Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Mónica García Cuetos

Mónica García Cuetos

Historiadora, experta en patrimonio industrial

Nuestra conciencia patrimonial

De ocultar e incluso despreciar los vestigios de la industria a ponerlos en valor y reutilizarlos

Exterior del pozo Santa Bárbara, en Turón, con una escultura de Herminio en primer plano

Exterior del pozo Santa Bárbara, en Turón, con una escultura de Herminio en primer plano / LNE

En los últimos treinta años, los que cumple la edición de las Cuencas del diario LA NUEVA ESPAÑA, hemos asistido al fin de la actividad minera en nuestros valles. Aunque el proceso había comenzado dos décadas antes, desde 1996 hasta 2024 se ha completado un doloroso proceso que ha supuesto el cierre de los grandes hitos de nuestra historia reciente, los pozos mineros. La sola enumeración produce cierto vértigo: San José, Tres Amigos, Figaredo, Montsacro, Santiago y Nicolasa en el Caudal y Samuño, San Luis, Pumarabule, Candín, Sotón y Carrio en el Nalón.

Doce ilustres instalaciones a las que hay que sumar las que ya habían desaparecido en el imparable proceso de desindustrialización que no solo supuso el final de la minería, sino también el de otros sectores, como la siderurgia o la química. Prácticamente había desaparecido todo el tejido industrial creado en otro proceso, en ese caso a la inversa, que desde mediados del siglo XIX trajo consigo un cambio radical en nuestra forma de trabajar, vivir y aprovechar los recursos naturales.

Cómo se gestionó el cierre de pozos y fábricas, con todo lo que acompañaba, nos permitirá también observar cómo ha evolucionado nuestra conciencia patrimonial, o lo que es lo mismo, el valor que otorgamos al conjunto de elementos testigos de esa etapa que se cierra y protagonistas absolutos de nuestro paisaje. En un primer momento la desaparición, el desmantelamiento, el ocultamiento e incluso el desprecio, parecían marcar la pauta: eliminar con la esperanza de que los nuevos tiempos traerían nuevas formas de ganarnos la vida y, al fin y al cabo, no duele lo que no se ve y borrar el recuerdo es el mejor remedio para evitar la nostalgia. En esos primeros años, una parte muy importante de esos elementos se perdió irremediablemente.

El panorama parece haber cambiado notablemente y los cierres no van acompañados de una desaparición masiva, aunque por el camino se quede maquinaria, herramienta o elementos vinculados al transporte para los que quizá aún no hemos desarrollado la sensibilidad suficiente.

La conservación de esa herencia nos ha planteado el dilema de su reutilización, irremediablemente asociada la una a la otra, exigencia que no se plantea cuando hablamos de otro tipo de patrimonio. Su valoración, además, ha ido siempre de la mano de un convencimiento, el que nos lleva a pensar que su mantenimiento puede contribuir a la reactivación de estos valles creando empleo y recuperando un paisaje degradado por tantos años de actividad minera. A lo largo de estos años se multiplicaron iniciativas para la recuperación, centradas en un principio en la puesta en marcha de espacios expositivos (museos, aulas didácticas, centros de interpretación), más o menos exitosos, acompañados de otras acciones como el diseño de rutas sobre antiguos trazados ferroviarios, entre otras.

A estas primeras iniciativas se han ido sumando otras más, encaminadas, en su mayoría, a su utilización únicamente como recurso turístico y a la creación de un producto diferenciado con el riesgo evidente de la sobreexplotación, la banalización de nuestra cultura minera o la comercialización de un producto basado únicamente en las experiencias.

Afortunadamente, la magnitud de nuestro patrimonio y los nuevos planteamientos en cuanto a su recuperación y reutilización, han hecho posible el desarrollo de otro tipo de proyectos. Equipamientos educativos y culturales, lugares para emprender, investigar e innovar han encontrado acomodo en antiguas instalaciones mineras o siderúrgicas, demostrando, una vez más, la increíble versatilidad de estos espacios capaces de adaptarse a distintos usos.

El cambio que hizo posible ese mayor compromiso de la sociedad en la conservación de su patrimonio, no hubiera sido posible sin la implicación de las administraciones autonómicas y locales, la universidad de Oviedo, empresas propietarias como Hunosa y, especialmente, un movimiento asociativo empeñado en la permanencia no sólo de nuestros vestigios industriales sino también de la memoria asociada a ellos. Hay que resaltar la labor desarrollada desde hace años por colectivos de antiguos trabajadores del sector, convertidos en valiosos transmisores de una cultura que nos define y representa.

Con todo, no hemos hecho más que empezar; quizá cuando se celebre el sesenta aniversario de la edición de las Cuencas podamos seguir hablando de nuestro patrimonio industrial como lo que es, una herencia que disfrutar y transmitir.

Castillete de Carrio, en Laviana

Castillete de Carrio, en Laviana / LNE

Tracking Pixel Contents