Opinión

Historiadora
Economía moral y crisis minera
Un sector que moldeó el modo y el medio de vida de las comarcas del Caudal y del Nalón

Mineros participantes en la "marcha del carbón", manifestándose por las calles de Madrid el 10 de julio de 2012 / Victor Lerena. Efe
"Solo lo que no deja de doler permanece en la memoria" escribió Nietzsche. Nos "manca" recordar los días que fueron porque en ellos creemos encontrar certezas, anclajes, estabilidad y normas que en el presente desde el que miramos hacia los "buenos viejos tiempos" se han vuelto difusos, líquidos, impredecibles. Siendo esto último cierto, también lo es el que estemos, consciente o inconscientemente, idealizando un pasado que en modo alguno fue perfecto. Nada más lejos, de hecho. Estas anotaciones bien pueden aplicarse al sector que moldeó un modo y medio de vida: la minería.
En Asturias en general, pero en Les Cuenques en particular, si una aseveración ha permanecido inalterable desde los orígenes del laboreo hasta el momento presente (y añadiríamos también futuro) es la de una compleja relación de amor-odio con la mina y "lo minero". A lo largo de un prolongadísimo periodo de tiempo, minas, chamizos y pozos fueron clausurándose. Desde los primeros cierres en los ya lejanos años 60, la concentración de explotaciones durante los 70 y los 80, precedió a la aceleración y cascada de cierres en los 90, marcando el siglo XXI un hito casi definitivo en el año 2018 que tendría en 2024, esta vez sí, su espasmo final.
El adiós "en diferido" al carbón de Les Cuenques (pero no al del suroccidente asturiano o al leonés, al colombiano o al indonesio –los procedentes de estos últimos países descargándose puntualmente en El Musel-) duele. Duele porque, aunque los mierenses, alleranos, langreanos o lavianeses son conscientes del coste humano y ambiental que conlleva(ba) la actividad extractiva, también lo son del peaje que ese largo proceso dejó en términos económicos y sociales.
No es este el espacio para argumentar, rebatir o matizar con datos la gestión y conducción del proceso de declive y fin de la minería, aunque no está de más recordar que se trató de un fenómeno que también afectó a otros países del Norte Global, que hay que situar en el marco de la globalización y enmarcar en el auge y consolidación del neoliberalismo como doctrina no solo económica sino política y cultural. No menos relevante es que todo ello fue coincidente con una suerte de demonización del movimiento obrero en general (y del colectivo minero en particular) y con él de sus repertorios de acción, movilización y organización. Si de esta somera contextualización pueden extraerse causalidades que matizan y complejizan la ponderación del proceso, lo único cierto es que duele.
"Manca", supura y resquema porque la minería excedía lo estrictamente laboral y dio forma a una cultura propia, en buena medida autorreferencial, que vinculaba trabajo, trabajadores y comunidades. En los modos de hacer y de posicionar sus intereses, mineros y comunidades estaban imbuidos de una suerte de moralidad subyacente que el historiador marxista E.P Thompson enunció como la economía moral de la multitud y que los alentaba a pautar unos límites de lo que era justo o injusto, de lo reprobable y de lo aceptable.
En dictadura como en democracia mineros y comunidad conformaron "fuenteovejunas" sociolaborales que pusieron límites a los intereses del capital y de los mercados. Sobre la base de la economía moral cabría entender las movilizaciones mineras durante el franquismo, impidiendo que las consecuencias de la crisis minera recayeran únicamente sobre los mineros y sus comunidades. Del mismo modo, y ya en democracia, esa economía moral coadyuvó a que el final de ciclo del carbón resultase menos traumático. Los cierres llegarían, pero a cambio de contraprestaciones en forma de retiros anticipados y de cuantiosos fondos para la reactivación económica. Los Fondos Mineros duelen por lo que pudieron haber sido y no fueron. La fractura entre los "afortunados" prejubilados y "los demás", aún supura. Y es que esa misma economía moral opera a la hora de juzgar a los gestores y conductores del proceso al traicionar los códigos de solidaridad y lealtad que se habían ido tejiendo como hilos invisibles al calor de un trabajo que nunca había dejado de ser penoso.
En el haber y deber de responsabilidades, las sombras de corrupción, despilfarro, clientelismo o ineficacia opacan luces o logros que desdeñan o infravaloran que Les Cuenques no son "tierra quemada" como otros espacios afectados por cierres industriales de Occidente. No es poco logro, pero es insuficiente. Y duele.
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