Opinión
Ovidio Gondi, muy periodista, muy de las Cuencas
Nacido en El Entrego y de formación autodidacta, mostró su talento en la paz, en la guerra civil y en el exilio

Ovidio Gondi / Pablo García
Que las cuencas mineras asturianas aman el periodismo es algo que salta a la vista. Se ve en lo mucho que leen los periódicos, pero también en lo mucho que contribuyen a hacerlos. Es una tierra de periodistas. Lo puedo decir por experiencia propia, claro está. Si no enumero aquí y ahora a los muchos que he conocido es por miedo a incurrir en omisiones, algo que no me perdonaría. Pero antes de iniciar este artículo tenía claro como podía soslayar ese peligro, pues contaba con un símbolo perfectamente representativo. Vino a este mundo en 1908 con el nombre de Ovidio González Díaz. La conjunción de sus dos primeros apellidos se convertiría muy pronto en su identificación profesional. La encontré por primera vez cuando, siendo yo un chavalín, cayó en mis manos un portfolio antiguo de las Fiestas de la Laguna y hallé en él un relato con una preciosa descripción de El Entrego en los años 30. La pregunté entonces a mi padre a quién correspondía esa firma. Y, tras revelarme la identidad, añadió que correspondía a quien había sido su compañero de pupitre en la entreguina escuela de La Cascaya. Seguían siendo amigos pero ahora tenían el mar por medio, pues Ovidio Gondi vivía en México.
EL HIJO DE PERFECTO.
En El Entrego, donde había nacido, vivió hasta los 13 años. Entonces su familia se trasladó a Sama de Langreo. Su padre era un famoso zapatero, con varios empleados en su establecimiento, donde no solamente reparaba zapatos sino que también los hacían nuevos. Perfecto González, que así se llamaba, era un apasionado por la cultura. Gran lector, había puesto a sus tres hijos varones los nombres de los tres poetas mayores de la Roma imperial: Virgilio, Horacio y Ovidio. Y estaba muy implicado políticamente, como militante del PSOE.
Ovidio siguió en algunos aspectos los pasos de su padre. No tardó en asumir el cargo de secretario del Ateneo Popular, de cuya biblioteca se hizo un insaciable lector. Y se sintió atraído por la letra impresa. A los 16 años comenzó a publicar artículos en los periódicos. Alternó la poesía y la prosa y creó una revista "Orbayo", de la que llegó a publicar tres números. Y en 1931, tras pasar unos meses e Madrid, se incorporó a la redacción de "El Noroeste", en Gijón, cuyo director era Antonio L. Oliveros y que venía ser el órgano oficial del Partido Reformista de Melquiades Álvarez. En ese periódico comenzó a adquirir notoriedad, pero, como confesaría más tarde, no se encontraba a gusto por su orientación ideológica liberal cuando él se sentía socialista, como confesaría años más tarde a Juan de Lillo. Y en 1933 se pasó a "Avance".
EL "AVANCE" DE JAVIER BUENO Y LA REVOLUCIÓN.
Fundado en noviembre de 1931, como órgano del Partido Socialista, "Avance" tardó algún tiempo en implantarse, pero la llegada del periodista madrileño Javier Bueno como tercer director le dio un impulso de radicalidad que tuvo un fuerte eco en la difusión. Ovidio Gondi se convirtió pronto en una de las estrellas del diario, con unos artículos que no siempre eran políticos. Podría citarse como ejemplo uno sobre el intérprete de canción asturiana Xuacu el de Sama, ciertamente espléndido, que terminaba así, en letras versales: "XUACU, ERES EL MEJOR CANTADOR DE ASTURIAS".
Pero lo que predominaba, en el periódico y en Ovidio, era el aliento a un golpe revolucionario que terminó produciéndose en al comienzo de octubre de 1934. El fracaso de la Revolución a escala nacional condenó al desastre el intento asturiano, en cuya dirección participó Perfecto González, que sería detenido y conocería las torturas implantadas por el comandante Lisardo Noval en el convento de las Adoratrices y otros centros de detención. A Ovidio Gondi le salvó el hecho de que, al detenerle, le inscribieron con sus apellidos completos, lo que no coincidía con el Gondi que era la referencia conocida.
