Opinión

Director de cine
Las Cuencas, ida y vuelta
Bajarse del tren en Mieres con la sensación de que la burbuja resistente de las comarcas mineras está más abierta al mundo
Desde que el AVE y el AVLO apuntan hacia Asturias, me he convertido en un viajero reincidente. No tiene mérito venir en tren —eso ahora lo hace cualquiera—, lo verdaderamente significativo es bajarse siempre en el mismo sitio: la estación de Mieres del Camín. Mi pequeña liturgia.
Durante un tiempo, bajar allí era casi un acto íntimo. Éramos pocos, discretos, como si compartiéramos una misma costumbre. Hoy ya no. Ahora se bajan maletas con ruedas, mochilas con pretensiones y algún que otro despistado geográfico. Y ahí empieza mi conflicto: una parte de mí querría seguir perteneciendo a ese club secreto de elegidos; la otra se emociona viendo un porrón de gente llegar a las Cuencas, como si por fin alguien hubiera corrido la voz. Porque durante años vivimos en una especie de burbuja. Una burbuja resistente, donde el tiempo parece avanzar con un ligero retraso respecto al resto del mundo. Las cuencas mineras son un territorio en crisis permanente, con la extraña virtud de que la crisis se integra en el paisaje, como una capa más de verde o de niebla, y de fondo el carbón enterrado.
Bajarse en Mieres, en ese contexto, no es un gesto menor. Es casi una declaración de intenciones. Cada vez que piso el andén tengo la sensación de que las Cuencas están un poco más abiertas al mundo. Ahora solo falta que el mundo se dé por enterado del todo. Aunque algo se mueve: cada vez conozco a más gente —de mi gremio y de otros— que descubre aquí un lugar para quedarse o para escaparse. Llegan con curiosidad y se quedan por algo difícil de explicar: esa mezcla de simpatía y retranca que define el micro mundo de les Cuenques.
A los nuevos inquilinos que llegan y se establecen les sorprende que aquí se hable como si se estuviera discutiendo. Al principio se asustan; luego entienden que ese tono es, en realidad, una forma de confianza. En las Cuencas uno riñe para acercarse, no para alejarse.
Pero no todo es progreso en este ir y venir ferroviario. Hay pérdidas silenciosas. Antes del AVE y del AVLO, en el tren uno podía leer el periódico. Sobre todo, LA NUEVA ESPAÑA. Estaba ahí, al alcance, y lo ibas pasando, como quien comparte pan. Ahora, en cambio, lo habitual es que el pasajero de al lado pase tres horas deslizando el dedo por el teléfono, como si estuviera excavando en otra mina, pero de píxeles y mensajes de texto. La velocidad, ya se sabe, no siempre mejora las cosas. Nos lleva antes, sí, pero no necesariamente mejor.
A veces entablo conversación con viajeros que apenas conocen las Cuencas —algunos, curiosamente, asturianos— y me permito recomendarles que giren hacia la Montaña Central, que se adentren en los concejos del interior. Y, sobre todo, que se acerquen a los castilletes de las minas, esas catedrales de hierro y arquitectura industrial que impone y que nos pone a trabajar la memoria: ahí están el esplendor, la lucha, el trabajo… y también la muerte.
Las Cuencas tienen, además, una ventaja difícil de discutir: están cerca de todo sin parecerlo: puedes disfrutar de la playa a media hora y, al volver, te recibe el silencio de la montaña. Y así, mientras las Cuencas se dejan descubrir poco a poco, yo sigo con mi rutina de ida y vuelta. Bajo en Mieres, miro alrededor, calibro el número de recién llegados y me debato entre el orgullo y un leve instinto de protección.
Eso sí, hay algo que tengo claro: si de verdad queremos mejorar la experiencia del viaje, que vuelva el periódico al tren. Los trayectos se hacen más cortos cuando se lee.
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