De lo nuestro / Historias heterodoxas
Duelo a muerte en Mosquitera
Dos vigilantes jurados del pozo resultaron muertos en un tiroteo en 1933, presumiblemente tras disparar uno sobre el otro tras una discusión

La historia de hoy, vista por Alfonso Zapico. / Alfonso Zapico
La historia del Coto Mosquitera se remonta a 1844. Después de diferentes cambios empresariales, pasó a la Sociedad Metalúrgica Duro Felguera en 1906 y veinte años más tarde se profundizó el pozo del mismo nombre. En su entorno se abrió un espacio que además de servir para ubicar otras construcciones de la empresa se convirtió el 20 de mayo de 1946 en escenario del multitudinario acto con el que el dictador Francisco Franco inició su gira por Asturias. Antes, en 1933, la misma plazoleta había acogido un episodio aún más siniestro: la muerte de dos guardas jurados, que se dispararon mutuamente dejando en sus hogares a diecisiete huérfanos.
En Duro Felguera los guardas jurados estaban encargados de la seguridad de la empresa y la vigilancia de sus instalaciones, especialmente los polvorines, dado que en el valle del Nalón existía una fuerte implantación del anarquismo, con algunos grupos partidarios de la acción directa que no dudaban en emplear la dinamita.
Según Manuel Villar, “Ignotus”, en su libro “El anarquismo en la insurrección de Asturias”, cuando llegó octubre de 1934 los revolucionarios procedieron a la incautación de la factoría, engrosando el arsenal rebelde con el armamento de 16 guardas jurados. Muchas de esas armas eran tercerolas, similares a las carabinas, pero de menor tamaño y peso, lo que las hacía muy adecuadas para llevar a caballo y cómodas para las vigilancias de a pie. Durante la Segunda República fueron utilizadas por la Guardia de Asalto y también elegidas por muchas empresas para su seguridad privada. Entre ellas la propia Duro Felguera, donde una tercerola tuvo mucho protagonismo en el drama que ahora les voy a contar.
Nos situamos en febrero de aquel 1933, cuando la Montaña Central vivía varios conflictos laborales simultáneos. En Fábrica de Mieres se había parado contra la pretensión de la dirección de reducir un día de trabajo a la semana a causa de la crisis que de ventas que se vivía en la empresa; en el valle de Turón eran las minas y ya se habían registrado enfrentamientos entre los afiliados del Sindicato Único de Mineros, de mayoría comunista, y los del SOMA que reunía a los socialistas.
En el Nalón la huelga se hacía contra la pretensión de los patronos de rebajar los precios en los destajos y solo trabajaba Mina San Vicente, autogestionada por los propios trabajadores. El corresponsal de “El Socialista” describió la situación con una escena muy similar a la que se ve en la película “Los lunes al sol”: «La huelga se hizo unánime en todas las minas, excepto en las de San Vicente que ya tienen implantado el nuevo horario sin rebaja de precios en los destajos. Nutridos grupos de obreros se congregan en los puntos donde más calienta el sol y en el parque para disfrutar los beneficios que la naturaleza nos brinda, al menos a la hora de escribir estas cuartillas».
El jueves día 9, pocas horas antes del drama que iba a acontecer en Mosquitera, el alcalde de Langreo se había desplazado hasta Oviedo para entrevistarse con el gobernador José Alonso Mallol, masón y militante de Izquierda Republicana, quien durante la Revolución de Asturias iba a ser detenido en Alicante por participar en una manifestación. Pero como el alcalde tenía algunas décimas de fiebre causadas por una gripe, la visita había durado muy poco. Entonces, aquella misma tarde, debido a la importancia del asunto a tratar -el paro que se mantenía en Duro-Felguera- el gobernador le devolvió la visita en Langreo, donde el regidor le recibió postrado en su cama.
Después, acompañado por unos agentes de Policía, se dirigió al Centro Obrero La Justicia para debatir personalmente con sus dirigentes, pero como no se había anunciado su llegada, allí solo estaba el conserje, Rufino Duarte, a quien presentó una notificación para que en el plazo de 24 horas los inscritos en el Centro cumpliesen todo lo dispuesto por la ley de Asociaciones, haciéndoles saber que él había decidido no participar en la negociación del conflicto «ante la actitud saboteadora de los dirigentes de los metalúrgicos a cualquier acuerdo».
