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Los ecos del cese de la explotación de hulla en Asturias

El último testigo del declive del carbón: el cese de actividad en el pozo Nicolasa rubrica el fin de una era en Asturias

Nicolasa llegó a tener cerca de dos mil mineros trabajando en sus entrañas a finales de los ochenta, coincidiendo con el momento álgido de la mina

Por la izquierda,  Javier Muñiz, Diego Piñero, Luis Ramón Esteban, Alfonso González, Efrén Pontón, Alberto Zapico, Lito García, Jorge Luis González, José Muras y José Luis Zuazua, exmineros de Nicolasa, ayer, delante del pozo.  | DAVID  CABO

Por la izquierda, Javier Muñiz, Diego Piñero, Luis Ramón Esteban, Alfonso González, Efrén Pontón, Alberto Zapico, Lito García, Jorge Luis González, José Muras y José Luis Zuazua, exmineros de Nicolasa, ayer, delante del pozo. | DAVID CABO

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Ablaña (Mieres)

En el valle mierense de Ablaña las primeras concesiones mineras se remontan a la década de 1840. El paulatino agotamiento de los yacimientos de montaña se acompasó con una creciente voracidad industrial, empujando a los mineros a concentrarse en grandes explotaciones. El 4 de abril de 1952 la dirección de Fábrica de Mieres ordenó la profundización del Pozo Nicolasa (San Nicolás), una mina que quedó ubicada junto al arroyo conocido como el Regueru de los Infiernos. La historia de este pozo ciertamente ha tenido momentos en los que ha transcurrido entre las tinieblas del averno, pero también arroja episodios resplandecientes que trascienden al ámbito social y político. Ya apenas quedan líneas para un postrero epílogo. El cese de la explotación de carbón en Nicolasa zanja al relato de la Asturias que surgió de la revolución industrial.

1. Un grupo de mineros, bajo el castillete de Nicolasa. 2. El rey Juan Carlos I, entonces príncipe, observando en 1961 un plano de la profundización de  Nicolasa. 3. Varios compañeros sacan del pozo a un minero herido tras un accidente. 4. Compañeros y familiares recibiendo a los mineros que se encerraron en el pozo en 2012. 5. Un relevo de mineros, en el momento de bajar al pozo en la jaula. 6. Una imagen de los funerales que se celebraron en Mieres por los fallecidos en el terrible  accidente de 1995.

Un grupo de mineros, bajo el castillete de Nicolasa. / LNE

Dos resonantes chispazos, de gran magnitud ambos, turban un relato que toca a su fin. En Nicolasa estalló la huelga que en 1962 embraveció el resurgir del movimiento obrero en España y reveló, por primera vez, la vulnerabilidad del régimen de Franco. "Lo conseguido entonces debería tener un reconocimiento internacional, ya que se lograron grandes avances laborales y salariales, al tiempo que se doblegó por primera vez a la dictadura y Franco tuvo que mandar a uno de sus ministros a Asturias para intentar negociar. Hablamos de derechos y de democracia, palabras mayores", apunta Efrén Pontón, extrabajador del pozo y reconocido sindicalista mierense.

El último testigo del declive del carbón

Juan Carlos de Borbón en una visita al pozo en 1961. / LNE

La siguiente generación de mineros quedó marcada, en parte, por otro acontecimiento , tan súbito como desgarrador. El 31 de agosto de 1995 una explosión de grisú segó la vida a casi todo un relevo nocturno de la mina. Murieron diez mineros asturianos y cuatro checos que trabajaban en la capa octava del pozo, entre la cuarta y la quinta planta, a unos 400 metros de profundidad. "No nos gusta hablar de aquello. Siempre hubo accidentes y son muy dolorosos. En 1995 murieron otros tres compañeros y nadie se acuerda de ellos. Fue un periodo muy complicado e incluso se habló de cerrar la explotación", señalan los veteranos del pozo.

