Entrevista | Isabel Torrente Historiadora medievalista

"Me crié en Oviedo, pero prefería La Felguera, porque salía más a la calle"

"Me hinchaba las anginas para escapar de un jesuita que hablaba del infierno e irme a casa a leer las travesuras de Guillermo Brown"

La historiadora medievalista Isabel Torrente, en Oviedo, el pasado lunes.

La historiadora medievalista Isabel Torrente, en Oviedo, el pasado lunes. / David Cabo

Javier Cuervo

Javier Cuervo

Leer, escribir, investigar, criar y divertirse

Isabel Torrente Fernández (Sama de Langreo, 1945), profesora de Historia Medieval de la Universidad de Oviedo jubilada, tiene un peculiar sentido del humor que sale de una cabeza con lecturas y escrituras y una manera traviesa de divertirse. 

Dio clase casi 40 años, le gustó investigar y tiene muy estudiado y publicado el monasterio de San Pelayo de Oviedo en la Edad Media, Gijón en la Baja y en la Alta Edad Media y El dominio de la iglesia de San Bartolomé de Nava. 

Pasó tres años de novicia en San Pelayo y, aunque no se atrevió con los votos, encontró allí su área de estudio y el espacio de sus principales investigaciones.  

Está casada con un profesor de filosofía de secundaria. Tienen 2 hijas -Isabel y Covadonga- en los 40 años. Isabel les ha dado tres nietos: Jimena, 14 años; Eloy, 11 e Inés, 7. Viven en Berlín. Isabel hizo física con un posgrado en la Universidad de Strathclyde, Escocia y marchó a Alemania para hacer la tesis. 

Covadonga hizo educación física, vive cerca de Aranjuez (Madrid), está casada, tiene un San bernardo y escribe sobre sentimientos y paisajes, "un poco Tagore a lo asturiano".

La medievalista oye mal por unas otitis infantiles. "En verano buceaba y los septiembres acababa en el otorrino, Carlos Suárez, el padre, mayor, serio, muy amigo de mis tíos. Salía de su consulta con un montón de inyecciones. Hubo momentos en que tenía dolor, supuraba y no dije nada a nadie. Y me quedó alguna cicatriz".

–Soy de Sama Langreo, del final de 1945. No se había rendido Japón, pero en Europa ya había paz. Tengo un hermano, Benjamín Gonzalo, ingeniero, que trabajó en Duro Felguera toda la vida. Le llevo un año.

–¿A qué se dedicaban en su casa?

–Mi padre trabajaba en una oficina en Oviedo, donde "El termómetro", y en Avilés en lo que llamaban astilleros, pero eran carpinteros de ribera. Mi madre podría haber trabajado porque era muy inteligente.

–¿Cómo era su padre?

–Se llamaba Álvaro Torrente Ballester, era gallego e hijo de un marino de la Armada con el que compartía un humor inestable. Era muy guapo, muy amable y muy simpático. Su hermano Gonzalo, el escritor, se pasó la vida estudiando, era el listo de la familia y quedó echando un el ojo por nosotros cuando mis padres se separaron.

–¿Era un padre cercano?

–Sí. Íbamos al monte, me enseñó cómo usar la brújula y a navegar en un balandro.

–¿Cómo era su madre?

–Se llamaba Emilia García. Dicen que era muy guapa, de ojos azules. Mi hija pequeña dice: "¡qué injusticia! ¿Por qué yo no tengo los ojos de la abuela?". Su padre, Benjamín García, fue secretario del Ayuntamiento de Langreo y fundador de la compañía de autobuses con un socio. Era melquiadista y lo mataron unos días antes que a Melquiades Álvarez. La economía familiar se desarmó bastante. Mi madre era la más pequeña de cuatro hermanos. A los 19 o 20 años, por melquiadista y burguesa, fue de escudo humano en un barco cárcel en el muelle de Gijón. Su matrimonio fracasó, pero era muy alegre.

–¿Cómo fue su niñez?

