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El silencio después del último café: el pueblo de Asturias que se queda sin bares tras llegar a tener más de 20 y hasta un cine

El antiguo nudo industrial de Ablaña (Mieres) ha pasado de albergar miles de trabajadores y una intensa vida social a convertirse en un espacio envejecido sin lugares para la convivencia

Cristina Menéndez y Marcos Rojo, en la última tienda de Ablaña.

Cristina Menéndez y Marcos Rojo, en la última tienda de Ablaña. / David Montañés

Ablaña (Mieres)

Que cierre un bar no es un hecho relevante en un país, como España, en el que cada año se clausuran más de dos mil establecimientos hosteleros. Muchos de ellos vuelven a abrir con otros nombres, otras manos y la misma función: sostener la vida social cotidiana. Pero en Ablaña ese latido ya no existe. La Cantina, el último refugio para el encuentro diario, ha bajado la persiana. Este pueblo del concejo de Mieres antes referente industrial se ha quedado sin bares. Y con ello ha perdido algo más que un negocio. Ha perdido su plaza pública.

Un tren circulando frente a La Cantina, el último bar de Ablaña, recientemente cerrado.

Un tren circulando frente a La Cantina, el último bar de Ablaña, recientemente cerrado. / D. M.

De 21 bares a ninguno

Hace poco más de medio siglo, Ablaña contaba con 21 bares. Hoy no queda ninguno. La localidad encaja en el molde vacío que ha dejado el proceso de desmantelamiento industrial en las cuencas mineras asturianas, con una sacudida demográfica comparable a un seísmo lento pero constante. De las cerca de dos mil personas que llegaron a vivir en la localidad apenas resisten doscientas. Y ya no tienen ni dónde reunirse a charlar.

Un nudo industrial hoy desaparecido

Ablaña fue uno de los grandes nudos industriales de Asturias. A mediados del siglo XX estaba literalmente cercada por la industria. Al sur, la Fábrica de Mieres, con unos 6.000 trabajadores. En el entorno inmediato, la actividad extractiva de Minas Llamas y Nicolasa. Y atravesándolo todo, una intensa actividad ferroviaria que convertía al pueblo en un punto estratégico de paso y de vida. Esa prosperidad atrajo a familias de toda España. “Aquí vino gente de todos los lugares, desde Andalucía a Galicia. No había ni un rincón desocupado”, recuerda Cristina Menéndez, responsable de la asociación de vecinos y propietaria de la última tienda del pueblo.

Antonio Rufo, vecino de Ablaña, señala con el dedo el entorno inmediato mientras enumera lo que ya no está. “En este cachín que ves aquí había siete bares. Siete, todos seguidos. Y un poquitín más allá otro, y otro más arriba…”, dice con una precisión que solo da la memoria vivida. “Y todas las casas llenas. Vivía todo el mundo aquí”. Aquella concentración no era una exageración. En apenas unos metros convivían bares, viviendas abarrotadas y comercios que daban servicio a una población en ebullición.

José Manuel González, con La Cantina, ya cerrada, al fondo.

José Manuel González, con La Cantina, ya cerrada, al fondo. / David Montañés

El cine, las tiendas y la vida

Los testimonios coinciden en que no había casas vacías. Marcos Rojo Iglesias, vecino y hostelero durante años, recuerda que incluso cuando él llegó a Ablaña, en 1986, ya había empezado el declive, pero aún quedaba mucha vida. “Yo no conocí lo más gordo, pero todavía había varios bares, tiendas, dos tiendines abajo… y había habido cine”, explica. El Imperial, el gran cine del pueblo, era uno de los símbolos de aquella vitalidad cultural. Hoy su espacio lo ocupa una residencia de mayores, un reflejo claro del cambio de ciclo.

El golpe de la industria

La caída comenzó con la industria. El golpe más duro, coinciden los vecinos, fue el cierre de la Fábrica de Mieres en los años setenta. “Ahí marchó muchísima gente”, apunta Rojo. Las minas resistieron algo más, y Nicolasa se mantuvo abierta hasta hace poco más de un año, aunque ya sin la capacidad de arrastre de antes. Fue el último pozo de Hunosa en clausurar el castillete. “Antes había relevos de dos mil trabajadores, una nube de gente”, recuerda Rojo. Esa marea humana llenaba bares, compraba en las tiendas y daba sentido al pueblo. Cuando desapareció, Ablaña empezó a vaciarse.

Cristina Menéndez, despachando a varios clientes en su tienda.

Cristina Menéndez, despachando a varios clientes en su tienda. / David Montañés

El último refugio

El cierre de La Cantina no es, por tanto, un hecho aislado, sino el último eslabón de una cadena de pérdidas. Durante años fue el lugar donde aún se cruzaban vecinos, familiares de la residencia, antiguos trabajadores y gente que venía de Mieres a comer. “Por lo menos se socializaba un poco”, lamenta Rojo. Ahora, quien quiere tomar un café tiene que desplazarse en coche a Loredo o a Mieres. Caminar es posible, pero no realista para una población envejecida.

“Esto está muerto”

José Manuel González, otro vecino, resume la situación con crudeza: “Esto está muerto. Ya murió. Y fue muy rápido, es cosa de una generación”. Donde antes “parecía fiesta todos los días”, ahora “solo hay movimiento cuando alguien visita el geriátrico”. No hay centro social, no hay ocio, no hay un espacio común donde compartir una partida, una conversación o simplemente el paso del tiempo.

La última tienda

La tienda de Cristina Menéndez, abierta desde 1930, resiste como último bastión. Además de vender lo básico, ha instalado una máquina de café para improvisar tertulias. “Es el último servicio, quitando la farmacia y el consultorio”, explica. Pero incluso ese esfuerzo tiene fecha de caducidad. Los impuestos, la falta de incentivos y el cansancio personal pesan demasiado. “Nadie se ha preocupado por Ablaña. Es una pena. Es cuestión de tiempo que yo también cierre. Estoy cansada”, dice, compartiendo un desánimo generalizado.

Bien comunicado, pero sin vida

Paradójicamente, Ablaña está muy bien comunicada. El pueblo tiene tren, autobús, carretera nacional y autovía. Tiene estación ferroviaria, farmacia, médico y enfermera. Pero carece de lo más elemental para fijar población: un lugar donde verse. “Vienes aquí con una familia joven… ¿y qué hay? Ni un barín, ni una tienda”, resume Cristina. Sin esos pequeños servicios, el pueblo queda atrapado entre lo urbano y lo rural, sin las ventajas plenas de ninguno.

Desde la asociación de vecinos se han intentado pequeñas iniciativas festivas para mantener el ánimo, pero la falta de gente y el envejecimiento han ido apagándolas. Algunos edificios se han vendido a familias de fuera de la región que “apenas pisan el pueblo”. “Las casas se arreglan, pero no se habitan”. La vida no vuelve.

Solo queda la memoria

Si los vecinos de aquella época dorada vieran hoy Ablaña, dicen los actuales, “no la reconocerían”. Donde hubo 21 bares, ahora no hay ninguno. Donde hubo bullicio, ahora hay silencio. El cierre de La Cantina no es solo el final de un negocio; es el símbolo de un deterioro social profundo, de una comunidad que se ha ido deshaciendo sin relevo ni esperanza clara de recuperación. En Ablaña, las ilusiones se evaporaron con el cine y los bares. Y lo que queda es, sobre todo, memoria.

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