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Cuando las Cuencas dejaron de ser una página en blanco

El tímido despegue del turismo en los valles mineros coincidió con el nacimiento de la edición de LA NUEVA ESPAÑA y ha supuesto una inyección de autoestima

Las Cuencas eran una página en blanco en las guías turísticas del pasado siglo y si por casualidad aparecían en algún renglón era para destacar su peor fachada, la que estaba ennegrecida por los humos y el carbón.

Cuando las Cuencas dejaron de ser una página en blanco

Cuando las Cuencas dejaron de ser una página en blanco

El hispanista francés Yves Bottineau (Nantes, 1925 - 2007) escribió en 1955 "L’Espagne", una guía de viajes que un año después se tradujo al castellano y se publicó con el título de "España" dentro de la colección "Los bellos paisajes", que según destacaban pomposamente sus editores no era "una serie de guías a la manera tradicional, sino una biblioteca de monografías bellamente escritas por los mejores especialistas".

Bottineau, historiador, archivero y profesor de universidad, dedicó buena parte de su vida al estudio del arte español. Su "España" consta de siete capítulos o etapas que se cierran con "La Costa Atlántica". Después de extenderse en detalles sobre Santiago de Compostela, dedica unos cuantos párrafos a Asturias. Merecen comentario Oviedo, con su catedral y los tesoros de la Cámara Santa; Ribadesella, que "aparece coquetamente situada"; Covadonga, y los Picos de Europa, "el imponente macizo". No obstante, el hispanista propone en su guía un camino alternativo, un desvío que, ¡sorpresa!, atraviesa los ignotos valles mineros. "Si después de Santiago se quiere cambiar totalmente de ambiente no hay más que internarse por la carretera de León. En medio de paisajes impresionantes, atravesando el puerto de Pajares, que separa las provincias de León y Asturias, pasaremos por los pueblos mineros de casas renegridas que se alzan junto a las minas de carbón", escribió.

La descripción de Bottineau es sensible a la riqueza natural de las Cuencas, pero ahonda en su leyenda negra. Era la única alternativa a la página en blanco en las guías turísticas hasta que décadas después el patrimonio natural de los valles mineros fue reconocido con figuras de protección y reconocimiento internacional, y su patrimonio industrial se convirtió en museo. De ello no se percató Bottineau, que también fue conservador del Louvre de París e inspector general de los museos de Francia.

En marzo de 1994, sin mucho ruido y rodeado de escepticismo, se inauguró en la escombrera del histórico pozo San Vicente de El Entrego el Museo de la Minería y la Industria siguiendo la estela de exitosas experiencias en Nord Pas de Calais (Francia) y la cuenca del Ruhr (Alemania). Tras un tímido arranque, el museo pronto se convirtió en el primer imán turístico de las Cuencas y aquellos primeros visitantes que querían sentirse picadores por un día en la "mina imagen" comenzaron a ocupar la portada de la recién nacida LA NUEVA ESPAÑA de las Cuencas.

El mismo año que vio la luz la edición del periódico, en 1996, se declaró en el alto Nalón el segundo parque natural de Asturias, el de Redes, que en 2001 fue declarado por la UNESCO Reserva de la Biosfera. El turista de forro polar y bota de trekking también empezó a asomarse a las portadas del periódico.

Al Museo de la Minería le siguieron numerosos equipamientos sobre el pasado industrial con mayor o menor suerte (Museo de la Siderurgia, Ecomuseo Minero del Valle Samuño, Pozo Sotón…) y a Redes se sumarían el parque natural de Las Ubiñas-La Mesa y el Paisaje Protegido de las Cuencas. Fuentes de Invierno reforzó la oferta de turismo invernal de la vetusta estación de esquí de Valgrande-Pajares y El Angliru se convirtió en la nueva Meca del ciclismo español gracias a sus rampas, a las gestas de los corredores y a las cámaras de la televisión.

En los últimos 30 años, las Cuencas han conquistado un espacio en las guías turísticas y han generado una nueva actividad económica. Los valles mineros no van a vivir del turismo, pero captar visitantes, sentirse atractivo, contribuye a la autoestima en unos territorios que aún no han conseguido quitarse de encima la depresión posindustrial.

Cuando vienen visitas todo el mundo se arregla. Los pueblos intentan ponerse guapos, darle una mano de pintura a las "casas renegridas" de Bottineau, y eso es muy importante en unos valles cuyo principal problema es la fuga de habitantes. Que las Cuencas hayan dejado de ser un espacio en blanco en las guías turísticas puede ayudar a pasar página hacia el optimismo, que no es poco.

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