De lo nuestro / Historias heterodoxas
Jean Denis Thiry, el señor de la pólvora
Uno de los impulsores del proceso industrial de Asturias, profesor en la Escuela de Minas de Mieres, promotor del sector de los explosivos

La historia de hoy, vista por Alfonso Zapico. / Alfonso Zapico
Dionisio Thiry Delmalle fue uno de esos capitanes de nuestro proceso industrial que, siguiendo la norma que hemos explicado muchas veces en esta página, llegó desde otro país para reemplazar la inoperancia y el desinterés que las principales familias asturianas mostraron en la modernización de nuestra tierra. Hoy vamos a ver algunos datos sobre la relación que este pionero mantuvo con la Montaña Central.
Aunque aquí lo conocimos como Dionisio, fue bautizado el día 23 de junio de 1822 en Jemeppe-sur-Meuse, una localidad belga, con los nombres de Jean Denis. Era hijo de Gilles José Thiry y Marie Isabelle Delmal, por lo que la pronunciación de su segundo apellido también acabó castellanizándose para que se escribiese como sonaba en español.
Dionisio fue el primero de cinco hermanos (cuatro varones y una hembra), pronto concluyó sus estudios de ingeniería minera y alcanzó tan buena fama que el teniente coronel Francisco Antonio de Elorza, entonces director de la Real Fábrica de Cañones de Trubia, le ofreció en 1847 un buen puesto en Asturias, el lugar que en aquel momento sonaba por toda Europa por su riqueza mineral.
Elorza conocía bien la Universidad de Lieja, donde estaba Dionisio, porque había ampliado allí sus conocimientos de metalurgia, ciencias naturales y explotación de minas cuando tuvo que exiliarse durante la represión que siguió al Trienio Liberal y lo llamó a su lado para que se hiciese cargo de las Minas de Porció, en Riosa, que habían iniciado su explotación en abril de 1846 y abastecían a su Fábrica.
José Luis Cabo Sariego, cronista oficial de Riosa, que ha publicado en su blog un completo trabajo sobre el ingeniero, nos informa de que una vez en nuestra región, Dionisio se casó el 22 de julio de 1850 con Luisa Palacio Fernández Arango, oriunda de la Casona de Villar de Castandiello, en Morcín.
Se trata de un palacio rural al que ya dediqué un capítulo en la serie “El patrimonio de las Cuencas”, que se publicó en los años 90 en este mismo diario. Era el solar de la familia Palacio, apellido de algunos personajes destacados de nuestra historia en el siglo XIX, como Carlos Palacio, conocido partidario tradicionalista; José Antonio Palacio, académico de la historia y auditor del Tribunal de La Rota, o Ricardo Palacio, quien fue diputado de la Junta General del Principado en varias ocasiones.
Sin embargo, el matrimonio prefirió vivir en Oviedo y allí tuvo a su único hijo, ingeniero igual que su padre, pero que iba a fallecer con solo 26 años en julio de 1877.
Entretanto, en 1844 se había aprobado la creación de una Escuela de Capataces de Minas en Asturias con el plan inicial de establecerla en Avilés, pero hubo que esperar una década para que este proyecto se hiciese realidad atendiendo a un pensamiento más realista en el corazón de la cuenca minera que se encontraba en aquel momento en pleno desarrollo.
Así, el 1 de diciembre de 1853 una Real Orden estableció que la Escuela Práctica de Minas se ubicase en Mieres. Ese mismo año Guillermo Schulz pasó a ser presidente de la Junta Facultativa de Minería y director de la Escuela Especial, ambas en Madrid, y cerró un contrato de alquiler por el que una parte del Palacio de Camposagrado en La Villa se habilitaba para las nuevas instalaciones a cambio de 2.500 reales anuales. En mayo de 1854 se nombraron los cargos de la flamante institución: Pío Josué Barrera como subdirector y Dionisio Thiry, quien había sido nombrado caballero de la Real Orden de Isabel la Católica dos años antes, como segundo profesor. En septiembre, la Escuela ya pudo disponer de su primer Reglamento y en abril del año siguiente se iniciaron las actividades lectivas.