–Vivíamos en Oviedo, en la calle Palacio Valdés, hasta que tuve 12 años, pero no me gustaba. Aquí solo iba al Campo San Francisco, donde me decían que no comiese las castañas porque quedaría enana. Yo era muy metafísica, no quería crecer y andaba por el Campo comiendo castañas. Prefería estar en La Felguera, porque podía salir más a la calle y estar con mi abuela y con mi madrina, gente mayor que me traía en palmitas. "¿Qué quieres hoy para comer?".

–¿Cómo era la abuela?

–Una persona con un sentido innato de la justicia, muy afable y cariñosa. Me llevaba muy bien con ella. Respetaba a las buenas personas y no me pasó ningún rencor. Era íntima amiga de una señora que la había matado al hijo los nacionales. Me extraña que haya chavales ahora que hablen de aquello como se hubieran estado allí. Tuvimos unos mayores muy generosos.

–¿Y la madrina?

–Era amiga de la familia y madrina de mi madre. Se llamaba Emilia era de finales del siglo XIX, siempre vestía de negro y apenas salía de casa. Tenía varias hermanas solteras, habían vendido cosas y tenían dinero.

–¿Qué rapacina fue usted?

–Estudiosa y trasto. Me escolarizaron de manera anárquica. Debajo de casa de mi madrina había una escuela... me enseñaban en casa... Mi tío Gonzalo decía "que vaya con calma y coja estudiar con gusto". Nos preparaban para el ingreso que había un examen en el que no se podían tener faltas de ortografía y había una cuenta más larga que mayo… Hice bachiller en las Dominicas.

–¿La religión en su casa?

–Eran cristianos. Mi abuela rezaba el rosario con sus amigas o conmigo, pero no eran clericales. Como melquiadistas tenían respeto. Tengo amigos curas y mi propia vena anticlerical.

–¿Y en las dominicas?

–Había rosarios, pero los piraba. Los ejercicios espirituales eran tremendos. Tengo que agradecer haber tenido cierta capacidad crítica porque me acuerdo de un jesuita hablando del infierno y de que me dije: "Isabelina, aquí no te metes más". Tenía las anginas tan grandes que las hinchaba, decía "estoy fatal", me miraban y para casa, a leer cuentos de Guillermo Brown, de Celia y los que heredé de mis primos mayores, hijos de Gonzalo, muy seleccionados. Me encantaban las anginas porque quedaba en casa leyendo y tomando natillas..

–¿Qué tal socializó?

–Bien. Tenía primas y una pandilla de amigos y amigas.

–¿Bien en el colegio?

–Suspendía en conducta. Eran tiempos más rígidos y hacíamos trastadas.

–¿Por ejemplo?

–Soltar una cucaracha en el estudio. Lo que aprendíamos en el colegio, lo aplicábamos para maldades. Conocimos el fósforo y fuimos al cine del Hogar del Productor, en Sama, nos sentamos en la primera fila y, con saliva, ablandamos unos restallones y nos hicimos rayas en la cara. Cuando más oscura estaba la pantalla, nos levantamos y salimos con la cara fosforescente. ¡Qué follón! Estuvimos más de un mes castigados sin entrar al cine.

–¿Cómo vivió la separación de sus padres?

–En casa no se notaba el conflicto. Tuve paz, observé lo que me gustaba y lo que no, lo que estaba mal, lo que no... Investigaba y me llevaba un susto de vez en cuando. Mi madre fue muy normal con la separación. ¿Cómo se va a esconder nada en Sama?

–¿Qué recuerda de Sama?

–Soñaba un Nalón limpio. En la adolescencia cuando lo vi limpio me di cuenta de que eso significaba conflictos sociales y minas cerradas.

–¿Qué adolescencia tuvo usted?

–La pandilla, lo que nos ocurría, la fiesta de Santo Tomás de Aquino, ir al monte... Podía gustarte alguno, pero sin problemas de novietes. De aquella pandilla tan grande no salió ningún matrimonio.

–Vivía en un grupo burgués.

–Sí, pero no con dinero. Un hermano de mi madre era juez en Sotrondio, mis amigos y yo estudiamos carrera casi todos, pero nunca me consideré parte de la sociedad pija porque no lo éramos. Era muy amiga de gente de izquierdas y de derechas, conocía mineros y recuerdo un accidente de jovencina: los vi pasar para el sanatorio Adaro y casi lloré.

