Opinión | De lo nuestro / Historias heterodoxas
Tierra de misiones: el franquismo en lucha contra los "cagamentos"
Las campañas de evangelización en las Cuencas Mineras tras la Guerra Civil un tipo de represión con la que se trató de "reeducar" a la sociedad en los valores franquistas y se luchó contra las blasfemias

La historia de hoy vista por Alfonso Zapico. / Alfonso Zapico
Recuerdo que hasta no hace mucho, en el interior de muchas parroquias rurales podían verse unas cruces de madera oscura con un texto pintado recordando el paso de alguna "misión" acompañada de su fecha correspondiente; seguramente en algunos pueblos aún seguirán expuestas, pero sin que los más jóvenes sepan ya su significado. Así que hoy voy a contar algo sobre lo que supusieron estas actividades que fueron uno de los puntales en el entramado ideológico del nacional-catolicismo.
Las campañas misionales fueron una herencia de las normas dictadas por el Concilio de Trento a mediados del siglo XVI, que con muchos altibajos siguieron celebrándose hasta 1972 dependiendo del poder de la Iglesia en cada momento. En el siglo XIX su objetivo fue combatir al laicismo impulsado por liberales y republicanos y ya en XX al ateísmo que defendían las diferentes corrientes del movimiento obrero.
En un principio su organización dependía del criterio y posibilidades de diferentes órdenes religiosas que desarrollaron un repertorio de actividades como misas de campaña, procesiones, rosarios de la aurora, procesiones de todo tipo o vía crucis multitudinarios, pero sin centrarse todavía en la predicación. Sin embargo, tras el final de la guerra se multiplicaron por toda España haciendo hincapié en este último aspecto porque tanto los políticos del Régimen como los obispos que lo apoyaban se dieron cuenta de que los sermones podían ser tanto o más eficaces que los mítines.
En el folleto “Templo y residencia del Sagrado Corazón de Jesús en Gijón”, editado en el año 1946, al dar cuenta del nombramiento de Juan Lamamié de Clairac como superior de la Compañía de Jesús el 20 de octubre de 1939 se incluyó este párrafo significativo "Acababa de recorrer las principales cuencas mineras de Asturias en misiones clamorosas. Le faltó tiempo para organizarlas también en nuestra villa", lo que evidencia que estos actos ya se celebraron aquí con esa finalidad desde el primer franquismo.
Este voluntarismo no contó con una planificación coordinada a nivel estatal hasta que en 1944 el delegado nacional de Sindicatos se puso en contacto con la jerarquía eclesiástica para impulsar una entidad que sirviese para difundir entre los trabajadores al mismo tiempo los preceptos religiosos y las bondades de "la Cruzada".
Creación
Cinco años más tarde, después de obtener la autorización del Vaticano, nació la Asesoría Eclesiástica de Sindicatos, AES, financiada con fondos procedentes de la propia Organización Sindical a la que estaba estrechamente vinculada, ya que combinaba las misiones y predicaciones públicas con la formación católica de sus dirigentes organizando para ellos conferencias y ejercicios espirituales. Así mismo, se estableció un asesor oficial para cada Delegación Provincial.
La primera campaña regida por esta norma se puso en marcha en 1949 en los pueblos mineros del norte de León y al cabo de una década ya se habían desarrollado 48 misiones en 23 provincias distintas. En Asturias, en los años 1950, 1951 y 1959.
Francisco Bernal García, profesor de la Universidad de Sevilla. publicó en 2018 un artículo en la revista “Hispania Sacra” con el título "Misiones interiores y cambio social en la España de Franco. Una visión a través de la actividad misionera de la Asesoría Eclesiástica de Sindicatos" clasificando las misiones llevadas a cabo por la AES en seis tipos diferentes, dependiendo del ámbito geográfico en que se desarrollaban: cuencas mineras, pantanos, nudos ferroviarios, litorales pesqueros, núcleos industriales y comarcas agrarias.
Cada zona contaba con su propia idiosincrasia, pero las más duras para los predicadores eran las provincias mineras: Asturias, León, Palencia, Teruel, Zaragoza, Ciudad Real, Córdoba, Huelva, Murcia, Almería y Jaén, que fueron visitadas con más asiduidad por los misioneros.
Volver "a redil"
Con estas campañas se pretendía mantener la fe entre los ya creyentes y volver al redil a quienes no lo eran haciéndoles comprender su error. Aunque la Asesoría Eclesiástica de Sindicatos se pensó para orientar a toda la ciudadanía, nuestras comarcas fueron un objetivo prioritario, ya que los mineros encarnaban como ningún otro colectivo al ateísmo y a la persecución religiosa. Antes de convocar cada acto, la AES lo planificaba detalladamente con las empresas; las predicaciones duraban una hora y para que fuesen bien acogidas se incluían dentro de la jornada laboral, por lo tanto eran remuneradas y en teoría bien acogidas.
