Matt Shaw y William Trossell, artistas digitales, exponen "Pulse of the Earth" en el Pozu Santa Bárbara: "Somos traductores de la resiliencia y el trauma planetario"
"Nuestra tecnología está ampliando nuestro aparato sensorial más allá de los límites biológicos, permitiéndonos sentir el tiempo geológico, experimentar directamente el metabolismo de la Tierra; estamos desarrollando lo que llamamos ‘empatía del tiempo profundo’"

William Trossell (a la izquierda) y Matt Shaw. / Scanlab
Matt Shaw y William Trossell son Scanlab Projects, un estudio londinense empeñado en agitar las conciencias con un arte digital basado en un escaneo de alta precisión del mundo que nos rodea. Su obra "Framerate: Pulse of the Earth" se puede ver hasta el 7 de enero en el Centro de Experiencias Artísticas del Pozu Santa Bárbara (PZSB) en Turón.
¿Qué significa "Framerate: Pulse of the Earth"?
Refleja nuestra misión artística. "Framerate" hace referencia a la velocidad a la que se refrescan las imágenes en el cine y los medios digitales: esencialmente estamos creando películas en time-lapse a partir de datos 3D. Pero "Pulse of the Earth" alude a algo antiguo y vital: los propios ritmos de crecimiento, decadencia y renovación del planeta que hemos documentado en los paisajes británicos. La yuxtaposición refleja cómo usamos una tecnología precisa no como un fin en sí mismo, sino como un medio para conectar.
¿Cómo nace el proyecto, como pregunta tecnológica, preocupación ecológica, placer estético?
Fue, sin duda, una pregunta tecnológica que se transformó en algo mucho más profundo. Durante los primeros siete años de ScanLAB, documentábamos momentos congelados en el tiempo: cada escaneo capturaba un instante 3D preciso, como una exposición fotográfica muy larga. Pero seguíamos preguntándonos: ¿y si volviéramos exactamente al mismo lugar cada día? ¿Y si escaneáramos el mismo sitio miles de veces? La chispa inicial fue pura curiosidad por llevar nuestras herramientas más allá de su uso previsto. El LiDAR está diseñado para hacer levantamientos: entender la forma de un espacio antes de que ocurra una intervención. Cuando empezamos a ver cómo estos paisajes cambiaban en nuestros primeros experimentos —viendo acantilados retroceder grano a grano, ciclos estacionales comprimidos en secuencias hipnóticas— supimos intuitivamente que habíamos descubierto algo profundo. Lo que empezó como un experimento técnico se convirtió rápidamente en una misión ecológica y artística urgente.
En esta obra el tiempo es su material principal. ¿Qué querían que revelara?
Estamos esculpiendo con la duración misma, pero lo fascinante es que no decidimos qué revela el tiempo; el tiempo decide por nosotros, y respondemos a lo que nos ofrece. Cuando seleccionamos lugares, hacemos conjeturas basadas en qué historias podrían desarrollarse: podemos elegir una costa esperando capturar la erosión, o situarnos cerca de una obra anticipando el desarrollo. Nuestro papel se vuelve curatorial: cribar entre esos momentos acumulados para encontrar las narrativas que importan.
Recogieron terabytes de datos en lugares como playas, glaciares y minas. ¿Cómo convirtieron toda esa información bruta en una experiencia visual y narrativa comprensible?
El proceso de traducción es como ser a la vez científico de datos y montador de cine. Cada escaneo diario produce millones de puntos individuales en el espacio 3D: esencialmente una constelación de coordenadas sin significado inherente. El primer reto fue desarrollar algoritmos que alinearan automáticamente esas nubes de puntos diarias con precisión milimétrica durante todo un año. Pero la verdadera parte artística ocurre en la sala de montaje. El mayor desafío computacional fue crear una cadena de procesamiento que pudiera manejar ese volumen de datos manteniendo el control artístico. Hablamos de renderizar miles de millones de puntos. El software 3D estándar simplemente no podía con ello. Tuvimos que construir nuestras propias herramientas, capaces de pensar en cuatro dimensiones, donde cada punto tiene no solo coordenadas X, Y, Z, sino también una T de tiempo.