–¿Le influyó su tío Gonzalo Torrente Ballester, uno de los grandes escritores de la posguerra?

–Sí. Que haya estudiado historia fue cosa suya. Me gustaba escribir desde pequeña, no sé si por la escritura o por las plumas, que son mi vicio. Gané algún concurso de redacción y uno de cuentos de Radio Langreo -para mí, muchísimo- compartido con Miguel Ángel Lombardía. Iba para la literatura. Gonzalo me dijo que estudiara historia primero, que me iba a servir para poder analizar el mundo y después hiciera lo que quisiera.

–Sus lecturas progresaron.

–Tuve una moja de literatura en cuarto de bachiller, María Rita, dominica, muy buena. Me metió en Sófocles, en la literatura medieval y del siglo de Oro en ediciones abreviadas, Soy miope de nacimiento y no era muy deportista así que los sábados cuidaba los abrigos de los que jugaban mientras leía a Alarcón.

–Universidad, 1964.

–En Oviedo, en el colegio Mayor de las Pelayas. Hice primero y segundo y me di cuenta de que también me gustaba el Derecho, que estaba en la familia, pero había pena de muerte y quise ver cómo eran los juicios. De las Pelayas a la universidad mi amiga Tere y yo teníamos que pasar por la audiencia y entrábamos a los juicios. Me encantaban, pero me daba miedo que la inocencia o culpabilidad de un hombre dependiera de la habilidad del abogado o de la clemencia esto del juez. Quería ser responsable.

–¿Qué tal en San Pelayo?

–Comida muy bien, compañeras muy bien, monjas encantadoras ¡y unas empanadas de manzana...! Desde segundo de bachiller estaba interesada en la religión, no por lo clerical sino en lo que podría haber sido el cristianismo y en el cristianismo para mí. En San Pelayo me interesó San Benito.

–Del que no sé nada, cuente.

–Se sabe muy poco de él... hay quien dice que no existió. En el siglo VI va a estudiar con una criada a Roma, que está destrozándose por completo como sociedad. Lector de San Agustín intenta una vida paralela al monacato que había dado la espalda a la ciudad, a los impuestos, haciendo una sociedad que viva en armonía. Eso me interesó mucho. En San Pelayo también me interesaron la música y el gregoriano y descubrí personas muy sensatas e inteligentes. Cuando acabé segundo curso pasé a entrar en San Pelayo y viví tres años y pico de novicia. Mi religiosidad se hizo mucho más libre en el monasterio. Es religiosidad del siglo VI.

–¿Cómo fueron esos 3 años?

–Era una vida muy normal. Trabajando, oyendo música, aprendiéndola y dando clase, porque la abadesa, Amparo Moro, siguiendo la reforma de los benedictinos después de la Segunda Guerra Mundial, quiso que las mojas estudiasen, al menos, hasta cuarto de bachiller. Fui pinche de cocina y rallé perolas de dulce bajo manga. Limpiaba mucho y muy despacio la sillería del coro mientras escuchaba ensayar a la organista, Ángeles Prendes, pariente de Pipo Prendes, premio de órgano internacional, buenísima. Aprendí mucho de la responsabilidad, de llevar la casa... estudié…

–¿Y Dios qué tal?

–Lo buscaba.

–¿Lo encontró?

–Lo sigo buscando. No se puede demostrar, pero cada día me parece más grande. A la vez me gusta el universo y quiero saber por qué de esta roquina donde estamos dando vueltas.

–¿Qué pareció en casa que se metiera a novicia?

–Mi madre dijo que cuanto primero entrara, mejor, porque así saldría joven. Me conocía.

–¿Por qué lo dejó?

–No me atreví a hacer los votos solemnes perpetuos. Me pareció un compromiso muy serio. Además, no soy sumisa y lo sabía. Temía al grupo cerrado. Las quiero todavía. Quedé con una pierna dentro. La archivera, Guadalupe, medalla de plata del Principado, me enseño paleografía, andaba con los documentos, me ayudó a querer más la historia. Si fuese como los monjes, que salen a dar clase, entran, traen el sueldo y rezan no me importaría, pero… Yo no era para eso, pero sigo estudiando la historia de San Pelayo

–Sale y...

