Máriam Martínez-Bascuñán, filósofa y politóloga: "Hoy importa más quién habla que lo que se dice; si es mi líder es verdad, si es otro, mentira"
"Ahora las democracias no mueren de por un golpe de Estado, con tanques en la calle, mueren en las urnas, se llega al poder y se la vacía, lo estamos viendo en Estados Unidos"

Máriam Martínez-Bascuñán / LNE

La politóloga y filósofa Máriam Martínez-Bascuñán ha escrito un libro para el debate, para sentarse con potenciales lectores y reflexionar. Lo hizo este viernes en Langreo invitada por la Asociación Cauce del Nalón. La autora presentó en la Casa de la Buelga de Ciaño su ensayo ”El fin del mundo común. Hannah Arendt y la posverdad”.
—¿Qué es el mundo común?
-Es aquello que compartimos aunque no estemos de acuerdo. Si usted y yo estamos sentados a una mesa no estamos en el mismo punto del espacio, pero la mesa está ahí, podemos señalarla, discutir sobre ella, describirla desde perspectivas distintas. Esa mesa es el mundo común. Es lo que hace posible la comunicación, incluso el desacuerdo. Cuando ese mundo, esa mesa desaparece, cuando uno de los dos la niega, ya no hay discusión política, solo monólogos paralelos.
—¿Y eso es lo que está ocurriendo hoy?
—Exactamente. En política siempre ha habido conflicto, y eso es sano. Podemos pensar de manera radicalmente distinta sobre la ocupación de Gaza, considerarla necesaria o criminal, pero lo hacemos —o deberíamos hacerlo— dentro de un marco compartido de datos. Cuando ese marco desaparece, el acuerdo se vuelve imposible. No es que los hechos dejen de existir, es que dejan de tener eficacia universal. Cada uno habita su burbuja y ya no hay un terreno común al que apelar.
—Usted insiste en que, sin ese suelo común, la política se vuelve imposible.
—Porque solo queda el poder de la fuerza. Si no compartimos hechos, no hay deliberación, no hay rendición de cuentas. Lo único que importa es quién impone su relato. Y eso es antipolítico. La política necesita un mundo común; sin él, se convierte en una lucha de identidades cerradas.
—Una de las ideas clave del libro es la “tribalización del juicio”.
—Es una de las formas más claras de la posverdad. Consiste en la incapacidad de pensar desde el punto de vista del otro. El juicio se simplifica hasta colapsar: ya no evaluamos un argumento por su contenido, sino por su procedencia. Si lo dice mi líder, es verdad; si lo dice el otro, es mentira. El argumento deja de importar. Eso genera inmunidad a la evidencia. Si mi tribu dice que no hubo 70.000 muertos en Gaza, entonces no los hubo, aunque los datos estén ahí.
—Lo vimos en la pandemia.
—Fue un laboratorio brutal. Había un virus, muertos, curvas de contagio, camas de UCI, hechos absolutamente obstinados. Y, aun así, el mundo común no se recompuso. La mascarilla se convirtió en un símbolo identitario. No se discutía si protegía o no, sino a qué bando pertenecías si la llevabas. Lo mismo ocurrió con las vacunas. No importaba si funcionaban, sino quién lo decía: el Gobierno, que mentía, o un grupo de Telegram, que decía la verdad. La pandemia demostró algo inquietante: ni siquiera la evidencia más extrema, la muerte masiva de personas, es capaz de reconstruir el mundo común. Las cifras de muertos se volvieron discutibles, se decía que se inflaban o que se ocultaban. Eso nos obliga a replantearnos muchas certezas sobre la fuerza de los hechos en una democracia.
—¿La autoridad, entonces, la tenían los científicos?
—Eso puede derivar en una tecnocracia, en lo que llamo la autocracia de la opinión. La ciencia es fundamental, pero no decide. Proporciona datos, no decisiones. Cuando los políticos se envuelven en la bandera de la ciencia para justificar decisiones políticas, están vaciando la democracia de deliberación. No podemos usar la autoridad científica para cerrar debates políticos.
—¿Eso alimenta el populismo?
—Sin duda. Si las decisiones importantes las toman técnicos se genera una enorme desafección hacia la política. Ese vacío lo aprovechan los populismos, que prometen devolver la voz al pueblo, aunque sea a través de mentiras. La exclusión de la ciudadanía del debate es un caldo de cultivo perfecto para la autocracia.
—¿Qué papel juegan los medios de comunicación?
—Un papel clave. Pero no basta con fact-checking ni con restaurar la figura del experto. Los hechos están disponibles, pero no siempre tienen impacto. Hoy importa más quién habla que lo que dice. El mundo común está tan fragmentado que la verdad ya no circula de manera transversal. Necesitamos recuperar la confianza en los medios, sí, pero también la capacidad de pensar por nosotros mismos. El juicio es una responsabilidad individual y eso implica estar dispuestos a cuestionar a nuestro propio grupo, a asumir el coste de ser vistos como traidores. Hannah Arendt lo hizo y pagó un precio altísimo por ello.
—¿Hay solución a ese desmoronamiento del mundo común?
—Quiero creer que sí, pero no llegará de la mano de un líder iluminado. La solución está en la ciudadanía, en negarse a participar en la mentira. Si seguimos haciendo lo mismo, no habrá salida. El mundo común solo puede recuperarse a través de conversaciones abiertas, honestas, incómodas.
—Pero usted también reconoce que no todas las conversaciones son posibles.
—Claro. Cuando alguien vive en una realidad paralela, no estamos hablando de lo mismo. Esa fractura no es ideológica, es cognitiva. Y se está extendiendo. No solo ocurre en casos extremos. Todos vivimos en burbujas. No existe una solución infalible. A veces hay que elegir las batallas y buscar un terreno común mínimo. Con quienes niegan la existencia del virus o las muertes en Gaza, simplemente no hay conversación posible.
—¿Y entonces qué se puede hacer?
—Construir con quienes aún comparten ese mínimo común. No podemos arrastrar a alguien fuera de su realidad si ha decidido habitarla, pero sí podemos fortalecer espacios compartidos que, con el tiempo, erosionen las burbujas.
—¿La culpa es de los políticos?
—Eso sería demasiado fácil. Ellos explotan la tribalización del juicio. Si su electorado defiende cualquier cosa que digan, incluso lo absurdo, ¿para qué argumentar? Señalan enemigos, alimentan agravios y construyen identidades cerradas. Pero echarles toda la culpa es demasiado fácil. Operan en un ecosistema que premia el escándalo, el enfrentamiento y el clic.
—¿Qué responsabilidad tenemos como ciudadanos?
—Toda. Compartir noticias no verificadas, reforzar nuestras burbujas, elegir la comodidad de la tribu frente al esfuerzo del juicio… El mundo común se rompe entre todos. Aunque los políticos tienen una responsabilidad especial porque ellos tienen un micrófono más grande y la capacidad de envenenar el pozo.
—Su presentador en Langreo, Enrique del Teso, mantiene que la ultraderecha quiere acabar con la democracia desde dentro, llegando al poder a través de unas elecciones y vaciándola de contenido
—Ahora las democracias no mueren de por un golpe de Estado, con tanques en la calle, mueren en las urnas. El autócrata llega al poder por vías democráticas y luego vacía la democracia desde dentro. Lo estamos viendo en Estados Unidos. Se está creando un orden de legitimidad paralelo, basado en hechos consumados, que dificulta reaccionar y, sobre todo, nombrar lo que está ocurriendo. Y cuando no puedes nombrarlo, ya has perdido una parte fundamental de la batalla.
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