Opinión

Artista plástica
Queda la rabia: el arte como dinamita
Muchos jóvenes que se fueron regresan ahora con nuevas herramientas y una mirada menos nostálgica, más resiliente

"My way", obra de Natalia Pastor (acuarela y lápiz sobre papel) perteneciente a la serie "Ring Doméstico" / Cedida a LNE
Las Cuencas han sido durante décadas un territorio atravesado por el trabajo, la lucha y la incertidumbre, y también por una pulsión creativa constante. La mina, la siderurgia, el campo… han moldeado no solo el paisaje, sino también una forma de estar en el mundo. Porque aquí la cultura nunca ha sido algo accesorio: ha sido una manera de contar, de compartir y resistir la vida.
Durante mucho tiempo, sin embargo, la mirada sobre este territorio quedó atrapada en la idea de decadencia. La reconversión, larga y dura, dejó tras de sí un paisaje de escombreras, ruinas industriales, despoblación y desempleo. A eso se sumó un relato -externo y asumido desde dentro- que reducía las Cuencas a un lugar sin oportunidades, casi sin futuro. Hace unos años, una pintada en El Entrego rezaba: Hay luz más allá de los túneles de Villa. Para muchas generaciones, marcharnos era lo lógico: estudiar, estudiar, estudiar.
Pero ese relato es incompleto. Porque crecer aquí es crecer entre historias de accidentes en la mina, de huelgas, de comunidad. De la dureza del trabajo y de mujeres que sostuvieron la vida dentro y fuera de casa, con una labor esencial pocas veces reconocida, también en la lucha obrera. De casas donde todo eso se contaba –o se susurraba–, entre silencios heredados de la represión, y así se fue construyendo una memoria colectiva aún presente. Esa memoria deja una marca que atraviesa inevitablemente las formas de crear. "Queda la rabia", cantaba "Dixebra" en los 90; y de esa rabia que sale de las entrañas surge la chispa creativa, lo auténtico, lo que respiga.
En ese proceso, la cultura juega un papel central. No solo como espacio de creación, sino como herramienta de reconstrucción y posicionamiento. Cada vez más prácticas culturales –del arte contemporáneo al cómic, la ilustración, la música, el cine o la literatura– vuelven la mirada hacia este territorio, no para idealizarlo, sino para revisitarlo con mirada crítica.
Se percibe un cambio progresivo. Muchas personas jóvenes que se fueron regresan ahora con nuevas herramientas y una mirada menos nostálgica, más resiliente. Ya no se trata de negar el origen, sino de trabajar con él. A ese movimiento se suman también familias que llegan desde otros lugares, instalándose en entornos rurales y ocupando los pisos de las barriadas, como hace décadas lo hicieron quienes vinieron en busca de trabajo. Nuevas miradas que enriquecen y dan vida al territorio. En ese contexto, están surgiendo asociaciones juveniles que quieren trabajar desde y para el territorio, tejiendo nuevas redes culturales y comunitarias, y que necesitan apoyo y estructuras que garanticen su continuidad.
Y en ese pasado hay valores que siguen siendo imprescindibles: la solidaridad y la conciencia colectiva. Formas de vida que hoy, en un contexto de polarización y pérdida de referentes comunes, adquieren un nuevo sentido. La cultura está siendo uno de los espacios desde los que recuperarlos y ponerlos en circulación, en diálogo con una educación pública que debe estar a la altura de ese reto.
Ese movimiento no es abstracto: está ocurriendo. Iniciativas como el Premio Art Nalón han sido fundamentales para visibilizar a jóvenes artistas durante décadas. También espacios como la Pinacoteca Eduardo Úrculo instalada en el antiguo matadero, evidencian que esta transformación viene de lejos, aunque hoy muestran cierta inercia en su programación y resistencia al cambio.
Siguen surgiendo, sin embargo, nuevos proyectos que amplían ese tejido. MACEAS es uno de ellos: una muestra de arte contemporáneo escolar que reúne a más de doscientos estudiantes de toda Asturias y convierte los antiguos talleres de soldadura y mecanizado del IES Cuenca del Nalón en un espacio de creación y reflexión. Hay algo profundamente simbólico en ello: transformar lugares de producción industrial en espacios de pensamiento crítico.
A la vez, otros espacios industriales comienzan a reactivarse desde la cultura: talleres, cines que apuntan a reabrir y un potencial aún por desarrollar en torno al audiovisual. Pero no basta con conservar o rehabilitar. Sin programación, sin inversión sostenida y sin equipos que los impulsen, el riesgo de que esos lugares vuelvan a apagarse sigue presente. No se trata solo de conservar, sino de ponerlos en valor.
Porque ahí está la clave. Nuestra dinamita está ahora en la memoria y en la cultura, en la capacidad y voluntad de sostenerlas en el tiempo. En no olvidar de dónde venimos para decidir hacia dónde vamos.
Frente al relato de la decadencia, hay otro posible: el de un territorio que crea, que se piensa y que se transforma desde dentro.
Y eso no es nostalgia. Es resistencia. Y también, futuro.
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