Opinión
Nos queda el humor (negro, como el carbón)
Una herramienta imprescindible para sobrevivir en las Cuencas

Maxi Rodríguez, autor de este artículo, visto por el dibujante Pablo García / LNE
Cada vez que me preguntan "¿de dónde sacas ese humor?" yo sonrío, como si tuviera un secreto de escritor atormentado, pero en realidad lo tengo muy claro: nacer en la cuenca nos da, aparte de una infancia de postal, un máster en humor negro (como el carbón.) Nos reímos del frío, del paro, de nosotros mismos. Hacemos humor negro porque hemos convivido toda la vida con ese color. Y en lugar de hundirnos, lo convertimos en herramienta indispensable para sobrevivir. El humor aquí es casi una necesidad fisiológica, como comer o quejarse del tiempo.
Recuerdo a mis tíos en el chigre de El Pedroso, cantando como si no hubiera un mañana y discutiendo como si el mañana fuera a llegar en diez minutos. Entre culete y cacharru, podía salir cualquier cosa: una anécdota exagerada, un recuerdo que empezaba serio y acababa con alguien imitando a no sé quién, o directamente un chiste tan malo que provocaba más risas que uno bueno. Y todo, a poca distancia del pozo minero, tan dado a sacudirnos con tragedias y a labrar en nuestras cabezas la épica del sufrimiento. Allí, de guaje, entendí que el humor no era solo reírse: era resistir.
Ese aprendizaje lo llevé al campo de fútbol donde desarrollé, desde alevines, una carrera impecable como suplente. Ser el eterno habitante del banquillo tiene algo de escuela filosófica. Aprendes a relativizar, a observar, a hacer comentarios ingeniosos que nadie te ha pedido: "¡A por ellos, hostia, que son cuatro amigos!"
De aquellos patatales -donde cuando el míster gritaba tu nombre, no sabías si alegrarte o empezar a despedirte de las piernas- pasábamos directamente a la escombrera, que más que un lugar, es un concepto: esa especie de montaña infinita donde podías ir a filosofar, a fumar a escondidas o a sentirte en una película postapocalíptica sin necesidad de efectos especiales. Y de ahí, al prau de la fiesta: gente bailando como si el lunes no existiera, cantando como si supieran y riéndose como si no pasara nada.

Maxi Rodríguez, autor de este artículo, visto por el dibujante Pablo García / LNE
Cuando escribo, no puedo evitar mirar el mundo con ese filtro. Da igual que sea cine, tele, teatro o un artículo de prensa: siempre hay un punto de ironía, una frase que intenta desactivar la solemnidad, un chiste que aparece cuando nadie lo ha invitado. No es falta de respeto ni ganas de escapar, es mirar de frente y decidir que ningún infortunio te va a tumbar.
Porque cuando te vas, la cuenca se te queda dentro. Y aunque cada vez que vuelves, las calles parecen un poco más silenciosas y te descubres mirando esquinas como si fueran fotos antiguas; aunque el tiempo haya pasado sin pedir permiso y uno ya ve más recuerdos que personas, hay que otear el futuro con optimismo.
La cuenca minera no se apaga. Como mucho, cambia de bombilla. Y no es sólo pasado; es un laboratorio de ingenio, de creatividad y de gente que sabe apañárselas con lo que hay y luchar por lo que vendrá. Porque, si algo hemos aprendido, es que la vida puede ser dura, pero nosotros lo somos más. Y entre el verde de los praos y el negro del carbón, siempre nos quedará algo que no se agota, que no se cierra, que no se apaga: Las ganas de reír.
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