de lo nuestro Historias heterodoxas
El último aviso a los carlistas
Un documento encontrado en Les Argayaes (San Martín del Rey Aurelio) clarifica la dureza empleada por los isabelistas para atajar la insurrección

La historia de hoy vista por Alfonso Zapico / Alfonso Zapico
A lo largo de 1874, los combates entre tradicionalistas e isabelinos en la Montaña Central fueron constantes. En enero, Melchor Valdés, el mítico líder carlista de la mula blanca, entró en Sama de Langreo mandando un centenar de hombres y logró expulsar a los voluntarios liberales que se habían atrincherado en el edificio del Ayuntamiento. Luego pasó por Laviana y Lena antes de dirigirse hacia la zona de Cangas del Narcea llevando consigo el botín obtenido en el saqueo de las arcas municipales de estas villas. También a finales del mismo mes, nada menos que 400 partidarios de Carlos VII derrotaron a 100 soldados gubernamentales en el paso de Entrepeñas, entre Cabañaquinta y Collanzo, y más tarde volvieron a asaltar Pola de Lena.
Ante esta humillación, las guarniciones se reforzaron con mandos más eficientes y tropas traídas desde cuarteles muy distantes que poco a poco fueron persiguiendo y cercando a los rebeldes. El 4 de julio, Laviana volvió a ser escenario de otro enfrentamiento en el que las partidas de Melchor Valdés y José Faes fueron dispersadas por los 300 hombres del comandante Vicente García. Se ha dicho que entre los hombres de Faes estaba Xuanón de Cabañaquinta, aunque personalmente ya he dudado en otras ocasiones de esta circunstancia, porque como se sabe, el gigante allerano fue amigo del general Prim y la reina Isabel, y ya en época alfonsina juez de Paz y alcalde de su concejo. Dos días más tarde, el día 6, Valdés perdió dos hombres en Pelúgano y pasó al norte de León donde siguió atacando pueblos, pero el 28 de julio Faes fue abatido en Villarejo, coinvirtiéndose en mártir para los poetas de la Tradición.
La Gran Enciclopedia Asturiana, que fue imprescindible en muchos hogares en los años 70 y ahora –cosas de los tiempos– puede encontrarse con cierta frecuencia tirada en los contenedores de papel, continúa siendo una buena fuente de información. En ella podemos leer que en aquel mes de julio de 1874, las partidas combinadas al mando de Ángel Rosas ocuparon Sama y La Felguera tras un combate en el que se quemó el edificio del Ayuntamiento, "el director de la fábrica de Duro, de La Felguera, les ofreció una importante cantidad para evitar daños a la factoría, y Rosas le contestó que ellos no quemaban fábricas, pues querían su prosperidad para el bien del país y que el dinero solo lo admitiría como donativo o contribución para la Real Hacienda".
Nobles palabras que no evitaron que se llevase los duros de plata, junto a carros, caballerías y el botiquín de la empresa, aunque, eso sí, expidiendo el correspondiente recibo de requisa militar que aseguraba el abono de lo incautado cuando don Carlos obtuviese la victoria.
Desde este momento, menudearon los enfrentamientos. Hubo choques constantes en el Alto Nalón y los concejos de Aller y Lena, que no voy a detallarles por falta de espacio, pero que fueron desgastando a los carlistas. En el resto de España sucedió lo mismo y en un intento de pacificar definitivamente al país, el joven Alfonso XII fue llamado a ocupar el trono el 29 de diciembre de 1874. La proclamación se celebró doce días más tarde y como muestra de su voluntad, la primera decisión del nuevo Gobierno fue publicar un Decreto de indulto. Entonces, el flamante monarca se dirigió a sus enemigos en estos términos:
"Antes de desplegar en las batallas mi bandera, quiero presentarme a vosotros con un ramo de olivo en las manos. No desoigáis esta voz amiga que es la de vuestro legítimo rey".
Muchos componentes de las partidas se acogieron a aquella oportunidad; sin embargo, todavía hubo choques con las partidas el 14 de enero de 1875 en Pelúgano, y el 25 en las inmediaciones de Casomera. Pero ahora, un documento inédito que me ha hecho llegar Alberto González, evidencia que las autoridades, desconfiando de la sinceridad de los carlistas que se desarmaron, se empeñaron en frenar nuevos conatos de rebelión.
