesgo de un escape masivo de grisú). Solo tres días después de esas notas, nada estaría bien.

No sabría decir la hora exacta que era, entre la una y las dos de la tarde. Pero tuvo que parar en seco cuando escuchó aquel ruido. Como un petardeo, como un bramido. Como si la mina se estuviera hundiendo. Nunca antes lo había sentido. Miró al compañero, un polaco que no parecía alterarse nunca. Hasta ese momento: se había parado, como si ahora fuera de sal, tenía los ojos abiertos y la boca rígida. Sonó el telefonillo de la mina, descolgó y escuchó una voz temblorosa: "Tenéis que bajar a la séptima, hubo un accidente".

Al taller del accidente acudieron decenas de mineros para intentar auxiliar en los minutos que siguieron al accidente. Una decisión controvertida porque la DIS de la empresa detalla específicamente que, si se intuye un accidente, es obligatorio evacuar. "Hicimos lo que teníamos que hacer", afirman trabajadores que acudieron al rescate. Era de sumo riesgo: la fuga masiva de metano dejó la concentración de oxígeno en un 2 por ciento. Sobrevivir a esa galería era imposible. Ni siquiera los autorrescatadores funcionaron.

Cuando llegó al taller de la séptima pensó en su hija. La niña que esa mañana había despedido mientras dormía plácida en la cuna. Intentó encontrar aire puro para llenar el autorrescatador, antes de encarar el taller. Lo que siguió fueron, para él, imágenes desordenadas que presenció mareado y a punto de desfallecer. Alguien le tocó el brazo, le hizo señas para que saliera.

La documentación de la instrucción recoge detalles sobre esos minutos que siguieron a la fuga masiva de metano en el taller del Emilio del Valle. También declaraciones de los trabajadores que sobrevivieron. Afirman que, en el momento en el que accedieron a la galería, al menos uno de los seis mineros que terminaron por fallecer estaba aún con vida. La ventilación se había parado, y el grisú seguía comiéndose el oxígeno. Salvarlo, coincidieron los allí presentes, fue "imposible".

Salió afuera, a la caña del pozo. Se sentó e intentó respirar con normalidad. Declinó la atención sanitaria, otros la necesitaban más que él. Marcó el número de casa, solo quería escucharla. Su mujer respondió en el acto:

-¿Qué pasó?

-Pasó el infierno. Pero yo pude salir.

Suscríbete para seguir leyendo