La Villa, un año después de la explosión: "Echo de menos mi casa", afirman los desalojados que no han podido volver al barrio mierense
"Abrí el grifo y vi una bola de fuego venir hacia mí, lo recuerdo todas las noches", recuerda María da Silva, la herida más grave
La asociación vecinal reclama rehabilitación y protección para evita que el barrio se vacíe

David Montañés
María da Silva y Alicia Peixoto eran vecinas en el barrio de La Villa. La primera, de origen brasileño, llevaba años arreglando su casa y, tras mucho trabajo y esfuerzo, ya prácticamente la tenía a su gusto. La segunda residía justo al lado, ya en el dobladillo de la falda de la ladera que delimita el final del casco urbano de Mieres. Eran felices hasta que hace un año, el 3 marzo de 2025, su mundo saltó por los aires.

Por la izquierda, María da Silva, José Antonio Rubio, Benjamín García, Domingo Martínez, Lalo Jiménez y Manuel Prado, en el lugar de exploxión.. / David Montañés
"Cuando giré la llave del grifo sentí una enorme explosión. Vi una bola de fuego enorme viniendo hacia mí", recuerda María da Silva. “Estaba en mi casa tranquilamente cuando escuché la explosión. De repente sentí asfixia y todo se llenó de humo. Salí a la calle y no vi nada, todo había desaparecido. Fue terrible”, explica por su parte Alicia Peixoto.

Varios bomberos trabajando en la explosión de hace un año. / David Montañés
El barrio de La Villa conecta a Mieres con sus orígenes convertido en testigo de su transformación de vega agrícola a espacio urbano. Desde su papel como punto de paso y asentamiento definió el primer crecimiento de la ciudad. La realidad actual del barrio está marcada por el deterioro de su centenario legado inmobiliario. Toda esta historia retumbó hace un año cuando una explosión de gas desgarró el corazón de este rincón de Mieres. Decenas de personas tuvieron que ser desalojadas. Milagrosamente no hubo víctimas mortales, aunque sí seis heridos graves, entre ellos María da Silva, que quedó enterrada bajo los escombros de su casa. Fue la herida más grave que dejó la deflagración que encogió el corazón de los mierenses, que en un primer instante pensaron que el tremendo zambombazo debería haber dejado un reguero de muertos.

Manuel Prado y Alicia Peixoto, junto a la casa de la segunda, pendiente de rehabilitar. / David Montañés
“Fue un milagro que no hubiera fallecido”, siguen afirmando los vecinos un año después de la explosión. Algunos han regresado al barrio, como Lalo Jiménez, que reside justo enfrente del aparcamiento en que se ha convertido el solar que dejó la casa de María da Silva. “Ahora todo está más pulcro y ordenado, pero el barrio ha perdido parte de su esencia”, apunta.
La vida fuera del barrio
Otros muchos vecinos, como Benjamín García, no han podido regresar a La Villa tras la explosión. Su casa tuvo que ser demolida debido a los graves daños estructurales que sufrió. Reubicado en Santullano, sigue siendo uno de los vecinos más populares y queridos del barrio. Próximo a cumplir 58 años, creció jugando entre las caleyas del ahora gastado barrio. Es una persona de costumbres. “Me gusta venir de vez en cuando, ver a los amigos y pasear por las caleyas. Estoy bien, pero echo de menos mi casa”.

Manuel Prado y José Antonio Rubio, junto a una cartel reivindicativo del barrio. / David Montañés
Lalo Jiménez ha podido regresar a su casa tras hacerse cargo el seguro de la costosa reparación. Pero Alicia Peixoto lleva un año viviendo de alquiler y durante este tiempo ha visto con impotencia cómo su casa no ha dejado de deteriorarse: “El seguro no hace más que darme largas. Me dice que no tienen técnicos disponibles para peritar y, aunque me sufragan el alojamiento, mi casa está cada vez peor e incluso ha empezado a filtrarse dentro el agua”. El lamento es sentido. “Yo estaba muy bien en mi casita, que era muy cómoda y estaba rehabilitada. Soy la única vecina a la que no han atendido y no lo entiendo”.
Dura recuperación
Fueron tres las casas de La Villa que la explosión de hace un año volatilizó. Una es la que saltó por los aires tras convertirse en el contenedor de la fatídica bolsa de gas que ejerció de detonante. En ella residía María da Silva, de 64 años. Tuvo que ser evacuada de gravedad a la Unidad de Quemados del Hospital de La Paz. Tardó meses en restablecerse y las secuelas la acompañarán para siempre. “Tengo quemaduras por todo el cuerpo, aunque es cierto que se puede decir que tuve suerte”.

Benjamín García, María da Silva, Lalo Jiménez y José Antonio Rubio, en el lugar de la explosión. / David Montañés
María da Silva recuerda como si fuera ayer su lucha por sobrevivir. "Estuve todo el tiempo consciente. Notaba cómo me caían escombros encima e intentaba estirar una mano para que quedara fuera y me pudieran ver". Tuvo temple y sangre fría para pensar incluso en lo que podría haberles pasado a los chicos que estaban reunidos delante de su casa. "Me preocupaba que estuvieran muertos". Pero en esas circunstancias, pronto se vio obligada a centrarse en su difícil situación. "Sentía mucho peso encima y no me podía mover. Entonces empecé a rezar. Le pedía a Dios que me salvase, que todavía me quedaban cosas por hablar con mis hijos". Pronto sintió que llegaba la ayuda: "Me acuerdo de mi sobrina diciéndome que todo iba a salir bien; yo le pedía que llamase a mi hija".
Las secuelas
Un año después, las heridas físicas avanzan más rápido que las emocionales. “Lo recuerdo todas las noches”, confiesa. “Sigo tomando ansiolíticos porque he tenido crisis. La explosión está ahí. No duermo sin tranquilizantes”. Pasear por La Villa tampoco le resulta fácil. “Siento angustia, mucha tristeza. Echo muchísimo de menos mi casa. No estoy en mi sitio. Ahora estoy en un segundo piso, en Ujo, y no estoy contenta con la solución que me dieron”. Explica que se siente desatendida, que las gestiones son lentas y que incluso el descanso se le hace difícil. Aun así, regresa con frecuencia al barrio para acudir a consultas médicas o ver a antiguos vecinos. “Esto sigue siendo mi lugar”, resume con voz entrecortada.
Reivindicación vecinal
Desde la asociación vecinal, su portavoz, José Antonio Rubio, reclama que la tragedia no condene al barrio al olvido. “La Villa no puede convertirse en un simple aparcamiento. Es el barrio fundacional histórico de Mieres y hay que ponerlo en valor”. Defiende un plan de rehabilitación integral que combine memoria y futuro. “Puede tener mucho potencial turístico desde el punto de vista histórico, pero sobre todo necesita vecinos, vida, limpieza y cuidados. El mayor peligro es que quede como un barrio muerto”. Rubio admite que la explosión dejó un vacío “moral y psicológico” difícil de cuantificar. “Se perdió capital humano, gente entrañable de toda la vida. La Villa quedó muy tocada y ahora toca reconstruir no solo casas, también comunidad”.
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