Opinión

Directora del Centro Integrado de FP de Comunicación, Imagen y Sonido de Langreo
Las Cuencas, en gran angular
Inmigración, nómadas digitales e industria cultural, algunas claves para un territorio entendido en resistencia

Estudiantes del Centro de Comunicación, Imagen y Sonido de Langreo. | F. RODRÍGUEZ
Formo parte de la población flotante de las Cuencas. Personas que nos desplazamos diariamente desde otros puntos de Asturias para desarrollar nuestro trabajo aquí. En mi caso, porque mi plaza de profesora está en el CIFP de Comunicación, Imagen y Sonido de Langreo, Cislan. De manera que la Autovía Minera es una especie de prólogo y epílogo a mi labor diaria. He ido trenzando pensamientos y sentires acompañada de sus paisajes. Ida y vuelta, dieciocho años. Desde la extrañeza inicial a la identificación. Porque las Cuencas tienen una identidad propia hoy completamente enlazada a mi compromiso profesional y vital.
El Cislan tiene un ámbito de acción que supera lo territorial. Un flujo diario de personas nos acompaña. Porque casi todo nuestro alumnado es también población flotante: procede mayoritariamente del área metropolitana central de Asturias. La proporción de alumnado de las Cuencas es pequeña y curiosamente muy similar a la de quienes vienen de fuera de la comunidad autónoma u otros países. Algo parecido ocurre con el personal docente y no docente. Una diversidad que siempre es un valor, pero que durante cierto tiempo jugó en contra de la necesaria mirada hacia lo más próximo.
Así que vaya por delante una primera confesión: en los casi veinte años de historia del Cislan –se inauguró en septiembre de 2006–, vivimos la cuarta parte de ese tiempo sin abrirnos a nuestro entorno, encapsulados. Conectados con nuestros sectores de referencia y con entidades e instituciones, sí, pero "saltándonos" lo que teníamos más cerca. Y tengo la certeza de que derribar esa cuarta pared ha sido uno de los factores que más nos ha hecho madurar. En general, como organización y, en particular, como centro educativo. Ha sido uno de mis objetivos como directora.
Para empezar, hemos aprendido a no perder de vista una primera referencia esencial: existimos gracias a los fondos mineros. Recursos estatales y europeos que llegaron para paliar una de las reconversiones más feroces de nuestra historia industrial y determinante para las Cuencas, en un tiempo en el que la UE era una entelequia que hasta despertaba recelo. Invertir en formación es una apuesta de futuro. Y hacerlo para sectores ajenos a los tradicionales, como es el caso del audiovisual, los espectáculos, los entornos virtuales, toda una declaración de intenciones. Claramente, se apostó por abrir la mirada.
Como un reflejo de lo que estaba sucediendo –ese relevo de industrias en crisis–, nuestro centro se construyó en la Felguera sobre el espacio de lo que fue la fábrica de ladrillos refractarios La Tejerona, también llamada Refracta. De ello dan testimonio dos imponentes chimeneas que quedaron de aquella factoría y que hoy escoltan nuestro edificio. Sucede que en lo alto de ambas crecieron sendos árboles. Con una punzada en el estómago observamos en su momento cómo operarios del Ayuntamiento de Langreo los retiraban –entiendo que por razones de seguridad– y replantaban en superficie. Pero meses después brotaron, testarudos, otros gemelos.
A mí esa obstinación vegetal paralela me parece un símbolo de lo que son las dos cuencas mineras. Hermanas que se miran de reojo con una genética de resistencia compartida. La forma en la que esa fortaleza se encarna en las gentes y materializa en el devenir de las cosas es diversa. El denso tejido asociativo y la marcada inquietud cultural son dos ejemplos que, desde el Cislan, por las características de nuestro trabajo, reiteradamente constatamos. Las Cuencas se desmantelaron industrialmente, sufrieron una dramática sangría demográfica y no han conseguido redefinir su nuevo camino, puede ser, pero siguen entendiendo de resistencia.
Si cerramos ese gran angular, nuestra ocupación y preocupación se centra en dos frentes: el futuro de los jóvenes y el fortalecimiento de la industria cultural asturiana. Ambas cosas nos dan esperanzas y disgustillos a partes iguales. Es un hecho que formamos a jóvenes que, en gran parte y no siempre voluntariamente, se siguen yendo. Es un hecho que los sectores audiovisual, escénico, musical, de videojuegos y entornos virtuales, han creado tejido en Asturias, pero endeble. Por eso, desde nuestra mirada global, sí, pero también de territorio, soñamos con que las Cuencas puedan ser factorías culturales que atraigan y retengan población, a la vez que hacen sector.
Es un hecho que las Cuencas están remontando su debacle demográfica pero probablemente por el impacto de la gentrificación en los grandes núcleos urbanos del área metropolitana central asturiana. Aunque es cuestión de tiempo que caigan fagocitadas por esa escalada –de ello dan fe las dificultades crecientes de nuestro alumnado y profesorado eventual–, comprar o alquilar una vivienda es todavía viable aquí.
Las Cuencas se han convertido en un espacio atractivo para hacer proyecto de vida personal y profesional. Población inmigrante y nómadas digitales son claves en ese futuro. Y nuestra apuesta y nuestra convicción es que ese futuro pasa por la industria cultural.
Mientras tanto, quienes formamos parte del Cislan hace mucho que sentimos que, más que estar, somos cuenca minera.
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