de lo nuestro Historias heterodoxas
Cosas de "El Eco de Mieres"
Las querellas contra la combativa publicación de los hermanos Rodríguez Bernardo por sus críticas al marqués de Comillas y a la Hullera Española

"El eco de Mieres" visto por Alfonso Zapico. / Alfonso Zapico
A finales del siglo XIX se multiplicaron las publicaciones de todo tipo que apoyaban diferentes ideologías. Junto a los periódicos de difusión nacional que tuvieron una vida larga, son incontables los que se editaron por todas las provincias en pueblos de alguna entidad apoyando los intereses locales. En Mieres hubo varios, aunque el de más éxito fue "El Eco de Mieres", que tuvo su redacción en la plaza de Requejo y fue editado por los incombustibles hermanos Manuel y José Rodríguez Bernardo, a quienes ya hemos dedicado una de estas páginas. Ambos eran republicanos, masones y anticlericales, y con estas vitolas su principal objetivo no podía ser otro que el católico marqués de Comillas y sus hombres, que en aquellos años estaban empeñados en la construcción del poblado de Bustiello donde los mejores trabajadores de la Sociedad Hullera Española debían convertirse en ejemplos de obreros católicos fieles a Dios y al patrón.

Cosas de "El Eco de Mieres" / Ernesto BURGOS
Los dos hermanos fundaron primero el quincenal "La Verdad Suprema" y enseguida "La Voz de Mieres", que salió el 6 de enero de 1898, se clausuró en abril y volvió a las calles en octubre. Pero la publicación más conflictiva fue "El Eco de Mieres", editado también en esos años, que forzado por los llamamientos a los tribunales acumulados en pocos meses tuvo que cambiar de cabecera y de director para intentar disimular ante los jueces. Pasó a llamarse "El Clamor de Mieres", figurando como responsable Claudio García, aunque en realidad José Rodríguez Bernardo siguió estando detrás de la edición.
A veces los ataques del periódico contra los ingenieros de la empresa eran discretos y se limitaban a ridiculizar a la empresa con anécdotas sobre la vida cotidiana en sus territorios: "Nos dicen que en Caborana fueron sorprendidos dos niños cogiendo castañas en un castañedo de los Comillas, por lo que se les impuso a los padres de aquellas criaturas dos pesetas de multa a cada uno. Presentáronse estos a Montaves a fin de que les retirase la multa, a lo que contestó, según se nos asegura, que no podía ser. También nos dicen que familiares del denunciante andan libremente a castañas y nadie les dice nada. Cosas de la ley del embudo".
Pero en otras ocasiones la cosa subía de tono. Para que podamos hacernos una idea, voy a mostrarles ahora unos ejemplos publicados en septiembre y octubre de 1897 que he podido leer en la colección que guarda mi buen amigo Atilano Rodríguez. En aquel momento la Sociedad Hullera Española había presentado cuatro denuncias por injurias, cada una acompañada por la exigencia del pago de dos mil pesetas, contra José Rodríguez Bernardo por sus artículos, aunque uno de ellos no llevaba su firma. Era una carta remitida por un críptico "Z" desde un no menos misterioso "Valle de la Pentápolis".
El anónimo colaborador se identificaba como un obrero recién llegado a la empresa del marqués de Comillas y relataba cómo debido a que el primer sueldo tardaba siempre en cobrarse un mínimo de mes y medio, los nuevos trabajadores debían surtirse a la fuerza del Economato de estas minas, donde lo que se suministraba "atendiendo a la higiene debería echarse al basurero: tocino en completa podredumbre; chorizos de la misma calidad; pan de 3ª, por no haber de 4ª clase y así de los demás artículos"; sin embargo, los precios eran los mismos que los de los comercios que vendían buenos productos.
Según el informante, si se quejaban al jefe, este contestaba que los géneros eran inmejorables y que si no los querían podían dejarlos, a sabiendas de que "el trabajador que no tiene dinero ni un comercio que le fíe tiene que tomar lo que le dan, si no quiere morirse de hambre, aun cuando le dan alimentos que comprometen su salud". Pero lo único que le importaba a la empresa era conseguir dinero y si un obrero moría era sustituido por otro y luego los patronos descargaban su conciencia con cuatro golpes de pecho.
