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Meditaciones ante el catafalco de Bustiello

El falso féretro, en la iglesia del poblado, fue construido por el segundo ingeniero jefe de Hullera Española tras la muerte de su mujer en 1899

El catafalco, según la visión de Alfonso Zapico.

El catafalco, según la visión de Alfonso Zapico. / Alfonso Zapico

Ernesto Burgos

Ernesto Burgos

En el siglo XVIII se desarrolló en Inglaterra una corriente literaria conocida en inglés como Graveyard School, que podemos traducir como Escuela de los Cementerios, o Escuela Sepulcral. Entre sus miembros había algún prosista, pero la mayor parte fueron poetas que publicaron títulos tan elocuentes como "Pieza nocturna sobre la muerte", "La Tumba", "Elegía escrita en un cementerio rural", "In Memoriam" o "Pensamientos nocturnos", dedicadas a recordarnos lo que es inevitable.

Meditaciones ante el catafalco de Bustiello

Meditaciones ante el catafalco de Bustiello / Ernesto BURGOS

De vez en cuando me gusta leer estas curiosidades y hay un pequeño librito en prosa "Meditaciones entre los sepulcros", escrito como un capítulo de otra obra mayor por James Hervey en 1746, al que recurro con frecuencia cuando quiero recordar la poca importancia que tienen realmente algunas de las cosas que más nos preocupan. Esto viene a cuento porque hoy voy a contarles la pequeña historia de un catafalco y previamente he querido introducirles en el ambiente adecuado.

Como ustedes ya saben, el poblado minero de Bustiello es una de las joyas del patrimonio industrial asturiano. Debemos buscar su origen en el primer marqués de Comillas, que cuando falleció en enero de 1883 estaba adquiriendo algunas concesiones de minas en el concejo de Aller para proveer de carbón a sus barcos. Entonces heredó esta tarea –junto a muchas más cosas– su hijo el segundo marqués Claudio López Bru, quien acabó fundando la Sociedad Hullera Española, abrió nuevas explotaciones y en consecuencia tuvo que dotar a la zona de instalaciones de todo tipo para complementar la extracción y comercialización de la hulla.

El centro simbólico de todo este emporio fue una magnífica iglesia que se levantó siguiendo las ideas que el ingeniero jefe Félix Parent había conocido en Francia. Se inauguró en la mañana del 11 de octubre de 1894 y tuvo un coste final cercano a 400.000 pesetas de la época. Este templo es uno de los atractivos que tiene la visita al poblado, guiada magistralmente desde años por los profesores Roberto Álvarez Espinedo y María Fernanda Fernández y que ninguno de ustedes debería perderse. El simbolismo que encontramos en su arquitectura, la decoración interior, su ebanistería o la buena factura de sus vidrieras nos llevan a otra época. Pero este "pequeño Vaticano", como se le llamó pomposamente en algún momento, guarda también algunos pequeños secretos.

Hace un par de semanas, acudí a un curso sobre la muerte en las colecciones del Muséu del Pueblu d´Asturies, donde el antropólogo y director del Museo Internacional de la Gaita, Juan Alfonso Fernández García, nos mostró una interesante selección de fotografías con escenas y objetos relacionados con los ritos funerarios de nuestra tierra, casi todos ya en desuso. En la muestra me llamó especialmente la atención un catafalco adquirido en un anticuario del occidente asturiano que tenía la función de sustituir en las misas de funeral a los auténticos ataúdes en aquellos casos en los que faltaba el cadáver; una dolorosa situación que hace siglo y medio aún se daba con cierta frecuencia como consecuencia de los accidentes en la mar.

Además de en estas ocasiones, la Iglesia católica usaba los catafalcos en las misas de aniversario, cuando lógicamente también faltaban los restos de los finados, y se trataban igual que los ataúdes en los funerales de cuerpo presente: eran emplazados ante el altar, con velas a su alrededor y el sacerdote hacía sobre ellos los mismos rituales con agua bendita y incienso. Normalmente el catafalco no era más que un armazón de madera o de un par de mesas juntas y cubiertas por un paño negro, pero dependiendo de las posibilidades de la parroquia, a veces servía simplemente con un trozo cuadrado de tela negra colocado en el suelo, o al contrario, si el templo era de más postín se empleaba una pieza de carpintería trabajada para imitar a una verdadera caja de muerto.

A pesar de su aparente similitud, no debemos confundirlos con los ataúdes comunitarios, habituales en otra época en las zonas rurales y de los que hay un ejemplo en el Museo Etnográfico de Grandas de Salime. Estos se empleaban para llevar hasta el camposanto a los pobres que no tenían su propia caja. Una vez allí se enterraban envueltos en una sábana y el ataúd volvía a la iglesia para poder repetir su función las veces que hiciese falta.