–Acabo la carrera.

–En su época la universidad era muy política

–No me tocó lo fuerte, pero cooperé con la llegada de la democracia. No me asocié más que al Centro Asturiano y a San Pelayo, pero tenía amigos en el Partido Comunista y fui compañera de viaje. Estaba con la junta Democrática. No tengo épica, aunque pagué alguna cosa indirectamente.

–¿Qué pago?

–No lo puedo contar: la gente está viva.

–¿Qué profesores recuerda mejor?

–Castresana, Coté Martínez, Paco Quirós, un cascarrabias al quien quise mucho. Gustavo Bueno me dio notable. Lo aprecié. Era muy oscuro. Dio unas clases de Kant que no entendí nada y hasta su guardia pretoriana salió rompiendo los apuntes. Fui al colegio, leí a Kant y me enteré.

–Acaba la carrera...

–Estoy haciendo la tesina, voy de ayudante al instituto de Pravia y conozco al que es mi marido: Fernando Fernández. Somos los reyes católicos. Fue profesor de Filosofía en el Instituto Aramo, de Oviedo, durante muchos años.

–¿Ligaron rápido?

–Y nos casamos pronto. Fuimos a vivir a Grado y desde allí íbamos a Avilés y luego a Oviedo, cuando entré en la Universidad.

–Se instalan en Oviedo.

–Primero, en el polígono de Otero; luego en Padre Aller, Vallobín, hasta hoy.

–Tiene dos hijas. Entiendo que usted fue una madre presente con sus hijas,

–Todo lo que pude, con mucho turno con mi marido. También he criado mucho a mis nietos lo que me ha hecho pasar mucho tiempo en Berlín desde hace 20 años, viendo lo que era Alemania. Las noches en Berlín son muy largas.

–¿Qué es Berlín?

–Lo que salió en las elecciones. El domingo vi las inquietudes de la gente... y las mías porque yo ahora estoy en un mundo que no reconozco. No tengo nada contra los trans, pero estoy como Amelia Valcárcel: los adultos que hagan lo que quieran, pero a los niños que los dejen en paz. Aparte de los avances que hubo nos quieren meter mucho miedo.

–¿A qué se refiere?

–Una cosa es decir qué progres y majos son los verdes y otra aguantarlos. Sacaron una ley de calefacción en Alemania, porque se quedaron sin energía, y cada miembro del gobierno lo explicaba de una manera. Hay gente muy mayor y mucho frío y le dicen «póngase un jersey». Y después la guerra. En Alemania hay muchos rusos, por la música, por las matemáticas, porque se quedaron en Alemania democrática. Soy la primera que digo que esa guerra que empezó hace 14 años sobraba. El canciller Olaf Scholz dijo un día: «No vamos a dar armas a Ucrania». El filósofo Jurgen Habermas dijo: «mejor la paz y no meterse en esto, que no es cosa nuestra». Y al día siguiente empezamos a dar armas. Ahora permiten que se ataque Rusia con armas alemanas. La gente tiene miedo a la guerra, no la quiere. No sé si la extrema derecha la quería para armar follón.

–Parece muy interesada.

–La historia me interesa y también entender el mundo en el que vivo. Pasé la pandemia leyendo a esa gente súper rica, «El gran reinicio», de Klaus Schwab, presidente del Foro de Davos, a George Soros, para ver qué quieren de nosotros. Me hago muy escéptica, no conspiranoica porque no se necesita, basta leerlos. Las contradicciones en la Edad Media son las mismas de hoy. Sólo quitaron las contradicciones entre ricos y pobres y ahora son múltiples y porque soy mujer, soy dominada, pero como soy blanca, soy dominante.

–¿Qué tal cree que la está tratando la vida?

–Bien. Con argayos y problemas. Las enfermedades y la muerte están alrededor, pero resolviéndose. No aspiro a más que lo que puedo hacer y que sea lo mejor posible. Y a divertirme. Tengo unos nietos geniales y Alemania me valió mucho estos últimos 20 años. No me gusta el frío y veo el problema de los choques culturales, duros para el que acoge y para el acogido. Todo va muy rápido.

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