¿Qué significa acceder a esta nueva escala para sentir y comprender el universo? ¿Creen que este cambio tecnológico puede transformar la naturaleza humana en el futuro?
La percepción humana tradicional opera en escalas temporales y espaciales muy estrechas: notamos el tiempo meteorológico diario, pero no los patrones climáticos; vemos árboles individuales, pero no los ciclos sucesivos de un bosque. Nuestra tecnología está ampliando nuestro aparato sensorial más allá de los límites biológicos, permitiéndonos sentir el tiempo geológico, experimentar directamente el metabolismo del planeta. Estamos desarrollando lo que llamamos "empatía del tiempo profundo": la capacidad de sentir las consecuencias a lo largo de décadas y siglos.
¿Cómo decidieron qué historia contar con los datos? En las secuencias de las minas, por ejemplo, hay una narrativa clara de extracción y cambio violento del paisaje. ¿Buscan ser testigos objetivos o hay una intención crítica detrás de la selección y el montaje?
No somos en absoluto neutrales. La idea del "testigo objetivo" es un mito: cada decisión que tomamos tiene una intención. Pero nuestra postura crítica surge de los propios datos, no de narrativas preconcebidas. Cuando ves una ladera desaparecer camión a camión durante meses, cuando percibes la violencia geométrica de la extracción industrial tallándose en paisajes orgánicos, la historia se cuenta sola. Nuestro papel consiste en amplificar lo que ya está ahí. En realidad, lo que hacemos es crear empatía a través de la escala. La mayoría de los daños medioambientales ocurren demasiado lentamente o demasiado lejos como para que los humanos los sientan visceralmente. Al comprimir el tiempo y revelar los patrones, intentamos que la gente sienta el impacto en su cuerpo, no solo que lo comprenda intelectualmente. Nos vemos como traductores del trauma y la resiliencia planetaria. La tecnología nos da acceso sin precedentes a estas historias; nuestra responsabilidad es contarlas con la urgencia y la belleza que merecen.
Hay belleza casi abstracta en las imágenes que a veces contrasta con la realidad de lo que representan (por ejemplo, la destrucción de un glaciar). ¿Cómo afrontan esa tensión?
Creamos deliberadamente un entorno calmo y meditativo, más que alarmante. El ritmo es contemplativo, casi hipnótico. Queremos que los espectadores estén a gusto, con tiempo para pensar, con espacio para que su mente divague y establezca conexiones. Hay evidencia científica que respalda este enfoque: cuando estás en un estado de flujo, eres más receptivo a nuevas ideas, más abierto a reconsiderar tu relación con sistemas complejos. Los espectadores acaban reflexionando sobre su propio impacto, pensando en decisiones y consecuencias, no porque les estemos dando una lección, sino porque la experiencia crea el espacio para que esa reflexión ocurra de forma natural.
Como colectivo, ¿cómo es su proceso creativo?
Nuestro "proceso" suele comenzar con un "¿y si...?". Una curiosidad tanto sobre un lugar y su forma de verlo como sobre lo tecnológico. Luego nos preguntamos si eso es técnicamente posible. En el estudio, las fronteras entre artistas, investigadores y técnicos se disuelven por completo: todos deben entender íntimamente los datos para tomar decisiones creativas con sentido.
Su trabajo se sitúa en la intersección entre arte, ciencia y tecnología. ¿Hacia dónde creen que se dirige?
Nuestra práctica siempre ha consistido en revelar dimensiones ocultas de la realidad mediante una observación precisa: desde la oficina de Stephen Hawking hasta el deshielo del Ártico, desde antiguos campos de concentración hasta la floración de cactus en el desierto de Sonora. Pulse of the Earth amplía esta investigación hacia fenómenos temporales a escala planetaria, pero forma parte de un proyecto mucho más amplio: expandir la percepción humana. En esencia, estamos desarrollando nuevas maneras de ver, comprender y sentir más allá de las capacidades de nuestros ojos o de las cámaras tradicionales.
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