Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Marcelino Cortina

Marcelino Cortina

Empresario y escritor

Un día de abril de 1996 en el universo de Bernardo Bédavo

Encuentro entre el policía protagonista de las novelas de Marcelino Cortina y un amigo, el miércoles en que se publicó por primera vez LA NUEVA ESPAÑA de las Cuencas

Un día de abril de 1996 en el universo de Bernardo Bédavo

Un día de abril de 1996 en el universo de Bernardo Bédavo

Aquel miércoles, Lucía y Bernardo bajaban en el ascensor de la "casa de los ocho pisos" de El Entrego a primera hora de la mañana. Ella se había cogido el día para ir al médico con su madre. Nada grave, pero no quería dejarla ir sola y a su padre le daba aprensión. Bernardo, como tantas otras mañanas, se acercaría a la comisaría de La Felguera. El día se presentaba fresco, ventoso y desapacible. Ni un rayo de sol y el suelo estaba mojado: algo de agua había caído de madrugada.

Un día de abril de 1996 en el universo de Bernardo Bédavo

La primera portada de LA NUEVA ESPAÑA de las Cuencas / LNE

En el portal se cruzaron con aquel vecino de Lucía que en su juventud usaba gafas y ahora, ya un treintañero, las había cambiado por unas lentillas. Después de años estudiando fuera se había convertido en matemático y trabajaba en una empresa informática de Oviedo, donde vivía. Algo iría a hacer a casa de sus padres.

Tras el saludo de rigor, ambos continuaron con su conversación.

–¿Y exclamaste, literal, así, "¡Hostias, Carmelo Gómez!"? —preguntó Lucía.

–Lo que me salió —explicó Bernardo—. ¡Quién se va a esperar encontrar a un actor de este nivel en Sahagún!

–¡Ya! En "Días contados" estuvo tremendo, ¿eh?

–Y en "La Regenta", haciendo del Magistral.

–Lo que no te pase a ti. Vas un día a ver a tu tía Feli y mira.

–Resulta que este chico nació allí. Me lo dijo ella.

Lucía miró el reloj y se despidió de Bernardo. Él, que iba hacia la carretera general a coger el autobús, se detuvo un momento a contemplar, al otro lado de la calle, la estupenda araucaria del parque.

("Es imponente").

–Mayormente.

La voz inconfundible de Pepe, el Minero, sonó a su misma vera.

–¡Pepe! —dijo sorprendido Bernardo—, casi me asusta.

–Ya le dije alguna vez que era un poco cagueta.

Bernardo sonrió y miró al anciano que había sido su compañero de pensión. Pese a que ese año cumpliría ya los ochenta y ocho, el viejo minero se mantenía como siempre: con su sempiterna boina, su bastón, su caminar reposado y aquellos ojos tan azules como inteligentes, escoltados por el gran bigote blanco que a veces acariciaba pensativo.

–Veo que ya compró el periódico. —Bernardo señaló el ejemplar de LA NUEVA ESPAÑA que el Minero llevaba en la mano.

–Sí. —Pepe extendió el ejemplar—. Hoy empieza la nueva edición de las Cuencas.

–¡Anda! Nos hacen más caso, ¿entonces?

El Minero miró la portada un momento.

–Algo tendrá que ver que el director del periódico sea de El Entrego (Melchor Fernández Díaz).

–¿Usted cree?

–Mayormente

Bernardo se colocó el flequillo mientras observaba la noticia que destacaba en aquella portada: la muerte de dos picadores el día anterior.

–Las cosas no cambian en la mina, ¿eh? –comentó el policía.

–No se valora bien lo peligrosa que es.

Ambos permanecieron en silencio un instante. Probablemente recordaban a mucha gente que había muerto en la mina: desde grandes amigos a desconocidos, como aquellos dos picadores. Al cabo, Pepe se colocó la boina adelante y atrás.

–Hoy también hay buenas noticias. —Una pequeña sonrisa asomó bajo el mostacho del Minero, al tiempo que señalaba uno de los pequeños titulares del sumario.

Bernardo inclinó la cabeza: "El poeta José Hierro compartió su obra con los estudiantes del instituto de Turón".

–¿Ha leído a Hierro, Pepe?

–No me gusta la poesía.

–Ah.

–Pero me convenció la de la biblioteca cuando comprobó que me saltaba la H.

–¿Y qué tal?

–El libro se llamaba Agenda… —Pepe reflexionó unos segundos, para concluir—: Me parece que esta chica da buenos consejos.

Y con un ligero movimiento de cabeza a modo de despedida ambos prosiguieron: Bernardo hacia el autobús y Pepe hacia el puente de La Oscura.

A la altura del jardinillo, una gran cabeza asomó por la ventanilla de un destartalado Seat 127 granate.

–¡Inspector! ¿Te llevo?

Bernardo se subió al coche, que conducía el gigante Tino, su mejor amigo y colega uniformado de la Policía Nacional.

–¡Oye, que suenas para ascenso! —dijo Tino inmediatamente—, ¡Inspector jefe!

Él encogió los hombros y sonrió al tiempo que el coche arrancaba con un potente chirrido de neumáticos y en El Entrego comenzaba otro día más.

La vida continuaba, pero ahora las cuencas tenían un periódico que ya podía decirse propio.

Tracking Pixel Contents