En medio de este ambiente tenso, la vigilancia nocturna de los pozos no era fácil y los guardas jurados tenían los nervios a flor de piel. Entre el frío y la semioscuridad, en la plazuela del pozo Mosquitera, en el límite entre los concejos de Langreo y Siero, el cabo de guardas jurados de la Duro-Felguera, Ricardo Álvarez Martínez, y el guarda Crescencio Menéndez resultaron muertos a tiros sin que hubiese testigos presenciales.
En el diario “El Socialista” vemos un reportaje sobre este hecho en el que un periodista desconocido realizó un informe casi policial que se publicó sin firma. En su texto expuso el testimonio de otro guarda jurado del mismo grupo, Manuel Fernández, que aquella noche también estaba de servicio. Según dijo, sobre las nueve de la noche el cabo había amonestado a Crescencio porque le pareció que estaba algo embriagado, cruzándose entre ambos algunas palabras fuertes y el cabo ordenó que le entregase la tercerola, terminando el incidente sin más consecuencias.
Herido y muerto
Él se dirigió hasta las inmediaciones de la cooperativa próxima al grupo, oyendo al poco rato varios disparos que procedían de la plazoleta de la mina y acudió a ver qué estaba sucediendo, acompañado del encargado de la cooperativa, entonces sintió que le llamaba el empleado de las oficinas Luis Antuña para que localizase al practicante, pues el guarda Crescencio había resultado herido de gravedad.
Caminaba hacia allí cuando el empleado Camilo Martínez le comunicó que cerca del camino que conduce desde la plaza de la mina hasta la vía había otro hombre tendido en el suelo. Se acercó y pudo comprobar que se trataba del cabo Ricardo, quien ya se encontraba sin vida. Inmediatamente comunicó por teléfono la situación al ingeniero del grupo don José Rivas, quien se trasladó acompañado por un cabo y dos números de la Guardia Civil del puesto de Carbayín y de los médicos don Paulino Antuña y don Ignacio Cabezas.
Los primeros en ver y ayudar a recoger el cadáver del guarda Crescencio habían sido los jóvenes Alejandro Lavín y Julio Rodríguez, que dieron esta versión: «Estábamos en el establecimiento de doña Consuelo Álvarez, próximo al lugar de la tragedia, cuando llegó una vecina llamada Herminia manifestando que algo grave debía haber ocurrido, puesto que se habían oído varios disparos y allí había un hombre herido».

La historia de hoy, vista por Alfonso Zapico. / Alfonso Zapico
En efecto, al salir pudieron ver tendido en el suelo, cerca de la puerta de la casa de Herminia, a Crescencio Menéndez, al que recogieron para llevarlo al interior de la vivienda. Allí recibió una cura de urgencia del practicante don Miguel Benayes que le encontró un balazo en la ingle derecha, otro que le perforaba ambos pulmones y un tercero que tras atravesar el vientre se había incrustado en un brazo. El herido fua trasladado hasta el hospitalillo de la Sociedad, donde falleció a los cinco minutos.
Por su parte, el cabo Ricardo, que ya apareció muerto, presentaba una herida de bala en el corazón y otra en un brazo y cerca del cadáver se encontró su pistola con varias cápsulas y otro proyectil que se correspondía con el calibre del revolver que usaba el guarda Crescencio. Todo indicaba que los dos habían reanudado su primera discusión cuando volvieron a encontrarse a solas y se dispararon mutuamente.
Las víctimas eran muy conocidas y, según el periódico, gozaban de gran aprecio, aunque el recuerdo que dejaron entre sus descendientes es el de que se trataba de dos hombres propensos a la violencia. Ambos tenían entonces cincuenta años. Ricardo Álvarez era vecino de la aldea langreana de La Moral y llevaba mucho tiempo como guarda jurado; dejó viuda y diez hijos. Crescencio Argüelles era vecino de Baeres, también del Concejo de Langreo y lo mismo que su oponente tenía mucha experiencia, primero como vigilante del taller de interior y más tarde como guarda jurado. Dejó viuda y siete hijos, además de su anciana madre, que vivía con ellos.
Otro diario, “El Noroeste”, publicó que Crescencio Argüelles antes de morir había dicho que él no había disparado sobre su compañero, por lo que podía haber intervenido una tercera persona. Lo cierto es que los dos guardas jurados fueron enterrados en el cementerio de Tuilla y con la última palada de tierra se puso el punto final a este suceso.
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