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Roberto García

Roberto García

Alcalde de Langreo

Langreo, donde el futuro se construye con paciencia, humor y un poco de mala leche

Lleva LA NUEVA ESPAÑA treinta años contando historias de esfuerzo, y aquí seguimos.

En Langreo, el optimismo nunca ha sido un perfume delicado; más bien ha sido una costumbre de resistencia. A veces se mezcla con otros olores menos poéticos: el de la espera, por ejemplo. Esperamos las piscinas de Pénjamo, esperamos la lavandería y seguimos esperando que alguien explique cómo se puede prometer tanto y entregar tan poco.

Ahí sigue Urquijo, esperando su recuperación con la dignidad de quien sabe que su turno llegará. O no. Porque este barrio, orgullo obrero, también ha aprendido una disciplina muy moderna: la de que todo siga igual.

No es opción rendirse. Aquí se curtieron generaciones que iban al tajo antes del amanecer. Gente que aprendió a encontrar belleza incluso en el hollín.

Y luego está El Puente, que a mí me duele. Expropiar casas no es un trámite menor, y la respuesta de los vecinos fue, digamos, contundente. Y también educada, que en Langreo sabemos protestar sin perder las formas, aunque a veces cueste mantenerlas. Mejor disputa que batalla. Y, desde luego, habrá que encontrar una solución.

Y qué decir del hedor en La Felguera. Esa empresa impresentable que nos regala una experiencia sensorial no solicitada, no deseada y, sin embargo, persistente. La cara dura adopta muchas formas; esta tiene forma de contenedor amarillo y actitud de “aquí no pasa nada”. Pero pasa. Pasa que los vecinos cierran las ventanas en verano y el olor entra igual, con las moscas y con la paciencia agotada.

Y, sin embargo, hay luz. El soterramiento se acabó, avanza la urbanización, y los talleres del Conde se van a inaugurar. La Universidad regresa a la casa de la Buelga, con dos cátedras (la Cultura Minera y la Sidra) y el PUMUO. Eso no son promesas de cartón ni humo para redes sociales: son obras, hormigón y metal, futuro tangible. Después de tanto esperar, algo se mueve. Y cuando en Langreo algo se mueve, tiembla el suelo de verdad.

La naturaleza que sobrevivió a la industria es ya patrimonio. La diversificación económica deja de ser un eslogan y empieza a hacerse realidad. Lo nuestro siempre fue eso: transformar la dificultad en oportunidad sin hacer demasiado ruido.

¿Qué nos espera? Trabajo, tropiezos, vigilancia y un pueblo que ya no pasa ni una. Un pueblo que no agacha la cabeza y que no se rinde. Porque aquí el carbón se acabó, pero la lucha sigue. Y lo mejor, sí, está por venir. Y lo traeremos.

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