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La saga de «Manolo el carpintero» y la memoria de la madera: la carpintería de la familia Fernández, fundada en Mieres en 1925, fue referente del mueble artesanal en España

Los nuevos dueños tienen previsto remodelar la vieja carpintería para salvaguardar la memoria de la madera que allí fue tallada con mimo

Manuel Fernández, en la actualidad, en el viejo taller fundado por su abuelo. | J. R. VIEJO

Manuel Fernández, en la actualidad, en el viejo taller fundado por su abuelo. | J. R. VIEJO

Ujo (Mieres)

La madera tiene memoria y hay quien sostiene que guarda el tiempo en sus vetas. Un ahora hechizado taller de ebanistería atesora un siglo de relatos sobre la forma de vida de la comarca del Caudal. Lo que fue conocido en Ujo como el taller de Manolo el carpintero y más tarde como la ebanistería de los hijos de Manuel Fernández Liz acaba de cambiar de manos. Aunque el negocio familiar lleva años cerrado, las sillas, mesas, camas y otros muebles que se elaboraron en esta nave están repartidos por toda España. Los nuevos dueños tienen previsto remodelar la vieja carpintería para salvaguardar la memoria de la madera que allí fue tallada con mimo.

Manuel Fernández, nieto del fundador de la empresa familiar, lleva unos días acondicionando el viejo taller para su venta. En la tarea ha redescubierto la historia de la carpintería, inaugurada en 1925 y que mantuvo su actividad durante más de ocho décadas. "Aquí se trabajaba el castaño y se hacían muebles de mucha calidad, con muchos clientes de Madrid y otras zonas del país". Pero no todos los muebles se exportaban. El exuberante salón de plenos del Ayuntamiento de Lena, por ejemplo, fue diseñado y fabricado en la carpintería de Ujo. "Es una maravilla. En alguna ocasión se me ha propuesto reorganizarlo con muebles más modernos y funcionales, pero eso sería un sacrilegio", señala la alcaldesa, Gema Álvarez, tras supervisar los planos del proyecto que aún se conservan en la ebanistería.

Manuel Fernández Liz.

Manuel Fernández Liz. / LNE

Cuando Manuel Fernández abre las puertas del viejo taller familiar, el olor a madera vieja y cera aún flota en el aire. "Aquí está toda mi vida y la de los míos", dice mientras aparta el polvo de un banco de trabajo. Es la voz del nieto, pero también la del cronista involuntario de una saga que comenzó hace un siglo, cuando su abuelo, Manuel Fernández Liz, decidió subirse a un tren sin billete de vuelta.

"La familia de mi abuelo era de Vilaboa, en Lugo. Corrían los primeros años del siglo XX y la pobreza empujaba a muchos gallegos a emigrar. Manuel Fernández Liz, nacido hacia 1890, fue a despedir a un hermano a la estación de Puebla de Sanabria. Aquel adiós improvisado terminó en viaje: "Montó en el tren con él, sin planificar nada, y vino para Asturias". Ambos eran carpinteros de oficio, acostumbrados a ir de casa en casa arreglando muebles. Ujo, al calor de la minería y del ferrocarril, ofrecía entonces oportunidades.

Un mueblotallado en Ujo.

Un mueble tallado en Ujo. / LNE

El hermano emigró pronto a Buenos Aires. El abuelo se quedó. Se casó con Dolores Fernández Gurrea y siguió haciendo lo que sabía: reparar, ajustar, tallar. "Eso mismo que hacía por las casas lo trasladó luego a la carpintería", explica su nieto. El taller nació en una pequeña huerta de Ujo, creció poco a poco, tabla a tabla, compra a compra, hasta convertirse en una nave amplia.

El primer matrimonio trajo seis hijos. Pepe, el mayor, se convirtió en el tallista de la casa, el artista de las formas. Conchita y Dolores ingresaron en la vida religiosa. Luis acabaría siendo el gerente. Hubo también tragedias: una hija murió con apenas 12 años de tuberculosis, y el miedo al contagio obligó a dispersar a los niños por Galicia durante un tiempo. "Eran años durísimos, aunque ya habían pasado dos décadas de la guerra", subraya el nieto.

Fernández Liz era un ebanista excelente, pero un empresario demasiado bondadoso y descuidado. "No cobraba. Fiaba a todo el mundo", resume su nieto con una mezcla de admiración y resignación. Hacía muebles caros, de calidad, y nadie pagaba a tiempo. Aun así, daba trabajo y hasta comida y cama a varios obreros gallegos. Con seis hijos y viudo, volvió a casarse con Maruja González, vecina del Lugarín. Con ella tuvo dos hijos más, Jesús Fernández González, el padre de Manuel, y Mari Carmen, que ha ayudado a su sobrino a desempolvar la historia de la carpintería.

Jesús Fernández (segundo por la izquierda), junto a un niño y obreros del taller.

Jesús Fernández (segundo por la izquierda), junto a un niño y obreros del taller. / LNE

La carpintería siguió creciendo, con varios oficiales y tallistas. "Aquí se tallaba a mano, todo artesanal", insiste Fernández. A finales de los cincuenta y principios de los sesenta llegó el gran impulso, cuando Luis Fernández asumió la gerencia. Gracias a contactos familiares, la ebanistería empezó a trabajar para clientes de Madrid. "Recuerdo que con 13 años fui yo mismo a llevar una mesa a Madrid.

De aquellos años quedan piezas emblemáticas: el mobiliario del Ayuntamiento de Lena o mesas hechas con pinotea reciclada del antiguo lavadero de Sovilla. "Mi abuelo compró toda la estructura cuando lo desmontaron. Era madera buenísima". Incluso la caldera que aún preside el taller procede del desaparecido Teatro Santa Cruz de Oviedo. Nada se tiraba. Todo se transformaba.

El trabajo también evolucionó. Durante décadas, los muebles se enceraban a mano, con nogalina y cera calentada al baño maría. "Al día siguiente se sacaba brillo con una bambuza", rememora Manuel, que de niño observaba el ritual. Su padre, Jesús, se especializó más tarde en el barnizado, cuando las técnicas cambiaron. "Fue el último y alargó la vida del negocio familiar", señala su hijo.

Jesús Fernández González trabajó toda su vida en la carpintería. Aprendió el oficio de sus hermanos mayores y de su padre, sosteniendo luego el taller cuando ya quedaban pocos trabajadores. En los años ochenta se marcharon los últimos obreros. Desde entonces, el trabajo fue aún más artesanal, a ratos, con ayuda puntual de antiguos empleados. El taller, de algún modo, resistió hasta principios de los años 2000. "La cama de mi casa la hice yo aquí, en 2003", cuenta Manuel Fernández.

Tras la jubilación y la muerte de los hermanos, la carpintería fue apagándose lentamente. Jesús falleció en 2020. Desde entonces, el taller permanecía cerrado, como un museo improvisado. El nuevo propietario, un joven de la zona, no la derribará. La rehabilitará poco a poco, respetando su esencia.

Mientras tanto, el nieto ordena papeles, rescata planos y acaricia maderas. "La carpintería fue nuestra forma de vivir y de entender el mundo", dice. La madera tiene memoria. Y en Ujo, entre vetas de castaño y polvo dorado, aún se escucha el eco de los golpes de gubia de Manolo el carpintero.

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