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Gentes de las Cuencas en la guerra de las Comunidades: Carlos V contra los comuneros de Castilla

El reclutamiento tuvo éxito en pueblos del Nalón y del Caudal, y se procuraba que los mozos continuasen juntos

La historia de hoy vista por Alfonso Zapico

La historia de hoy vista por Alfonso Zapico / Alfonso Zapico

Ernesto Burgos

Ernesto Burgos

En el boletín del RIDEA publicado en el primer semestre de 1992 leemos un artículo titulado "Capitanes y soldados asturianos en la batalla de Villalar". Lo firmó el jesuita Luis Fernández Martín, quien fue responsable durante un tiempo en la década de los 50 de las emisiones en español de Radio Vaticano. En él recogió los nombres que había podido localizar de los nacidos en esta tierra que tuvieron una intervención directa en la guerra de las Comunidades resuelta el 21 de abril de 1521 con la derrota de los rebeldes en los campos de Villalar.

El religioso consideró como asturianos a quienes tenían apellidos propios de la región o remataron su afiliación citando el lugar del que procedían, por lo que debemos contemplar un margen de error y no cerrar una cifra exacta. Con todo, el número de los que combatieron del lado de Carlos I en aquellas jornadas debe de rondar los ciento cincuenta. Pero, antes de contar algo sobre ellos e identificar a los que procedían de la Montaña Central, es preciso recordar primero lo que se dirimió en aquella guerra civil, una entre las tantas que hemos sufrido los españoles.

Carlos I de España y V de Alemania fue uno de los hombres más poderosos que ha habido en el mundo occidental, a pesar de nacer en un retrete, porque su madre Juana se puso de parto en un baile y lo confundió con otra clase de apretón. Perdónenme el chascarrillo, pero esta incidencia debe contarse porque no se queda en la anécdota escatológica y tiene su importancia, ya que según sus biógrafos la falta de asistencia médica le dejó secuelas para siempre.

De cualquier forma, heredó medio mundo por las dos ramas familiares y antes de ser emperador lo hicieron rey de España en 1516, cuando solo era un mozuelo tragón que no conocía nada acerca de estos territorios y tenía una clara preferencia por Flandes. A finales del año siguiente se presentó aquí de mala gana, sin saber ni una palabra de castellano y considerando que podía hacer lo que le diese la gana en sus propiedades, se dedicó a reemplazar a los españoles que ocupaban cargos de importancia por amigos personales y consejeros políticos flamencos (en el sentido geográfico del término).

Supongo que ya conocen ustedes su accidentado desembarco en la costa asturiana, que ahora se celebra como una fiesta en Tazones, y el apresurado abandono de esta región que no le ofrecía ningún atractivo, antes de ir a esquilmar a las ciudades castellanas mucho más ricas por causa del comercio del trigo y de la lana. En cuanto tomó asiento, quitó derechos, subió impuestos y mandó recoger todo el oro posible para sacarlo de aquí: joyas, tesoros locales y hasta las piezas de ducados de a dos que habían acuñado sus abuelos –los Reyes Católicos– en este metal.

Así las cosas, no nos puede extrañar que prendiese con rapidez un levantamiento en las ciudades de la Meseta al que se sumaron tanto las clases adineradas, como la burguesía, e incluso los más humildes. Cada grupo con sus propios intereses y todos coincidiendo en odiar a aquel extranjero que se estaba llevando por delante el modelo de sociedad que habían levantado como una filigrana sus abuelos.

La sublevación comunera se extendió sobre todo por las dos Castillas teniendo como focos principales Toledo y el triángulo León-Burgos-Valladolid, mientras que no tuvo partidarios en las regiones norteñas y especialmente en la nuestra. De Asturias no se llevó nada porque nada había que llevar. La mayor parte de la población nunca había visto una moneda de oro y su interés sobre las cuestiones colectivas se limitaba a ordenar el disfrute vecinal de la panera más próxima.

Esta tierra estaba sumida en el aislamiento. La carencia absoluta de ideales de sus habitantes, aquilatada por una incultura ancestral, más la necesidad de dinero y tal vez también las promesas de gloria, hicieron que un buen número de jóvenes empuñasen las espadas que les entregaron junto a la primera soldada para apoyar la causa de un rey completamente desconocido para ellos.

El almirante de Castilla, don Fadrique Enríquez, dirigió en 1520 las operaciones de reclutamiento privando de sus mejores brazos a muchas familias y en enero de 1521 unos tres mil infantes gallegos y asturianos ya se sumaron a otros cuatro mil hombres que estaban concentrados en Medina de Rioseco, muy cerca del campamento en que los comuneros se preparaban para resistir.