La propuesta de llevar hasta Mieres a Thiry tuvo la aprobación del teniente coronel Elorza: su sueldo se estableció en seis mil reales al año y se aceptó que debía contar con una habitación propia en el Palacio la Escuela, sin dejar su puesto de director de Las Minas de Porció; sin embargo, tres meses más tarde fue necesario nombrar un nuevo segundo profesor -en este caso fue Gregorio Aurre-, porque Thiry cayó enfermo y se trasladó a Bélgica para recobrar la salud. Al parecer fue una decisión acertada, porque a los pocos meses retornó definitivamente a Asturias para hacerse cargo como director técnico de las Minas de la Real Compañía Asturiana en Arnao, donde estuvo hasta el año 1862.
Cuenta José Luis Cabo Sariego que durante la estancia de Dionisio en Arnao, se produjo el famoso viaje de la reina Isabel II y su esposo a Asturias, en el que entre otras localidades visitó Mieres y Trubia. Era agosto de 1958 y en el banquete que se sirvió a los ilustres visitantes en Oviedo quisieron agasajarlos con sorbetes. Dionisio Thiry se encargó de esta difícil misión pidiendo a unos de sus ocho cuñados, José Palacio, que le facilitase el hielo necesario llevándolo sin que se derritiese desde los «pozos de nieve» de la Sierra del Aramo hasta la capital.
Thiry consiguió que los 18 hornos de cok que la Fábrica de Trubia tenía en Porció en 1849 pasasen a ser 33 en 1850; además, su gestión también se hizo notar en la fábrica de zinc de Arnao y es frecuente encontrar su nombre en los registros notariales de las explotaciones de carbón de la Montaña Central. En el boletín Oficial de 22 de julio de 1865 figura la concesión de un coto de con 60 pertenencias en la localidad allerana de Piñeres, y podemos verlo participando junto al industrial mierense José Fernández Tresguerres y Cachero y a la familia Herrero en la Sociedad de Minas del Naranco, que en 1872 cambió su nombre por el de Herrero Hermanos, Thiry y Cía. Él fue nombrado subdirector.
Sector de los explosivos
Pero, sobre todo destacó e hizo fortuna con la industria de la pólvora. Primero como representante en España de varias empresas belgas, y una vez liberado este mercado, con su propia empresa, también constituida en Bélgica con un capital de 780.000 francos: la Sociedad Comanditaria Dionisio Thiry y Cía, creada con el objetivo de abastecer a las minas asturianas.
También adquirió los terrenos de Llamaoscura para fundar en 1865 la Fábrica de Pólvora de la Manjoya, que surtía tanto a las explotaciones mineras, como al ejército y a los particulares. Aunque, el 19 de octubre de 1867 un acontecimiento relevante cambió el mundo en muchos aspectos, entre ellos el de la explotación de recursos mineros: Alfred Nobel inventó la dinamita, después de perder en este empeño a su hermano menor, que murió cuando una explosión destruyó su laboratorio de Estocolmo.
Desde el primer momento se vio que el nuevo proyecto tenía dos caras: la mala era su aplicación a la industria militar que iba multiplicar de forma increíble la mortalidad de las guerras; la buena, su desarrollo en el mundo de la ingeniería para facilitar la eliminación de obstáculos en las vías de comunicación, la construcción y sobre todo en la minería.
En aquel 1867 Dionisio Thiry era una de las grandes fortunas asturianas y su fábrica ocupaba el quinto lugar en la relación de mayores contribuyentes por subsidio industrial. La dinamita aún iba a tardar unos años en sustituir a la pólvora y el ingeniero supo sacar provecho a sus industrias. Incluso llegó a abrir en el término municipal de Santurce una pequeña fábrica para ofrecerse desde allí a las minas de hierro de Bizkaia.
En 1872 ya había subido al tercer lugar en esa relación de contribuyentes y cuando el avance de la dinamita ya fue imparable obtuvo un contrato con un fabricante alemán para venderla a comisión en España; no tardó en darse cuenta de las posibilidades del nuevo producto y muy pronto convenció a otros capitalistas para que le ayudasen a abrir su propia fábrica.
No pudo verlo, porque falleció de forma repentina el 26 de enero de 1882, a los 59 años y sin dejar testamento; sin embargo su viuda cogió el testigo y apenas un mes más tarde transformó la Sociedad Comanditaria Thiry y Cía. en Sociedad Anónima de La Manjoya. Luisa Palacio encabezó la Junta de Accionistas en la que figuraban dos de sus hermanos, la viuda de Herrero y ocho accionistas belgas. Tuvo éxito, se casó por segunda vez y rehizo su vida.
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