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Unir Cenera y el Angliru por carretera: la calzada turística y cortafuegos que se quedó a 600 metros de hacerse realidad

El exalcalde Luis María García repasa las decisiones políticas que frenaron la ejecución cuando la obra estaba ya avanzada.

La caja de la fallida carretera Cenera-Riosa.

La caja de la fallida carretera Cenera-Riosa. / LNE

Mieres del Camino

La carretera entre Cenera (Mieres) y Riosa es, desde hace décadas, una de las grandes obras inacabadas del centro de Asturias. Un proyecto que nació con proyección comarcal, que llegó a contar con proyecto técnico, presupuesto, expropiaciones y varios kilómetros de plataforma abierta en el monte, pero que nunca alcanzó su objetivo final: conectar el valle mierense con el concejo vecino por una vía segura y transitable. Hoy, casi treinta años después, el exalcalde de Mieres Luis María García repasa las claves políticas y administrativas que llevaron a que una obra técnicamente avanzada terminara convertida en símbolo del abandono institucional. Lo hace justo cuando el Ayuntamiento, a petición del PSOE, ha decidido pedir al Principado una actuación en el trazado para que al menos sea transitable. Los vecinos siguen demandando que se retome el proyecto de la carretera.

Luis María García, en el campo del caudal, club del que actualmente es presidente.

Luis María García, en el campo del caudal, club del que actualmente es presidente. / LNE

Un origen en los años ochenta

La historia se remonta a la década de los ochenta. El germen del proyecto se elaboró en 1983 gracias al ingeniero Luis Moro, vecino de la zona y conocedor de las necesidades de comunicación del valle. Aquella propuesta dibujaba una carretera de algo más de tres kilómetros desde Villar de Gallegos hasta el Alto de La Segá, punto de enlace natural hacia Riosa. En la legislatura autonómica 1987–1991, García, entonces diputado regional por el CDS, presentó la iniciativa en la Junta General. “Fue aprobada e incorporada al segundo Plan de Carreteras del Principado, un paso decisivo para que la actuación pasara del papel a la planificación oficial”.

La negociación presupuestaria decisiva

El impulso definitivo llegó en la siguiente legislatura. Entre 1991 y 1995, García ejercía como concejal de Urbanismo en Mieres y participó de forma directa en la negociación con el Principado. Recuerda que la inclusión de la carretera en los presupuestos fue una condición “innegociable” para apoyar las cuentas autonómicas. “Era una obra estratégica para dos concejos de montaña que necesitaban mejores comunicaciones”, señala. La presión funcionó y entre 1993 y 1994 se aprobaron el proyecto técnico y las expropiaciones.

Ese proceso no estuvo exento de conflictos. Aunque la mayoría de los propietarios aceptaron, surgieron resistencias puntuales que tensaron el ambiente y llegaron a comprometer el calendario. Aun así, el Ayuntamiento logró liberar más del 90% del suelo, con un coste cercano a los 12 millones de pesetas, suficiente para ejecutar los 3.040 metros previstos.

Obras avanzadas y un giro inesperado

Las obras comenzaron en septiembre de 1994, adjudicadas a Tragsa. El avance inicial fue notable: apertura de plataforma, movimiento de tierras y configuración básica del vial. Fue entonces cuando se produjo uno de los giros decisivos. “Desde la Consejería de Medio Rural se planteó introducir cambios sustanciales en el proyecto”, una modificación que García atribuye a “presiones individuales muy concretas”. El Ayuntamiento de Mieres rechazó unánimemente esta alteración por considerarla injustificada.

Superado aquel conflicto, la obra avanzó hasta quedar a menos de 600 metros de Villar de Gallegos, el tramo final y más complejo. Sin embargo, en 1996 el nuevo Gobierno regional de Sergio Marqués reordenó prioridades e interrumpió la actuación. “Las máquinas se retiraron sin completar el último tramo”, lamenta el exalcalde.

Los vecinos, treinta años esperando

Con los años aparecieron informes que señalaban la existencia de argayos y movimientos de ladera, que exigían recalcular la obra. Para García, eran dificultades asumibles: “No era un obstáculo insalvable; era una cuestión de voluntad política”.

Para los vecinos, la carretera significaba movilidad, seguridad y desarrollo: acceso más directo al entorno del Angliru, mejora de la vigilancia forestal y de las emergencias, freno a la despoblación y unión de dos valles con fuertes vínculos sociales.

Hoy solo queda una pista a medio abrir, engullida por el bosque. Pero la reivindicación persiste. Vecinos, colectivos y representantes municipales insisten en recuperar el proyecto, ya sea en su forma original o con una alternativa modernizada.

Para Luis María García, la conclusión es rotunda: “La necesidad sigue vigente. Lo que falta no es un proyecto, sino voluntad política.” En el valle, muchos comparten ese diagnóstico. La carretera que nunca llegó a Riosa sigue esperando su oportunidad.

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