El del Muséu del Pueblu d´Asturies tiene la apariencia de un féretro y al verlo recordé inmediatamente que en un cuarto sin uso, sobre la nave de la iglesia de Bustiello, hay una pieza muy parecida a la que nunca había encontrado explicación. Entonces la relacioné pensando en que podía haber tenido el mismo uso que el catafalco costero, aunque en este caso destinado a sustituir a aquellos cuerpos de mineros que no hubiesen podido ser rescatados tras un derrabe de grandes dimensiones. Pero me equivoqué, porque esta circunstancia nunca se produjo en la Sociedad Hullera Española.

Gracias a Miguel Ángel Fernández Palacios, incombustible defensor de la identidad de este poblado minero, y al testimonio del vecino Fernando Álvarez, quien oyó esta historia a sus mayores, ahora puedo explicarles que este falso féretro, que lleva décadas durmiendo el sueño de los justos y el despiadado ataque de la carcoma bajo la cubierta del templo de San Claudio, lo mando hacer el segundo ingeniero jefe que tuvo la empresa, Manuel Montaves, para la misa en la que se celebró el primer aniversario de la muerte de su esposa María Zubizarreta Laso, fallecida en accidente el 18 de noviembre del año 1899.

El luctuoso hecho ocurrió en la línea férrea que conectaba las explotaciones de la empresa con los lavaderos de Sovilla, los muelles para el transbordo del mineral y Ujo, donde además de la estación de enlace con el ferrocarril nacional se encontraban muchas de sus oficinas. El pequeño núcleo urbano servía también de escenario, en mayor medida que Caborana o Moreda, para las actividades sociales de los ingenieros y los técnicos de la Sociedad Hullera y por ello María Zubizarreta solía acudir hasta allí con frecuencia.

Aprovechando el rango de su marido, se había hecho construir un pequeño vehículo ferroviario preparado especialmente para este corto viaje que hacía desde su domicilio hasta Ujo por la única vía de que disponía aquel ferrocarril. Era como una de esas "dresinas" que vemos de vez en cuando en las películas del oeste americano y solo precisaba de un operario que la movía accionando manualmente una palanca.

Lógicamente, antes de cada desplazamiento se avisaba primero para prevenir un encuentro inesperado con los trenes que subían en sentido contrario, pero aquel día algo falló y en un curva se produjo el encuentro fatal: el obrero que movía la vagoneta pudo tirarse a un lado de la vía, pero la dama, que iba cómodamente sentada y a cubierto, perdió su vida.

Desgraciadamente, Manuel Montaves tuvo ocasión de sacarle provecho al catafalco porque la fatalidad lo persiguió siempre. El matrimonio había tenido dos hijos varones y cinco hijas. Estas sobrevivieron a su padre, pero el primogénito, Félix, murió en otro accidente en una jaula de un pozo minero de Barruelo el 27 de marzo de 1913 y el segundo, Manuel, dejó este mundo un año antes que su padre al ahogarse en el río Aller el 6 de noviembre de 1918.

Tanto el matrimonio Montaves como estos dos hijos están enterrados en el cementerio de Santa Cruz, porque por algún motivo el ingeniero no se planteó abrir un camposanto en Bustiello a pesar de que tuvo una buena ocasión cuando murió su antecesor Félix Parent, con quien mantenía una relación tan estrecha que incluso bautizó a su primer hijo con su mismo nombre.

Parent, una vez concluida su labor en las minas de Aller, fue jefe de los almacenes generales de la Compañía del Norte y luego pasó a residir en Madrid, pero murió repentinamente durante una de sus visitas a Ujo el 17 de julio de 1898. Este hubiese sido el momento para inaugurar el cementerio del poblado minero, o incluso para enterrarlo en el interior de su iglesia, pero en vez de hacerlo, el ingeniero fue llevado hasta San Juan de Luz en un vagón funerario escoltado por guardias del servicio de vigilancia de la Sociedad Hullera Española.

El catafalco de Bustiello mide aproximadamente 1,90 m y su madera parece pino, pero está tan deteriorado que su recuperación es imposible. Hasta hace unos años aún podían verse sobre él los restos del gran paño negro que lo cubría en las ceremonias, pero ahora solo lo acompañan las telarañas y una gruesa capa de polvo.

Si los escritores ingleses con los que abrí esta historia pudiesen contemplarlo ahora, encontrarían en él un motivo de inspiración, porque es una imagen perfecta del memento mori, las dos palabras que venimos repitiendo desde el Imperio romano para acordarnos de que todos tenemos que morir. Mientras tanto, no hará falta que les diga que lo más importante es aprovechar la vida.

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