Pronto se encontró libre y pudo poner tierra por medio, aunque antes hizo un servicio a su causa llevando al periódico socialista de Madrid la relación de dirigentes torturados, cosida en el interior de un sombrero, para lo que contó con la colaboración de un militar.
LA GUERRA Y LA SALVACIÓN.
Ovidio tardaría meses en volver a Asturias. Se encontraba ya aquí cuando, en julio de 1936, se produjo el alzamiento militar que sería el inicio de la guerra civil. Durante los primeros meses del conflicto bélico regresó a la cuenca del Nalón para hacerse cargo del "Boletín de Guerra del Frente Popular". Recibió, entre otros, al intelectual soviético Ilya Ehrenburg y al escritor Rafael Alberti, para quienes hizo de guía, y a principios de 1937 volvió a ejercer de redactor de "Avance", que, dirigido por Javier Bueno, se estableció en Gijón, ocupando las instalaciones de "El Comercio".
En el conflicto bélico las cosas no fueron bien para la izquierda asturiana, que quedó aislada en el norte de España. La resistencia ante las fuerzas franquistas fue inútil y para las autoridades republicanas se hizo preciso organizar la evacuación, que se realizaría por el puerto gijonés, utilizando todos los barcos disponibles. El que le tocó a Ovidio le pareció muy endeble y decidió pasar al contiguo, lo que hizo trepando por el cable que unía al barco con un calabrote del muelle. Ese buque pudo eludir la barrera que las fuerzas franquistas habían instalado mar adentro, lo que no pudo hacer el barco abandonado, cuyos ocupantes serían detenidos para ser conducidos a un campo de concentración donde a los más distinguidos les esperaba el paredón, lo que con toda probabilidad le hubiera ocurrido a Ovidio, que, cuando se enteró de ese desenlace, atribuyó a sus "antenas", a las que atribuía una probabilidad mayor de acertar, el acierto al cambia de buque.
DE CATALUÑA, A MÉXICO.
El barco salvador llevaría su pasaje a Francia, de donde los pasajeros pasarían a Cataluña, que permanecía en la España republicana. Ovidio Gondi retornó pronto a su actividad profesional. En 1938 publicó en Barcelona "Guerra civil en Asturias. Nuestros enemigos entre nosotros", incluido en el libro "La Voz de los Náufragos". Era la recopilación de 12 crónicas publicadas en "Avance" entre finales de 1936 y principios de 1937, en las que se describen las formas de actuar de la llamada Quinta Columna. Luego vendría la forzada emigración de Francia y la dura subsistencia en las playas convertidas en una especie de campos de concentración. Fue entonces cuando surgió la oportunidad de subir al "Sinaia", el barco que llevaría a México a un millar de exiliados españoles. Y eso hicieron Ovidio y su mujer, embarazada de nueve meses y que daría a luz a los pocos días de que el barco los hubiera depositado en Veracruz.

A la izquierda, Ovidio Gondi, cuando trabajaba para la representación de Israel en la ONU / LNE
TERRIBLE NOTICIA Y NUEVO TRABAJO.
