Tres alcaldes que se fueron a hombros de todo Mieres
El impresionante duelo por Aníbal Vázquez guarda similitudes con las despedidas de Manuel Llaneza y Vital Álvarez-Buylla

Secuencia con imágenes de las despedidas a Manuel Llaneza, Vital Álvarez-Buylla y Aníbal Vázquez. / LNE

Los últimos días han sido especialmente duros para el concejo de Mieres. La pérdida de Aníbal Vázquez ha dejado huella en la sociedad del concejo. Se podría decir que ha marcado a toda Asturias. Incluso su aura ha llegado al debate de investidura de Pedro Sánchez de la mano de Yolanda Díaz, que lo nombró dos veces en su intervención. Pero también ha sido una demostración de cariño de la ciudadanía al que consideraron el Alcalde de todos, más allá de siglas o ideales. La figura del paisano llano y honesto que no escatimaba tiempo con sus vecinos era mucho más grande que cualquier otra cosa. Y estos días también han servido para traer a la memoria los otros dos multitudinarios funerales de regidores mierenses: el de Manuel Llaneza y el de Vital Álvarez-Buylla. Todos fueron distintos, pero guardan también similitudes. Entre otras, seguro que la más importante para sus familias, el cariño y reconocimiento de sus vecinos, que cruzaron los límites geográficos del concejo y se extendieron, en todos los casos, mucho más allá.
Líder obrero.
Manuel Llaneza fallecía un 24 de enero de 1931. Lo hacía a causa de una pulmonía que había arrastrado de un viaje a Huelva. El fundador del SOMA ya no era alcalde de Mieres en ese momento, y vivía en la Casa del Pueblo. Falleció en la torreta derecha del edificio, justo donde ahora se ubican los despachos del PSOE local. Socialista –como Álvarez-Buylla–, minero –como Aníbal–, su talla política estaba fuera de toda dura. Tras su fallecimiento, la capilla ardiente se instaló en la Casa del Pueblo, por donde pasaron miles de personas. Al igual que ahora con Vázquez, el féretro estuvo allí instalado durante dos días para que los vecinos le dieran su último adiós. Todo esto que explica el historiador y colaborador de LA NUEVA ESPAÑA Ernesto Burgos lo completa con la despedida final. Fue, como lo serían años después los de Álvarez-Buylla y Aníbal Vázquez, un adiós multitudinario. Desde la Casa del Pueblo cogieron a hombros el féretro para llevarlo al cementerio civil de Mieres. Lo hicieron dando un importante rodeo para que los vecinos apostados en las calles pudieran despedirse. Para que todo el mundo entienda el recorrido, hablaremos de los nombres de calles actuales, puesto que algunas, entonces, tenían otras denominaciones: el féretro, siempre a hombros de compañeros, salió de la Casa del Pueblo, recorrió Doce de Octubre hasta Manuel Llaneza, subió hasta Teodoro Cuesta, llegó al cruce de Requejo y de ahí subió al cementerio.

El traslado del féretro de Manuel Llaneza. / LNE
Cuenta Burgos que, según lo atestiguado entonces, habría unas 15.000 personas en el funeral, entre ellos miles de mineros de todas las cuencas asturianas. Ese día se dejó de trabajar en los pozos. De aquella, en Mieres había una población de unos 43.000 habitantes y la minería estaba en pleno auge. Hubo coronas llegadas de todos los partidos políticos, sindicatos, asociaciones a nivel local regional y nacional, flores que no cabían en la Casa del Pueblo. Quedó escrito que la mayor corona llegó de la UGT de Madrid en tren. Y también hubo una importante delegación de Riotinto, las minas onubenses en las que Llaneza trabajó durante su exilio de Mieres.
Médico y regidor.
Álvarez-Buylla fue un excelente médico y gran alcalde. Pero en el verano de 1984, su corazón dijo basta. Lo hizo en el Instituto Nacional de Silicosis, en Oviedo, y estando aún en el cargo. Con mujer y tres hijos, uno de ellos el prestigioso otorrinolaringólogo Miguel Álvarez-Buylla, Vital era un hombre que guarda un gran paralelismo con Aníbal: supo granjearse el cariño de la gente y de la esfera política a diestra y siniestra, y fue el único regidor en la historia del municipio, junto a ahora Vázquez, que murió en el cargo.
Fue el 31 de julio cuando fallecía. De madrugada, y acompañado por familia y amigos. Se puso entonces una mesa de firmas en el Ayuntamiento de Mieres, pero por deseo de la familia, cuenta la crónica que el periodista Amadeo Gancedo escribía en LA NUEVA ESPAÑA, la capilla ardiente no se iba a instalar en la Casa Consistorial. De hecho, los restos mortales de Vital permanecieron en Oviedo hasta su traslado para el funeral, que se celebró en la iglesia de San Juan de Mieres. En aquel 1984, Mieres venía de sufrir el desmantelamiento de la siderurgia (Fábrica de Mieres), pero mantenía aún una intensa actividad minera. El concejo estaba poblado por unas 57.000 almas.
Por el velatorio en Oviedo y a su funeral asistieron políticos y personalidades de derecha e izquierda. Porque Vital Álvarez-Buylla había sembrado la semilla de la concordia. Y ese paralelismo con Vázquez es uno de los que destaca el historiador Ernesto Burgos. "Manuel Llaneza tuvo más peso político a nivel nacional e internacional, pero Buylla y Aníbal fueron dos alcaldes mucho más cercanos y llanos con el pueblo", apunta.

