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Una mirada desde la montaña

Apenas quedan mineros ni pastores, pero sigue habiendo generaciones dispuestas a vivir en los pueblos

El macizo de las Ubiñas, en una imagen tomada desde Pajares

El macizo de las Ubiñas, en una imagen tomada desde Pajares / R. M. Mateos

Tania Plaza

Tania Plaza

Las montañas de las cuencas mineras guardan una identidad propia, arraigada a nuestra historia. Es aquí donde la pureza del carbón convive con la serenidad de los pastos de altura y sus gentes adaptan su vida a este medio.

Estas tierras, marcadas por siglos de actividad minera, nunca perdieron el vínculo con la naturaleza ni con las tradiciones ganaderas que definían la vida.

Estos valles de grandes montes, donde predomina lo verde y lo húmedo, cubiertos de bosques y praderas, han marcado el paso de las estaciones. En invierno, la niebla y el frío ciegan los caminos; en verano, se llenan de vida y movimiento.

Es aquí donde los pastores, pastoras y mineros y se convierten en símbolo de resistencia cultural, manteniendo una relación íntima con el entorno: conocen cada sendero, cada fuente, el cielo y las entrañas de la tierra. Los pastores suben a los mayaos o puertos durante los meses cálidos, buscando con la trashumancia los mejores pastos. Allí pasan largas temporadas en sus cabañas, cuidando vacas, ovejas o cabras, manteniendo tradiciones que pasan de generación en generación. En estas cabañas y pastos se elaboran quesos, mantequillas… No solo son refugios, sino centros donde se produce la tradición. Aquí suelen pasar parte de la primavera y verano hasta que el frío les hace descender de nuevo a los pueblos con el ganado buscando el calor del llar, la cocina, o simplemente porque allá arriba ya no queda pasto que comer.

Sin embargo, la historia de estas montañas no puede entenderse sin la minería, donde miles de trabajadores descendían a picar las entrañas de estas tierras mientras, fuera, en las laderas, continuaba la vida.

Cuando el turullu suena y todos se juntan a la entrada de la jaula para descender a ganarse un día más el pan.

Las montañas de las Cuencas no sólo son geología, son lugar donde el sus gentes aprendieron a sobrevivir mirando las estrellas y no temiendo cuando la tierra se cerraba sobre sus cabezas.

En esta forma de vida y de sentir se crea algo hermoso: alternar el trabajo en la mina con el cuidado del ganado, algo que yo misma viví durante mi infancia, mi padre picador en El Fondón me enseñaba junto a mi madre y demás vecinos a hacer el San Martín, sembrar la huerta o ir a segar para tener todo preparado para el invierno.

La oscura y demoledora mina convive y contrasta con la aparente tranquilidad de las montañas, aunque bien es sabido que ambos mundos comparten grandes valores: esfuerzo, solidaridad y amor a su tierra.

Y ahora que ya casi no quedan mineros, las Cuencas siguen siendo montañas vivas. Y, aunque apenas nos queden pastores, parece que hay nuevas generaciones empeñadas en recuperar una vida en los pueblos, recuperando pastos que habían quedado olvidados y llenando de vida los pueblos que ya estaban vacíos.

De esta manera, entre estas montañas, juntamos pasado y presente; entre industria y tradición, entre el sudor del trabajo y la belleza del verde, hay un hilo invisible que une a mineros y pastores para seguir manteniendo la esencia única de esta, la nuestra tierra.

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