También se hacía una crítica a la manipulación cultural que trataba de imponerse a los obreros: "aquí el que no es un imbécil tiene que aparentarlo. Si pretende ilustrarse por medio de la lectura, no se le permite leer más que ‘El siglo XX’ y ‘La Lectura Popular’ o ‘El Correo Español’, con alguna que otra novelita o libelo por ellos escogidos entre lo más selecto, y si alguno se propasa a ir más allá, puede darse por despedido de las obras". Y en cuanto al Círculo Obrero Católico "entramos en él dos veces solamente y ya no deseamos volver; la primera fuimos a oír un sermón y la segunda nos cobraron a dos reales la entrada".
Estas afirmaciones fueron la causa de una de las demandas por injurias y ahora nos resulta muy difícil saber si eran ciertas o no, pero en el mismo número de "El Eco de Mieres" en el que se denunciaron estos hechos –2 de octubre de 1897– nos encontramos con otra carta que nos deja verdaderamente confusos porque supuestamente la firma nada menos que Segismundo Moret, entonces ministro de Ultramar, aunque estamos seguros de que no pudo ser él, tanto por la categoría del personaje como por el tono que emplea en su narración.
Se trata de un informe sobre sus contactos con don Claudio López Bru y los ingenieros Santiago López, Félix Parent y Manuel Montaves, que en aquel momento eran, respectivamente, gerente, director y subdirector de la Sociedad Hullera Española. El firmante afirmaba que había conocido a Montaves en 1891 cuando este era como una especie de criado de Félix Parent: "Tal era el servilismo del Manuel, que le he visto entrar a anunciarme con más respeto ante Félix que ante su divina majestad y salía sin volver el trasero a su entonces amo y el Félix le trataba como se trata a un perro".
A pesar de esto, según la misiva, Parent se había visto obligado a nombrar subdirector a Manuel Montaves cuando este se enteró de sus chanchullos y así remaron los dos en el mismo barco; pero Montaves fue trepando poco a poco y estuvo a punto de desbancar a su superior, que solo logró mantenerse en su puesto con la mediación del propio marqués de Comillas, quien lo apoyó porque le debía mucho, entre otras cosas una gestión para que se le reembolsasen veinte millones que tenía en cierta empresas. Un asunto que "El Eco de Mieres" prometió explicar más adelante.
Tenemos aquí varias acusaciones de corrupción contra toda la cúpula de la empresa, lo que iba a traer una nueva demanda contra la combativa publicación, pero además siguiendo con su relato, el imaginario Segismundo Moret hizo otras consideraciones sobre los hábitos sexuales de los ingenieros: "Había ido Félix a curarse, no sabemos si el reblandecimiento de la médula a Paramaribo y recibió telegrama de Claudio para que regresase a abrir una información que por cuestión de faldas era preciso ventilar en cierto valle donde el Manuel residía" lo que traducido nos presenta a un sifilítico y a un mujeriego.
Ya ven ustedes cómo las gastaban en "El Eco". Veamos ahora otro ejemplo: es una crítica a los negocios marítimos de don Claudio López Bru, que cobraba treinta y dos duros por cada hombre que llevaba a Cuba en sus barcos y otros tantos por cada repatriado o enfermo que traía de regreso a España. Pocos meses antes del desastre de 1898, había fondeado en La Coruña el vapor correo "Isla de Panay" con 771 pasajeros, la mayoría enfermos, a los que había que sumar otros 63 soldados fallecidos en su viaje que había ido arrojando al mar.
El señor marqués salía muy malparado con esta comparación: "Los voraces animales que en un momento se tragan la carne de un soldado español repatriado deben encontrar cierto parentesco íntimo entre ellos y el negociante tiburón patriótico que con tanta limpieza sabe digerir los millones de duros que le proporciona la guerra de Cuba".
Sabemos que la persecución que sufrió José Rodríguez Bernardo no se limitó a las denuncias e incluso hubo quien sin tener nada que ver en estos asuntos pagó las consecuencias en sus carnes: el 2 de noviembre de 1898 unos municipales de Mieres golpearon con saña a un soldado que estaba de visita en esta villa, al confundirlo con el periodista. Pocas semanas después los policías tuvieron más acierto y pudieron descargar sus cachiporras sobre la cabeza de José Rodríguez Bernardo, aunque nunca estuvo claro si la orden de la paliza había venido de Bustiello, de Fábrica de Mieres o del propio Ayuntamiento, porque todos eran objeto de sus críticas implacables.
Finalmente el periódico local acabó desapareciendo y sus colaboradores más notables se integraron en la redacción de "El Combate" publicado en Oviedo con una tirada más ambiciosa. Muy pronto, otras cabeceras iban a tomar su relevo en Mieres.
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