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El Angliru, el emblema que surgió de la niebla

La cima riosana, coloso del ciclismo internacional desde 1999, se ha convertido en un filón turístico

Alberto Contador,  doble ganador en el Angliru, subiendo La Cueña les Cabres en la Vuelta de 2017.  | I L. MURIAS

Alberto Contador, doble ganador en el Angliru, subiendo La Cueña les Cabres en la Vuelta de 2017. | I L. MURIAS

Cuando en un destemplado septiembre de 1999 el tristemente desaparecido Chava Jiménez surgió de entre la niebla rezumante de épica para coronarse como primer vencedor en el Angliru, firmó una gesta que a la postre iba a trascender mucho más allá de las proezas deportivas. Durante los meses previos a la cita con la Vuelta Ciclista a España se había debatido mucho sobre el riesgo que suponía organizar un multitudinario evento de carácter internacional en este desconocido puerto del Aramo, que hasta entonces apenas era transitado por ganaderos locales en toscos coches todoterreno. Se puso en duda ya no solo la capacidad logística para canalizar la enorme infraestructura que mueve la gran ronda nacional , sino la suficiencia de los propios ciclistas para enfrentar una subida que en varios tramos se asemejaba a un "muro". El día previo a la etapa, un aficionado inspirado tatuó en la calzada una frase que ha sobrevivido imborrable y se ha convertido casi en una marca: "Bienvenidos al infierno".

El Angliru ha emergido como un averno de extremo sufrimiento deportivo para convertirse en una bóveda celeste que atrae a cicloturistas de toda Europa. En poco más de un cuarto de siglo se ha convertido en una marca turística de éxito ya no solo para Riosa, sino para toda la comarca del Caudal. Nueve veces más ha regresado la Vuelta al puerto, la última el año pasado, siempre con enormes audiencias televisivas. Y siempre con LA NUEVA ESPAÑA pendiente de cada acontecimiento ligado a la gran cima del Aramo.

En un territorio acostumbrado a excavar fatigosamente hasta lo más profundo para sacar rendimiento de sus potenciales, el Angliru apareció como un filón muy rentable sin demanda de casi de inversión. El por entonces alcalde de Riosa, José Antonio Muñiz, encontró pocos apoyos cuando propuso el puerto como potencial final de etapa de la Vuelta. En su entorno vecinal y político algunos le tildaron de iluminado, pero la tozudez del regidor acabó dando fruto. Los responsables de Unipublic intuyeron el potencial del puerto y decidieron hacer una apuesta de riesgo. Un superficial asfaltado, suavizando un par de curvas, y a correr, nunca mejor dicho.

Salió cara como bien pudo salir cruz. El 12 de septiembre de 1999 el Angliru paso a golpe de riñón de ser un monte de cabras a un mito instantáneo del ciclismo. En cuanto la televisión mostró a los ciclistas retorciéndose de esfuerzo en sus monturas, surgió la leyenda. Los astros se alinearon y los problemas se convirtieron en méritos. A falta de poco más una hora para le llegada de los ciclistas al puerto, varios coches, entre ellos uno en el que viajaba el por entonces presidente del Principado, Vicente Álvarez Areces, quedaron atrapados en La Cueña Les Cabres, la rampa que roza el 24 por ciento y que mejor representa la dureza de la subida. El firme estaba humedecido a causa de la niebla y la tracción desapareció. A nivel interno, en el seno de la Guardia Civil se valoró en un momento dado la posibilidad de suspender la etapa. Al final se decidió continuar.

La primera etapa apenas se pudo ver por televisión. La cotidiana niebla se adueñó del puerto. Pero el gigante, con sus más de 1.500 metros de altitud, logró asomarse por encima de las nubes y el último kilómetro de la subida quedó iluminado sobre un oceano blanco. De repente apareció el Chava Jiménez, como salido del infierno, dando forma a una narrativa ya del todo epopéyica. Aquel inmejorable final de etapa, el primero, simbolizó la eclosión de un emblema que pasado el tiempo se ha convertido en uno de los símbolos de identidad de la comarca del Caudal, un icono reconocido en todo el mundo. El Angliru es hoy un imán para el turismo ligado a la bicicleta. Una impronta singular que se abrió paso entre una bruma que con frecuencia oculta la disponibilidad de grandes recursos que ofrece el territorio.

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