Se trata de un comunicado de dos hojas manuscritas que se guardó en casa de su tatarabuela materna, Ludivina González, en Les Argayaes de San Martín del Rey Aurelio. Por cierto, esta mujer fue protagonista indirecta de otra historia más reciente, porque era la dueña del prado El Bescón, donde mataron junto a otros compañeros el 4 de noviembre de 1938 al maqui Arsenio el Llargu, también pariente de Alberto por vía paterna. Pero, de este suceso nos ocuparemos en otra ocasión.
Volviendo al documento, es una de las copias originales que mandó distribuir por el Alto Nalón don Ceferino Díaz y Fernández, capitán de Infantería y jefe de la Columna de Operaciones de Laviana, por orden del excelentísimo señor brigadier general de la provincia. Este es su texto:
"Hago saber: a todos los habitantes de esta parroquia que habiendo llegado a mi noticia que algunos de los carlistas indultados piensan ponerse en armas nuevamente para volver a sus antiguas correrías y colocar a la provincia en el estado de perturbación que ha tenido, para que nadie alegue ignorancia, creo un deber recordar a todos los mal aconsejados que tratan de volver a sus antiguas correrías las disposiciones siguientes:
1ª Serán pasados por las armas en el acto y sin formación de causa todos aquellos que se hagan prisioneros con ellas en la mano en encuentros o sorpresas verificadas en casas particulares.
2ª También sufrirán el propio castigo los que se hallen sin armas fuera del punto de residencia, siempre que no acrediten legalmente el día y hora de la salida, así como el punto y objeto a que se dirigiesen, a cuyo fin darán parte al alcalde pedáneo de su parroquia cuando tuviesen necesidad de ausentarse y este lo pondría en mi conocimiento para proveerle de salvo conducto si la ausencia durase más de tres días.
3ª En el momento en que llegue a mi noticia, la desaparición de la casa paterna de algún individuo de los que fueron indultados, la fuerza a mi mando procederá a la prisión de sus padres y hermanos destruyendo completamente sus hogares y haciendas según se les prometió al concederles aquella gracia tan generosa y grande.
4ª y última. Algunos hombres sin fe, creencias, ni conciencia, ha llegado a mi noticia que tratan de imbuir en los ánimos de los vecinos honrados y pacíficos que el Gobierno de S. M. el rey Alfonso XII (que Dios guarde) ha ordenado la prisión de todos los que se acogieron a la gracia de indulto. El que suscribe, que tanto desea la paz y reposo de este país noble e hidalgo, no puede ni debe consentir se calumnie al legítimo monarca que al ocupar el trono de sus mayores ha ofrecido restañar las heridas de su desventurada patria y que tan maravillosamente está llevando a cabo.
Las prisiones que se están verificando no son si no las de aquellos hijos espurios de la nación que a la sombra de una bandera política han cometido robos, incendios, asesinatos y otros delitos comunes y la de todos aquellos que estaban perseguidos y emplazados por los tribunales del Reino con anterioridad a la rebelión carlista".
El escrito está fechado en Laviana el 19 de febrero de 1875 por Ceferino Díaz y suscrito por Estanislao Infanzón, que entonces era alcalde de San Martín de Rey Aurelio, como recuerda actualmente una calle con su nombre en esta villa. Se habrán dado cuenta de su dureza, sobre todo en el punto tercero, donde se amenaza con hacer pagar a todos los varones de las familias la acción de uno de ellos y además arrasar sus hogares y haciendas. No me gusta hacer paralelismos, pero ya ven como en tiempos más modernos, nazis, dictaduras diversas y religiones del Libro vienen aplicando la misma tabla con sus enemigos, y actualmente, ciento cincuenta años más tarde, Israel sigue haciendo lo propio con el pueblo palestino.
Al estudiar las guerras civiles del siglo XIX, parece que este tipo de violencia solo se dio en el territorio ocupado por la Tradición. De hecho, tengo en mi biblioteca una colección de revistas de época que se publicaron con el título Los crímenes del carlismo, dedicadas exclusivamente a recoger las barbaridades y los desmanes de estos; pero, en el interesante documento de Les Argayaes, vemos que también en el campo isabelino, cuando fue necesario, se apartó el liberalismo para ponerse al mismo nivel que los partidarios de la Inquisición. Y es que, aunque pese por igual a las dos Españas, lo cierto es que por las venas de todos nosotros corre la misma sangre.
Para cerrar, hay que decir que las sospechas del jefe de la Columna de Operaciones de Laviana, Ceferino Díaz, eran fundadas y hasta el 30 de abril no se puso el punto final a la III Guerra Carlista en nuestra tierra con la detención en Campo de Caso de los últimos once individuos que se resistieron a dejar las armas.
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