La primera ayuda que Ovidio tuvo al llegar a Veracruz la recibió de su amigo Loredo Aparicio, que había sido colaborador suyo en "Orbayo" y que ejercía ahora de cónsul de la República Española. Instalado en México capital, Ovidio comenzó a escribir de asuntos internacionales en una revista propiedad de los hermanos Moreno, según él muy reaccionarios pero muy buenas personas. Llevaba dos años trabajando en esa revista cuando un día Isaac Abaytua, periodista español amigo suyo, le dijo que Martín Luis de Guzmán estaba reclutando gente para una revista de calidad que se llamaría "Tiempo" y necesitaban a alguien para la sección de Internacional. Se lo dijo a Gondi y le concertó una entrevista con Martín de Guzmán, que había estado en España, donde había dirigido el periódico "El Sol". El día en que tenía la entrevista, Ovidio pasó antes por un café en el que le había citado un amigo recién llegado de España que le dio una nota de su tío Aquilino. Cuando la abrió se encontró con que contenía una tremenda noticia: Perfecto, el padre de Ovidio, había muerto fusilado. Con esa carga emocional Ovidio fue a la entrevista con Martín de Guzmán, a quien no dijo nada de lo que acababa de ocurrirle. Ni entonces ni nunca. Martín de Guzmán le pidió que escribiera algo. "Lo que quiera". Ovidio escribió y al día siguiente estaba trabajando en la revista, en la que los periodistas no firmaban sus artículos. Pronto sería redactor-jefe y se especializó en política iberoamericana, lo que le permitiría conocer y tratar a personalidades de esos países.
A ESTADOS UNIDOS.
Pasó el tiempo y la II Guerra Mundial clarificó definitivamente unos resultados que hicieron pensar a Ovidio, como a tantos otros, que el régimen de Franco se acabaría. Pensó también que no le gustaría volver a España sin conocer antes Estados Unidos. Él y su mujer y sus dos hijos hicieron el viaje en tren. Era a principios de 1945. El embajador de Colombia, que era amigo suyo, le hizo un documento, acreditándolo como diplomático colombiano. En San Antonio (Texas) entró un funcionario en el vagón y les pidió el pasaporte. Ovidio enseñó lo que llevaba. El funcionario le preguntó entonces a la mujer de Ovidio de dónde era. "De Gijón", respondió Rita. "¡Ah! Gijón, Colombia", exclamó el funcionario. Y no hubo más.
EN LA ONU CON ISRAEL.
En Nueva York Ovidio Gondi trabajó inicialmente en la revista "Norte", en español y más tarde en la agencia de noticias ANETA. Cuando la Metro Goldwin Mayer suprimió el rodaje de las películas en español consiguió trabajo para escribir los subtítulos. Colaboró en varias publicaciones. Y en 1948, al crearse el estado de Israel, entró en su legación como asesor de asuntos latinoamericanos. Escribió, además una columna semanal en "Diario de Nueva York", el más importante de los que se publicaban en español en la ciudad, que la American Literary Agency distribuía a 73 periódicos de Hispanoamérica, Portugal y África portuguesa. Esos artículos llevaban la firma de J. Pumarabín, que merece una explicación. Se da aparte.
Ovidio Gondi fue en Nueva York y, especialmente en Naciones Unidas un profesional muy valorado. Lo fue en la delegación de Israel, donde Golda Meir, que era la embajadora, lo apreciaba mucho. Manuel Blanco Tobío, que se confesaba amigo suyo a pesar de que sus ideologías eran muy diferentes, diría en un artículo que publicó en "ABC" que Ovidio Gondi dominaba el mundo hispanoamericano, pues era amigo de varios jefes de Estado de ese ámbito y de casi todos los ministros de Asuntos Exteriores. Fue sin duda un profesional muy valorado, como se reflejaría en las distinciones que recibió, como la Orden de Orange-Nassau, de los Países Bajos; la Orden al Mérito, de Ecuador, o la Orden del Cóndor de los Andes, de Bolivia. Entre los políticos que trató en Naciones Unidas se encontraban José Figueres y Daniel Oduber, de Costa Rica; Víctor Paz Estessoro y Hernán Siles Zuazo, de Bolivia; Rómulo Bethancourt, de Colombia, y Guillermo Toriello, de Guatemala, este último de origen asturiano.
REGRESO A MÉXICO.
