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Quedarse o volver

Las comarcas mineras no necesitan parecerse a nada, sino reconocerse y valorarse

Xune Andrade, autor de este artículo, en la  cocina de Monte.  |  LNE

Xune Andrade, autor de este artículo, en la cocina de Monte. | LNE

Soy hijo de un trabajador extremeño que tuvo que marcharse de Extremadura para encontrar trabajo bajo tierra, aquí, en Asturias. Y de una madre de La Rebollá de Mieres, que nunca se fue, aunque la vida también la empujara. Crecí entre historias de esfuerzo que no salían en los periódicos, entre manos negras de carbón y silencios largos en la mesa, sobre todo durante las huelgas. En un lugar donde nada era fácil, pero todo tenía sentido.

Las Cuencas no son un decorado. Son una herida y un orgullo al mismo tiempo. Aquí se trabajó duro. Aquí se sostuvo un país entero durante décadas. Y aquí, también se aprendió a caer…

Yo me fui, como tantos otros… Pasé seis años en Madrid. Aprendí, crecí, me empapé de todo lo que creía que necesitaba para ser mejor. Madrid te da velocidad, te da ambición, te hace sentir que todo está pasando allí. Y durante un tiempo lo compras… Pero hay algo que no te lo da ninguna ciudad: el lugar al que perteneces. Y Volví. Y volver no fue cómodo. No fue fácil. No fue romántico, fue una decisión difícil. Volví a un territorio al que muchos daban por perdido. A pueblos que se vaciaban, a casas que se apagan, volví a un relato repetido mil veces: "aquí ya no hay nada".

Y sin embargo, yo veía otra cosa. Veía origen. Veía verdad. Veía una identidad que no se puede fabricar. Y, poco a poco, empecé a ver algo más. Gente de fuera mirando hacia aquí. Personas que buscan lo que nosotros siempre dimos por hecho y a veces rechazamos: el silencio, el paisaje, el tiempo, la autenticidad. Gente que viene, que se queda, que invierte, que pregunta. Que empieza a entender que este territorio no es un final, sino una posibilidad.

También han cambiado las distancias. Hoy Madrid no está lejos. El AVE ha acortado el mapa. Oviedo y Gijón están a un paso. Las Cuencas ya no están aisladas, están conectadas. Y eso cambia las reglas del juego. Pero la conexión real no es solo física, es mental.

"Monte" nace de esa tensión. De lo que fuí fuera y de lo que soy aquí. De entender que no hay que elegir entre tradición y vanguardia, entre lo rural y lo contemporáneo. Que el problema nunca fue el lugar, sino la mirada.

Las Cuencas no necesitan parecerse a nada, necesitan reconocerse y valorarse. Porque el error ha sido intentar competir desde la carencia, y no desde la potencia.

Aquí hay producto, hay paisaje, hay memoria, hay cultura. Hay una forma de hacer las cosas que viene de lejos. Lo que falta, muchas veces, es creérnoslo.

No es nostalgia, es responsabilidad. Responsabilidad de los que nos quedamos o volvimos. De los que decidimos construir aquí, sabiendo lo que hay. Sin idealizarlo. Sin maquillarlo. Porque esto no va de romanticismo rural, va de trabajo. Va de levantar la persiana cada día en un sitio donde no sobra nadie, donde cada proyecto cuenta, donde cada error pesa más. Pero también donde cada pequeño avance tiene un valor enorme.

La gastronomía, en mi caso, es solo una herramienta. Una forma de decir que este territorio no es pasado. Que puede ser contemporáneo sin dejar de ser quien es. Que puede generar orgullo desde lo propio.

No necesitamos que nos rescaten, necesitamos dejar de pedir permiso. Las Cuencas tienen futuro y este futuro no va a venir de fuera. Va a salir de dentro. De quienes entienden este lugar no como un límite, sino como un punto de partida. Y también de quienes llegan con otra mirada y suman, sin imponer.

Yo me fui para aprender, y volví para construir. Porque hay lugares de los que puedes marcharte… pero si vuelves, ya no es para probar suerte; es para hacerte responsable de su futuro.

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