En busca de la nueva normalidad entre los vecinos de La Villa: «Queremos retomar nuestra vida»
Una semana ha pasado ya desde la gran explosión de gas en el barrio mierense de La Villa. Y muchos son los vecinos que aún tienen que pernoctar en el campus de Mieres y que tardarán en volver a sus casas. El Principado ya ha preparado viviendas para realojarlos; lo que quieren los afectados es dejar atrás la pesadilla que están viviendo estos días

Robert Giurgiuveanu, con su hija pequeña en brazos, junto a otros vecinos durante la visita de Ovidio Zapico y Manuel Ángel Álvarez. / A. Velasco

«Todavía cuesta dormir, parece que da hasta miedo encender la calefacción... Por si acaso». Son palabras de Iván Álvarez, uno de los primeros vecinos de La Villa en regresar a su casa tras la explosión de hace una semana. Aunque perdura cierta inquietud, algunos de los vecinos del barrio van asumiendo su «nueva normalidad». Sin embargo, otros todavía tendrán que esperar más tiempo, ya que sus casas quedaron seriamente dañadas. Para ellos, el realojo en viviendas de emergencia es la solución para poder retomar una vida que, aunque con las lógicas incomodidades de no vivir en su casa, mantienen milagrosamente.
Robert Stefan Giurgiuveanu es uno de los vecinos que actualmente está realojado en el campus de Mieres. Es de los que cree que necesitará de una de las viviendas de emergencia del Principado. «Nuestra casa es una de las más afectadas: el techo está levantado, el tejado destruido, la pared tiene grietas», explica este padre de familia, que junto a su mujer, sus hijos y su padre tratan de hacer una vida lo más normal posible en la residencia de estudiantes mierense.

Vecinos hablando con dos policías para poder entrar en algunas de las viviendas ya revisadas.
«Ahora estamos a la espera de que entren los peritos, y que el dueño de la casa, porque estamos de alquiler, nos diga cuánto durará el arreglo para poder solicitar al Ayuntamiento y al Principado que nos den una casa para poder vivir», apunta. Giurgiuveanu todavía no se explica, una semana después del suceso, cómo no hubo ninguna víctima mortal. De hecho, sus dos hijos pequeños resultaron heridos. La niña, de apenas 2 años, todavía tiene las gasas cubriéndole las marcas que le dejó la tremenda lluvia de cascotes. «La verdad es que aún tenemos el susto metido en el cuerpo», explica este vecino, de origen rumano.
Los efectos de la explosión le acompañan hasta en su puesto de trabajo. «Soy mozo de almacén y ahora, cada vez que hay un ruido un poco fuerte, me da un vuelco el corazón y me sobresalto», señala Giurgiuveanu, que confiesa que, pese a haber resultado heridos, los niños son los que mejor están llevando esta situación. La prueba de sus palabras está a escasos metros. Su niña pequeña, en brazos de su madre, esboza una sonrisa de oreja a oreja al verse rodeada de cámaras y de gente extraña con la inocencia propia de quien es ajena al milagro de haber sobrevivido a una violenta explosión.
Para Robert Giurgiuveanu y su familia, estar en el campus es una solución temporal satisfactoria, pero si la reparación de la casa en la que viven se va a alargar, esperan que tal y como prometieron desde el Ayuntamiento y el Principado, les den una solución. «Estamos bien, pero no dejamos de hacer vida en dos habitaciones pequeñas, yo con mi hijo mayor; mi mujer en otra con la niña pequeña... Queríamos ir retomando un poco la vida normal, dentro de lo que cabe», apunta.
Mientras el Alcalde y el Consejero de Vivienda visitaban a estas familias en el campus y se trasladaban poco después a ver las obras en el barrio de La Villa, tanto la Policía Judicial como los técnicos del Ayuntamiento y los peritos de los seguros iban haciendo su trabajo sobre el terreno. Los primeros, recabando las últimas pruebas para tratar de esclarecer por qué se produjo la tremenda explosión. Los segundos, valorando los inmuebles a los que se va pudiendo acceder para comunicarles a los vecinos el estado en el que están las casas y si pueden o no entrar ya, algo que vienen haciendo desde la pasada semana. De hecho, en uno de los inmuebles en los que ya se ha permitido entrar a los vecinos, una cuadrilla de obreros acudía para recuperar el material que les había quedado en la vivienda en la que estaban trabajando cuando la explosión sobresaltó al concejo de Mieres.

Investigadores y técnicos municipales y de la empresa de gas, en la «zona cero». / LNE
Ya por último, los peritos de los seguros comenzaron a visitar diversas casas y a comprobar su estado, toda vez que serán las compañías aseguradoras las que, en su caso, valoren las reparaciones a realizar en los inmuebles dañados y fijen el importe de las indemnizaciones.
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