Pero en 1961 Ovidio decidió regresar a México. Su mujer había muerto, su hija estaba ya en la pubertad y su hijo había tenido problemas en la escuela. En México se había ido concentrando parte de su familia: la madre, su hermana Pacita y su hermano Virgilio. Martín de Guzmán le acogió de nuevo en "Tiempo", pero ya no sería redactor-jefe sino coordinador. Escribiría de arte y de política internacional. Publicaría libros, a añadir a "Israel visto de perfil", que había escrito en Estados Unidos, como "La Hispanidad franquista al servicio de Hitler" y otros que no llegarían a la imprenta. Y dedicó un esfuerzo sistemático a hacer un gran acopio de información y a ampliar un enorme archivo de recortes de periódico, perfectamente ordenados por temas, que era legendario entre los periodistas mexicanos.
NO A ESPAÑA.
Pero mantuvo la decisión de no regresar a España. Incluso cuando murió Franco y el país avanzó inequívocamente a la democracia. Fue por esa época cuando entré en contacto con él. Conseguí su dirección y le adjunté el cuestionario para una entrevista para publicar en la "Hoja del Lunes de Oviedo", editada por la Asociación de la Prensa de Oviedo . a la que él había pertenecido. Me contestó y de su respuesta saqué el titular: "No volveré a Asturias". Le mandé el periódico y me contestó de inmediato con un reproche que incluía una lección gramatical: el no me había dicho que no volvería sino que no regresaría, porque regresar era volver para quedarse y eso era algo que no podía hacer porque su vida estaba enraizada en México, donde tenía una familia. Su respuesta dejaba abierta la posibilidad de un viaje, pero Ovidio seguramente no creía en esa visita y yo creo saber por qué: había idealizado tanto lo que había perdido que, cuando se le presentaba la oportunidad de celebrarlo, tenía miedo de sufrir un desencanto.
EL ADIÓS.
Un día de marzo de 1992 llegó a LA NUEVA ESPAÑA, en la que ya trabajaba yo, la noticia de que había muerto en México Wenceslao Roces, uno de los exiliados que habían regresado a España a la muerte de Franco. Aunque había sido elegido senador por el PCE, fue incapaz de adaptarse a una vida nueva y un día, inesperadamente, tomó el avión con su mujer y regresó a México. En el periódico preparamos una lista de personas a las que se podía pedir opinión sobre Roces y y o sugerí, entre otros, a Ovidio Gondi. Y pedí que, si conseguían hablar con él, cuando terminasen me pasaran la llamada. Hubo la suerte de que le localizaran y, gracias a ello, al poco tiempo me encontré hablando con un hombre mayor, de cabeza clara y voz debilitada por la edad pero firme, en la que uno era capaz de reconocer un inconfundible acento asturiano. Era la primera vez en mi vida que hablaba con él y para mi fueron unos momentos muy emocionantes. Me dio la impresión de que también lo eran para él, pues sabía quien era yo como yo sabía quien era Ovidio Gondi, además de un admirado periodista: aquel rapacín de quien me había hablado mi padre de cuando compartían pupitre en la escuela entreguina de La Cascaya, o cuando más tarde le mandaba recuerdos desde México y a veces algún libro por medio de su tío Aquilino el de La Palma.
Nos despedimos de aquella conversación telefónica con la promesa mutua de mantener nuevos contactos. Pero apenas unos días más tarde me encontré una mañana, al leer una columna de Paco Ignacio Taibo en "La Voz de Asturias" con la noticia de que Ovidio Gondi había muerto. Su hijo, que iba a verle todos los días, lo encontró en la cama, dormido para siempre.
Para nosotros de algún modo sigue vivo.