Las tropas de Carlos I se organizaban en capitanías. El padre Luis Fernández Martín, académico de la Historia y buen rastreador de archivos, pudo localizar en su búsqueda los listados completos de ocho de ellas, con un total de 844 soldados. De manera que, teniendo en cuenta el total que hemos apuntado más arriba, los datos que veremos a continuación no reflejan el total y seguramente el número de asturianos tuvo que ser mucho mayor.

De cualquier forma, cuatro de estas capitanías estaban mandadas por capitanes con apellidos asturianos y dos de ellas, la tercera y la cuarta –que son las que tenían más jóvenes de la Montaña Central– por hombres de Campomanes.

Yendo por partes. En la primera capitanía solo encontramos a dos alleranos, Toribio de Soto y Pedro de Soto, y a un lenense, Juan de Pajares. En la segunda aparece un tal Martín de Pontones, pero este es un topónimo que abunda en toda la región y no podemos situarlo con certeza en ninguno de los muchos lugares que se llaman así por nuestros concejos.

La tercera capitanía tenía 78 hombres de los que 28 eran asturianos y la dirigía Diego de Campomanes. Para aclarar la procedencia de este apellido he consultado con Gil Castañón-Bernardo de Quirós y Esgueva, quien es actualmente uno de los mejores estudiosos de los linajes asturianos, y me dice que en el periodo que estamos tratando –principios del siglo XVI– podemos situar sin problemas este apellido en el sur del Concejo de Lena.

Bajo el mando de don Diego estaba otro paisano, Juan de Campomanes, y también Diego de Sotiello, Alvar de La Pola y Tomás García de La Pola, que seguramente eran lenenses. Y junto a ellos, varios alleranos: Pelayo de Soto, Alfonso de Felechosa, Pedro García de Aller y Bartolomé de Pelúgano.

En la cuarta capitanía, con 167 hombres, el mando recaía sobre Gutierre de Campomanes, seguramente hermano del otro capitán. También encontramos aquí gentes del Caudal: Pero González de Aller, Juan Díez de La Romía, Gonzalo Bayo de Pajares, Bartolomé de Malvedo y Juan de Mieres. Y de la Cuenca del Nalón: Juan Álvarez de Sobrescobio, Gómez de Entrialgo, Juan Suárez de Entrialgo, Martín de Entrialgo, Juan de Entrialgo, Juan de Tolivia, Pero Fernández de Tolivia, Pedro Martínez de Tolivia y Hernando de Sama.

En la quinta solo aparece Diego de Soto; en la sexta un tal Marcos de Santullano, aunque este Santullano tal vez no sea el de Mieres, y en la octava Juan de Sobrescobio, Juan de Lena, Juan de Soto, Pedro de Tarna y Pedro de Arbas.

Por lo que vemos, parece que en algunos pueblos el reclutamiento tuvo mucho éxito y se procuró que los mozos permaneciesen juntos en la misma capitanía, por eso están en la cuarta cuatro soldados de Entrialgo y tres de Tolivia. Afortunadamente para todos ellos, los comuneros sufrieron un tremendo desastre en la batalla de Villalar, ya que, si hacemos caso a algunas relaciones de época, las tropas del monarca no tuvieron ni una sola baja, por lo que los 145 asturianos que participaron en el combate salieron ilesos. Al contrario, entre los rebeldes hubo cien muertos, más de cuatrocientos heridos y mil prisioneros.

Dicen que aquella mañana diluvió sobre Valladolid haciendo imposible los disparos de los arcabuceros y la artillería comunera resultó inútil; algunos historiadores apuntan además a una traición de los propios artilleros. Lo cierto es que los capitanes Padilla, Bravo y Maldonado fueron encerrados en el vecino castillo de Villalba y al día siguiente trasladados al mismo Villalar en cuya plaza se les decapitó.

Seguramente, aquellos soldados creyeron entonces que este éxito se iba a repetir siempre y no fueron pocos los que siguieron en la milicia participando en los mil frentes que Carlos I tenía abiertos por todos lados. Valencia y Mallorca también se habían levantado en la revuelta de las Germanías contra las órdenes del monarca y los franceses aprovecharon la situación para penetrar en Navarra. En el norte de Italia no tardó en presentarse otro problema y por todos los territorios, América incluida, hasta el final de este reinado nunca faltaron ocasiones para desenvainar la espada.

Para muchos jóvenes de la Montaña Central, las banderas imperiales fueron la única salida a una vida de miseria y algunos llegaron a protagonizar hazañas que ya hemos contado en otras ocasiones. Hoy era el turno de citar a los que no destacaron por nada.

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