Otro zapatero más que cierra en Asturias después de 40 años de actividad y que simboliza la agonía del oficio: "Ahora ya no hay aprendices"
El cierre de la zapatería de reparación de Luis Robredo en la calle Manuel Llaneza simboliza la desaparición silenciosa de un oficio artesano que resiste entre la economía circular y la moda rápida

Luis Robredo, en su tienda de Mieres, el mismo día de su jubilación. / J. R. Viejo
La reparación del calzado es uno de los oficios más antiguos del mundo y ya en el Antiguo Egipto se arreglaban sandalias de cuero y papiro. Se trata de una profesión íntimamente ligada al tiempo. Para empezar, un buen calzado de calidad, bien cuidado, puede durar décadas. Pero el tiempo también deja huellas. El desgaste de una suela revela cómo camina una persona, si carga peso, si corre, cuáles son sus aficiones, si cojea o incluso su profesión.
Muchos zapateros dicen que leen los pasos como otros leen las manos. Esta metáfora, que compara el oficio del zapatero con la quiromancia, sugiere que Luis Robredo puede encontrar señales ocultas en la experiencia cotidiana de varias generaciones de mierenses.
La última persiana en Manuel Llaneza
Luis Robredo echó hace unos días por última vez la persiana de su pequeña tienda de reparación de calzado en la calle Manuel Llaneza, la arteria con más actividad comercial de Mieres. Un local discreto, sin estridencias, que durante cuarenta años fue refugio para pasos cansados y punto de encuentro para quienes preferían reparar antes que tirar.
Hoy, el cierre de la zapatería deja un hueco silencioso en el centro de la ciudad y reabre el debate sobre el futuro de los oficios artesanos.

Luis Robredo, en su tienda. / J. R. Viejo
De reparar televisores a arreglar zapatos
Luis Robredo tiene 64 años y casi medio siglo de vida laboral a sus espaldas. Nació en Llanes, en el seno de una familia dedicada a la agricultura, y su primer contacto con el mundo técnico no tuvo nada que ver con el cuero.“Yo empecé reparando radios y televisiones”, recuerda cuando viaja hasta su niñez.
Trabajaba en Oviedo cuando le ofrecieron probar suerte en un oficio que no conocía.“Un empresario que estaba montando una cadena de zapaterías me propuso el trabajo. Me gustó, se me dio bien y, cuarenta y pico años después, aquí estoy”, zanja sin dar más importancia a una historia de las que dejan huella.
Calzastur y una vida en Mieres
Aquella cadena se llamaba Calzastur. Primero llegaron varias tiendas en Oviedo y, en 1986, se abrió la de Mieres. Robredo aceptó el traslado atraído por la tranquilidad de una ciudad más pequeña. “Iba a hacer ahora los 40 años en Mieres. En total llevo 49 años y nueve meses trabajando”, precisa.
Con el tiempo, la cadena se fue disolviendo y cada zapatero terminó quedándose con su local. Hace casi treinta años, la tienda de la calle Manuel Llaneza pasó definitivamente a ser suya.

Luis Robredo, el día de su jubilación. / J. R. Viejo
“Con esta profesión puedes ganar lo que te marques como objetivo. Todo depende de las horas que quieras echarle, porque sobra el trabajo"
Un oficio que cambia, pero no pierde su esencia
El oficio ha cambiado, aunque no tanto como podría pensarse. Robredo empezó ya en lo que denomina “zapatería moderna”, lejos de aquellos “cuchitriles oscuros bajo escaleras”, como él mismo define y cuyo recuerdo todavía sobrevive en el imaginario colectivo.“Nosotros entramos fuerte con el tema de cremas, plantillas, complementos… fue una modernización”.
Sin embargo, la esencia sigue siendo la misma: conocimiento del material, paciencia y experiencia.
Cada cuero tiene memoria
Porque no todos los cueros son iguales. Piel de vaca, cabra, cerdo o cordobán tienen memorias y tensiones distintas. Reparar sin conocer el material puede arruinar el zapato.“Esto es química, tacto y experiencia”, resume Robredo sin solemnidad. A veces, una reparación incluso mejora el diseño original. Un cambio de tacón, una suela contrastante, refuerzos invisibles… Algunos arreglos consiguen que el zapato vuelva al mundo mejor de lo que era.
La reparación sigue siendo necesaria
Lejos de desaparecer, la reparación de calzado sigue siendo necesaria, incluso más que antes en determinados ámbitos.“Hay mucho calzado que es irreparable o que no compensa arreglar”, admite, en referencia al calzado barato de consumo rápido. “Pero hay otro calzado técnico que sí”.
En los últimos años, el trabajo se ha orientado cada vez más hacia deportivas de trail, trekking, botas de montaña o de moto.“Un resolado te puede costar 40 euros y unas zapatillas nuevas, 200”, explica el veterano reparador ya jubilado.
Tecnología al servicio del oficio
También la tecnología ha avanzado. Antes, las suelas se trabajaban a partir de planchas; hoy llegan ya troqueladas, numeradas y adaptadas perfectamente a la reparación.“Puedes poner un piso tan bueno o mejor que el original”.
La clientela responde y, según Robredo, trabajo no falta.“Con esta profesión puedes ganar lo que te marques como objetivo. Todo depende de las horas que quieras echarle, porque sobra el trabajo”.
Sin relevo generacional
La paradoja es que, pese a esa demanda, el relevo generacional no llega. Robredo intentó traspasar el negocio, sin éxito.“Ahora hay pocos profesionales. Ya no hay aprendices como antes”.
El oficio se aprende junto a un artesano veterano y, sin transmisión directa, se pierde.“Por cada zapatero que abre, cierran cinco o seis”, lamenta.
Economía circular frente a moda rápida
En un contexto de economía circular, la reparación del calzado cobra un nuevo sentido: menos residuos, menos consumo, más respeto por el material y el trabajo humano. Sin embargo, esa lógica choca con un mercado dominado por la moda rápida y los precios bajos.“Una reparación normal cuesta lo mismo que unos zapatos nuevos en una gran cadena”, señala Robredo. Y esos zapatos, muchas veces, duran apenas una temporada.
El silencio de un oficio que resiste
Tras cerrar la tienda, Luis Robredo planea regresar a Llanes. Se va sin hacer ruido, con pisadas silenciosas, como ha trabajado siempre. Durante cuatro décadas fue un mierense más, cuidando de los pies de la ciudad y leyendo, en silencio, los pasos de quienes cruzaban su puerta. Con su persiana bajada, no solo se apaga un negocio. Se detiene, por un momento, el tiempo de un oficio que todavía tiene mucho que decir.
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