Hijo de Perfecto el Zapateru
Perfecto González fue un zapatero de mucho prestigio. Llegó a tener diez empleados y la fama se la dieron los zapatos que hacían más aún que los que arreglaban. Hombre muy culto, por lo mucho que leía, puso a sus tres hijos los nombres de tres grandes poetas latinos: Virgilio, Horacio y Ovidio. Su interés por la política le llevó a militar en el PSOE y tuvo cargos importantes. Durante la Revolución de Octubre formó parte del último comité directivo, lo que le llevó aparejada prisión y tortura. Luchó en la Guerra Civil y renunció a huir cuando las tropas franquistas tomaron la región. Se refugió en una casa del concejo de Piloña, pero alguien lo delató y le detuvieron. Encarcelado en la cárcel de El Coto (Gijón), fue condenado a muerte. Cuando el 2 de febrero de 194, su hermano Aquilino, militante del Partido Reformista de Melquiades Álvarez, fue a verle, le entregaron una carta de despedida: esa mañana le habían fusilado. El escrito, que sería divulgado años más tarde por Andrés Saborit, admira por su estoicismo y calidad literaria, y sobrecoge por su serenidad. Tras decir que "he hecho examen de conciencia y no hay nada de que arrepentirme", añade: "Cumplí con mi deber como pude y supe, y no llevo conmigo rencores. Voy tranquilo sobre ese particular".
Pumarabín
Una casa que es un museo

La casa de Pumarabín / LNE
Recuerdo que mi padre llegó un día a casa, en El Entrego, con un libro que esa tarde le había entregado Aquilino el de La Palma, por encargo de su tío Ovidio. El libro se titulaba "Las batallas de papel en la Casa de Cristal" y contenía los artículos en español que Ovidio Gondi había escritos para 73 periódicos hispanoamericanos durante su estancia en Nueva York. Iban firmados por J. Pumarabín, pseudónimo que el autor había tomado del lugar donde habían nacido, entre otros, su padre, Perfecto, y su abuelo, Santos.
Hoy Pumarabín es una pequeño lugar situado en la ribera derecha del Nalón, lindante por abajo con el ferrocarril de Langreo y por arriba con la carretera que va desde Carrocera a San Martín, Lloreo, La Cabaña y Sotrondio, entre otros lugares, así como a la rotonda elevada que permite enlazar con las carreteras antigua y nueva que siguen longitudinalmente el fondo del valle.
En realidad, Pumarabín es un barrio de El Entrego y en él está la casa que mandó construir Santos, casado con Josefa, de La Rotella (la de La Hueria, porque hay otra en la ladera de enfrente). Es una verdadera casa-museo, por su distribución, su estructura y los materiales con la que está construido. Seguro que Tito, que vive al lado, tiene mucho que ver en ello. Los tabiques de la vivienda son de madera. El tablazón del suelo está perfectamente ensamblado, sin que se vea un clavo. El llar tiene un techo de sardu, para que el humo del llar pudiera pasar al piso superior, en cuyo suelo se colocaban los embutidos para que se curasen. Una escalera da acceso al desván, techado a teyavana y muy alto. Al verlo se comprende por qué esta casa no tiene hórreo al lado. Con este desván, espacioso y aireado, no lo necesitaba. A un lado de la casa está la corraleta del gochu. Detrás, la cuadra.
La familia
Los abuelos de Ovidio fueron Santos González, de Pumarabín, y Josefa, de La Rotella de la Hueria. Tuvieron cuatro hijos. El mayor fue Perfecto, a quien siguieron Victoria, Aquilino, José y Dolores.
Perfecto se casó con Teresa Díaz Sierra, de Llanes, que había ido al Valle del Nalón como cocinera de los "tamargos" llaniscos que habían creado una tejera provisional cerca de Pumarabín. Tuvieron cuatro hijos: Virgilio, Horacio, Pacita y Ovidio. Este nació en un lugar, cerca de la actual iglesia parroquial de El Entrego, que hoy está muy modificado.
Aquilino, que sería conocido como Aquilino de La Palma por la panadería que gestionó, se casó tres veces y tuvo cuatro hijos con cada mujer. Era un librepensador que puso a varios sus hijos nombres precristianos: Galo, Tácito, Casandra, Electra, Amaranta, Andrenio, Ascanio, Efrén. Fue uno de los principales introductores del esperanto en El Entrego.
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