Opinión

Director de FADE
Una fábula de territorios y personas
Vidas paralelas de dos jóvenes nacidos en los años 90: uno en la cuenca minera asturiana y otro en la región Eastern and Midland de Irlanda
En los noventa, LA NUEVA ESPAÑA de las Cuencas informaba sobre toneladas de carbón al tiempo que el "Irish Independent" se hacía eco del secular proceso migratorio en el Eastern and Midland de Irlanda. Y entonces nacieron Martín y Aoife, sin saber que sus vidas compartirían el pulso incierto de dos territorios reinventándose.
Martín llegó al mundo en Mieres. Su abuelo minero, su padre también, aunque ya con la sospecha de que sería el último de la saga. Desde siempre, en casa se habló de turnos y derrabes; más recientemente, de reconversión; pero ahora empezaban a emerger palabras más serias: cierre, prejubilación, futuro negro.
Aoife nació en un pequeño pueblo interior de esa Irlanda siempre taciturna, pero entonces bullente en busca de cambios. Sus padres trabajaban en servicios y agricultura a tiempo parcial. Las conversaciones en su hogar giraban en torno a conceptos e ideas que parecían empezar a multiplicarse: inversión foránea, apertura, educación, Europa.
La infancia de ambos estuvo marcada por una calma engañosa. Martín creció viendo cómo los pozos cerraban lentamente, los parques y piscina cubiertas se llenaban de prejubilados e hijos de prejubilados y los bares, los que aguantaban, de conversaciones nostálgicas. Mientras, planes, estrategias, fondos y proyectos anegaban el territorio con tanta fluidez como escasos resultados, en términos de recuperación de riqueza.
Aoife, por su parte, creció en un país que comenzaba a transformarse a gran velocidad, que facilitaba inversiones, apostaba por empresas tecnológicas, relajaba cargas fiscales, creaba empleo, construía infraestructuras, respiraba optimismo. En su escuela se hablaba de reorientar las universidades, de viajar, de carreras en empresas internacionales. Su entorno no era rico, pero estaba cargado de esperanzas y expectativas.
La adolescencia marcó el primer gran desvío en sus trayectorias. Para Martín, el instituto fue un espacio de transición y la Universidad algo innegociable para, en teoría, proyectarle hacia un futuro supuestamente asegurado, hacia una posición social asimilable a "ingeniero de Hunosa". Así, fue acumulando títulos y másteres con tan campanudas denominaciones como poco claras perspectivas laborales.
Aoife, en cambio, atravesó una adolescencia en expansión. Irlanda invertía en educación enfocada a sus necesidades reales, a sus objetivos como país; y ella eligió estudiar administración y tecnología en Dublín. Mudarse a la ciudad no era una ruptura, sino casi un paso natural y sus padres la apoyaron con la convicción de que aquel esfuerzo tendría retorno.
La historia no avanzó en línea recta para ninguno de los dos. La crisis financiera del 2008 trajo a Asturias la confirmación de una realidad: el tejido de compañías públicas ya había desaparecido y la reconversión no había terminado de generar alternativas sólidas. Martín vio cómo algunos proyectos industriales prometidos nunca se materializaban y, tras terminar sus estudios, encadenó trabajos temporales en pequeñas empresas, contratos breves e incluso algunas temporadas en otras regiones.
En Irlanda la crisis también fue dura, pero distinta en su naturaleza. El país pasó de la euforia al colapso en cuestión de meses. Aoife, que estaba terminando sus estudios, se enfrentó a un mercado laboral repentinamente congelado. Muchos de sus amigos emigraron. Ella misma consideró marcharse a Reino Unido o Australia, pero no lo hizo.
Es aquí, asomándose ambos a la madurez, cuando las trayectorias empiezan a divergir con más claridad. Irlanda inicia en la segunda década de este siglo una recuperación rápida, impulsada por su modelo económico abierto y la atracción de multinacionales tecnológicas. Aoife empezó con un contrato modesto en una pyme de servicios digitales, pero en pocos años ascendió, cambió de empresa y mejoró sus condiciones. Martín, mientras tanto, vivía una recuperación más lenta y fragmentada en una Asturias que avanzaba en diversificación, pero no al ritmo de compensar la pérdida estructural sufrida. Finalmente logró estabilizarse en una empresa de infraestructuras energéticas, permitiéndole seguir en la región con un trabajo relativamente estable.
Ambos, sin saberlo, encarnaban dos modelos de adaptación territorial. Aoife representa el impulso a la empresa, la integración en cadenas globales, la capacidad de atraer inversión externa y el aprovechamiento de capital humano; su vida se volvió más abierta y cosmopolita: equipos internacionales y multiculturales, competitividad personal, viajes, trabajo en inglés, alto coste de vida. Martín personificaba la resiliencia de lo local y el anclaje al territorio: familia y amigos cercanos, vivienda accesible, entorno predecible, ritmos más pausados; pero también cargaba con limitaciones: menos oportunidades de crecimiento profesional, dependencia de políticas públicas e incertidumbre sobre el futuro de la región.
Ya en la treintena ambos miran hacia atrás con una mezcla de gratitud y preguntas. Aoife ha logrado una carrera sólida; pero no sabe si su prosperidad es sostenible o si está construida sobre equilibrios frágiles. Martín ha encontrado estabilidad, pero se cuestiona si su tierra logrará retener el talento y ofrecer un futuro más amplio a las siguientes generaciones. Sus caminos podrían cruzarse y probablemente hablarían de su origen, de cómo el pasado industrial o rural ha moldeado sus vidas; y descubrirán que comparten una pregunta de fondo: cómo construir futuro sin perder identidad en una Europa acostumbrada a ser rica y deseada, clase preferente en un mundo cada vez más vibrante, desdibujado, cambiante e incierto que parece querer desplazarla ya a clase turista.
Las cuencas mineras asturianas, como el Eastern and Midland de Irlanda, no son solo espacios geográficos, sino relatos en transformación. Y nuestros dos protagonistas, como todos nosotros, son apenas dos hilos en el complejo tapiz que es esa historia; pero tienen -tenemos- mucho que decir en su epílogo, que aún está por componer.
A modo de colofón. En los noventa y en comparación con la media europea, ambas regiones estaban en una discreta posición en cuanto a crecimiento y riqueza. Ahora Asturias sigue igual pero la irlandesa está a la cabeza de Europa: mientras nuestro PIB nominal se ha multiplicado en estas décadas por 2,1 el suyo lo ha hecho por casi 6; y partiendo de un PIB anual per cápita muy similar entonces, ahora el de Asturias es de 30.000 euros y el suyo de 120.000. No se qué pensarán de esto Aoife y Martín.
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