El féretro con los restos de Álvarez-Buylla, llevado a hombros por Mieres. / LNE
Y como cada uno recoge lo que siembra, mientras en el interior de la iglesia el párroco Nicanor López Brugos, fallecido hace un lustro a los 88 años, oficiaba una emotiva misa, la multitud que no cabía en el templo esperaba fuera para despedir a su alcalde. Cuentan las crónicas que hubo miles de personas en las calles. Eso sí, seguramente la fecha del fallecimiento, pleno verano, restó afluencia para despedirse del alcalde que hoy da nombre al hospital comarcal de Mieres. Tras la misa, y a hombros, el féretro también se trasladó hasta el cementerio municipal, donde en un emotivo acto, fue sepultado. Entre los que arrojaron las primeras paladas de tierra, cuenta en su crónica Gancedo, los primeros fueron su hijo Miguel y su hermano Félix. A continuación, lo hicieron el entonces presidente del Principado, Pedro de Silva, y la mano derecha de Álvarez-Buylla, amigo y quien le iba a suceder en el cargo, Eugenio Carbajal.
Alcalde de todos.
La última gran demostración de aprecio hacia un Alcalde fallecido aún sigue en el aire de Mieres, en una sociedad algo alicaída, intentando encajar el golpe de que ya no tendrán el saludo de Aníbal Vázquez cuando se lo cruce por la calle. Los mierenses despidieron este martes al que fue su alcalde durante 12 años con un multitudinario acto en la plaza del Ayuntamiento. Habría más de cinco mil personas. En la plaza no cabía un alma más. Incluso en la calle Teodoro Cuesta todavía había algún sector en el que la gente se agolpaba, aunque solo fuera para escuchar hablar a los amigos que intervinieron durante la despedida del regidor.
Aníbal Vázquez ha sido el primer alcalde que, muriendo en el cargo, tiene la capilla ardiente en el Ayuntamiento de Mieres. Una capilla por la que hubiera sido imposible contar toda la gente que pasó: desde autoridades políticas, sociales y militares de toda Asturias e incluso de otros municipios mineros de León, hasta miles y miles de vecinos de todas las edades que quisieron arropar a su mujer Belén, sus hijos Susana y David, a su "hijo político" (que no su yerno), Manuel Ángel Álvarez, y a todo su equipo de concejales y sus compañeros de Izquierda Unida (IU). De IU porque era su partido, pero la realidad es que Aníbal fue compañero de todos, compartiesen o no sus ideales, y eso fue lo que hizo que se ganase el cariño de todo el espectro político de ciudadanos de toda orientación, credo o creencia.

Despedida a Anibal Vázquez en Mieres. / Irma Collín
Llaneza da nombre a la calle principal de Mieres, y el hospital está dedicado a Álvarez-Buylla. Y estos días ha surgido en las redes sociales una propuesta ciudadana para pedir que el parque de La Mayacina, inaugurado en junio de 2022 y uno de los proyectos de los que el Alcalde se sentía más orgulloso, pase a llamarse parque Aníbal Vázquez. También está previsto que el Open de Pesca de Mieres lleve el nombre de Memorial Aníbal Vázquez.
La despedida de Vázquez dejó muchos detalles de la persona que fue y del ejemplo que ha dejado para las generaciones venideras. Desde las atronadoras ovaciones de la plaza del Ayuntamiento en su despedida, hasta que en su último paseo por el Ayuntamiento los portadores del féretro también fueron un ejemplo de lo que Aníbal perseguía y había sido. Desde la capilla ardiente hasta la plaza, los que lo llevaron fueron sus amigos de toda la vida, los del barrio de San Pedro, con los que creció y vivió durante casi siete décadas. Y cuando acabó el acto, desde la plaza al coche fúnebre, seis compañeros de corporación. Y entre ellos tres mujeres. Algo nada habitual a la hora de portar un féretro. Porque Aníbal era un tío llano, abierto, amable y generoso. Pero también cuidaba estos detalles. No daba puntada sin hilo. Y hasta el último segundo, quiso ser ejemplo.
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