Francisco Bernal también incluyó en su libro este hecho ocurrido supuestamente en Mieres: "Al decirles un día el misionero ponderando lo duro de su trabajo: “Si esto lo hicierais en estado de gracia de Dios y con espíritu sobrenatural, los mineros estarían en el cielo ocupando los primeros lugares”, prorrumpieron en un cerrado “¡Viva el misionero-minero!”, que conmovió a éste, hasta hacerle casi llorar".
La anécdota está recogida del resumen que se hizo en el nº 5 del “Boletín de Información de la Asesoría Eclesiástica de Sindicatos” sobre las misiones que se habían impartido a lo largo del año 1950 y es una muestra de la eficacia que según ellos tenían los sermones y la emoción que causaba la predicación en el alma de los trabajadores.
Sin embargo, debo decir que mi experiencia con quienes fueron espectadores de estos actos es muy distinta. Los acontecimientos de la revolución de 1934 y la posterior guerra habían convertido a la Montaña Central en una "tierra de martirio" y por eso los predicadores debían elegir con cuidado sus palabras. Los frailes veteranos conocían perfectamente esta circunstancia; en cambio, los más jóvenes seguramente no eran conscientes de que la Iglesia había tenido un papel principal en la represión de la posguerra y sus hábitos simbolizaban la cara más negra del franquismo, por lo que su presencia causaba en esta tierra el rechazo previo de una parte importante de la audiencia.
Recuerdo haber oído muchos testimonios de quienes acudieron a estos actos, ridiculizando hasta el extremo estos sermones e incluso citando algunas frases claramente inventadas, pero que según ellos habían salido de la boca de los frailes y se repetían con sorna hasta que llegaron a formar parte del repertorio anticlerical que se mantuvo durante décadas en nuestras cuencas mineras, como aquel: ¡Qué bárbaros de mineros, que destrozan las montañas por un plato de fideos!
Capuchinos
Aquellos misioneros procedían de diferentes órdenes, pero quienes dejaron más huella fueron los capuchinos, a los que pertenecía el responsable de su Sección de Apostolado, Teodomiro de Villalobos. Se les recordaba por sus largas barbas, lanzando imprecaciones contra los blasfemos e intentando corregir la costumbre de citar en los "cagamentos" a Dios, la Virgen o a la propia madre. También por su defensa del discurso que justificaba la represión como paso necesario para la reconciliación de las dos Españas bajo el mando único e indiscutible de Franco.
En marzo de 1976, el teólogo Enrique Miret Magdalena afirmó en un artículo sobre "La educación nacional-católica en nuestra postguerra" publicado en la revista “Tiempo de Historia”: "Ese bombardeo de ideas y preceptos retrógrados, bañados de obligación religiosa estricta, son los que formaron las primeras generaciones de nuestra posguerra. Y ésa es una de las causas fundamentales por las que hemos permanecido política, humana y socialmente inmovilizados hasta hace poco, que es cuando hemos empezado a despegar de esa estática estratificación social".
Evolución crítica
La Asesoría Eclesiástica de Sindicatos tuvo además una evolución que las autoridades no habían previsto. El contacto de una nueva generación de sacerdotes con la vida cotidiana de las familias trabajadoras en las zonas industrializadas acabó cambiando el punto de vista de algunos colectivos por ambas partes y dentro de la propia organización creció un sector crítico desvinculado de las autoridades franquistas inclinándose primero por la doctrina social de la Iglesia y más tarde por la Teoría de la Liberación que se plasmó en la existencia de los curas obreros.
Al mismo tiempo, en 1946 se había fundado la Hermandad Obrera de Acción Católica que como organización iba a experimentar uno de esos bucles ideológicos que nos gusta traer a esta página. Sus primeros socios eran militantes anarcosindicalistas, socialistas y comunistas que habían sobrevivido a la represión de la posguerra y encontraron en la nueva organización un cauce para sus inquietudes sociales; en los años 60 la HOAC llegó a contar 180.000 miembros, entre militantes y simpatizantes, y sin perder del todo el contacto con la Iglesia su influencia fue decisiva sobre todo en la fundación de la Unión Sindical Obrera (USO) y también en Comisiones Obreras, UGT e incluso en el renacimiento de la CNT. Un viaje de ida y vuelta.
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