El último testigo del declive del carbón

Uno mineros en el rescate de un compañero. / LNE

Nunca más se volvió a sacar carbón de la octava. Desde el pasado 17 de diciembre, ya no se explota mineral en ninguna galería. Nicolasa ha sido el último pozo asturiano de hulla que ha resistido abierto. El inicio de su proceso de cierre agota dos siglos de explotación industrial de carbón en Asturias. "Lo que surge al ver ahora el pozo sin vida es pena, tristeza y rabia. La de la minería es una historia de tradiciones, pero también de traiciones. Se ha cumplido muy poco de lo que se prometió", apunta con enojo Lito García Cuesta, exsecretario sindical de la mina.

El último testigo del declive del carbón

Salida de un minero tras el encierro de 2012. / LNE

Miles de mineros se han ganado la vida en Nicolasa desde que, entre 1952 y 1956, se abordase su profundización original. Son los testigos de un periodo, de una forma de vida, que ya es pasado por mucho que su legado impregne la personalidad de toda la zona central de Asturias. "A estas alturas el cierre de Nicolasa puede ser visto como algo simbólico, ya que el fin de la minería era algo asumido desde hace tiempo, pero la realidad es que se trata de la muerte de una cultura que ha definido a toda una comarca, por no decir a toda la región", señala Luis Ramón Esteban, otro exminero del pozo.

El último testigo del declive del carbón

Mineros en la jaula del pozo. / LNE

En el pozo Nicolasa llegaron a trabajar cerca de dos mil mineros a finales de los años ochenta. "El momento de mayor actividad fue tras el cierre de Minas Llamas y la unificación. Yo entré en 1988 y tenía el número de placa 1.725", recuerda Lito García. Por entonces la explotación era un gigante. El inicial pozo vertical de sección circular, con un diámetro de seis metros y configurado en tres plantas de explotación, se había ampliado en 1975 con una nueva reprofundización de otras cuatro plantas hasta alcanzar la cota actual, que se adentra unos 700 metros en la tierra. En 2008 Hunosa construyó más de un kilómetro de galería "para afianzar el futuro del pozo". Los mineros que conocen cada rincón de la mina mierense sostienen con tono de reproche que el cierre que afronta la instalación no tiene nada que ver con el carbón: "En su momento se decidió abrir nuevos campos de explotación para que, si en un futuro se decidiese no continuar con la extracción del mineral, tal decisión, como sucede ahora, solo pudiera ser avalada por cuestiones políticas. En Nicolasa se podría estar sacando carbón muchos años más", destaca Lito García.

El último testigo del declive del carbón

El sepelio por los fallecidos en 1995. / LNE

Quienes arrancaron carbón durante años en las entrañas de la explotación se rebelan contra el cierre del pozo por mucho que se sea el relato de una muerte anunciada: "Nosotros no queríamos las prejubilaciones. Queríamos trabajo para nuestros hijo y un sostén económicos para las Cuencas", apuntan Lito García y Alfonso González. "Cada plan de empresa que se firmó vino acompañado de graves incumplimientos", remarca Pontón. "No se nos olvida cuando se nos dijo, y se firmó, que por cada once mineros que salieran de Hunosa entrarían cuatro. Se nos mintió. Todo fueron mentiras", añade García.

El cese de la extracción de carbón en Nicolasa y, por extensión, en Asturias casi ha pasado desapercibido al producirse en el marco de un nuevo conflicto laboral en el seno de Hunosa, que afronta la problemática negociación de un plan de empresa que debe definir un nuevo modelo de negocio alejado de la minería. Los extrabajadores asisten con cierta impotencia a una contienda que les resulta familiar. "Espero que a los pocos trabajadores que quedan en Hunosa no los engañen como a nosotros y todos sean tratados igual, ya que los mineros de las subcontratas merecen reparación y un trato justo", señalan.

Desde finales del pasado siglo han cerrado en las Cuencas más de veinte pozos. Nicolasa ha sido el último en ceder, pero ha terminado por claudicar. No lo hacen quienes arrancaron su carbón: "No necesitamos privilegios, sino trabajo y un futuro para los jóvenes".

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