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Sueños de investigación

Figuración sobre cómo podría haber resultado un plan de atracción de talento científico para estudiar en las Cuencas los desafíos del envejecimiento

Uno de aquellos letreros en los que se leía "Vive usted en zona altamente contaminada", que aparecían en las calles de Ciaño a principios de los años ochenta, había sido rescatado para decorar el pasillo de entrada a los laboratorios instalados en la segunda planta del Centro Langreano de Investigaciones del Envejecimiento. Servía como recordatorio de que aquel liderazgo tóxico de Langreo –no solo en el número de partículas que respiraba su población, sino también en el del veneno que, desgraciadamente, circulaba por las venas de muchos en aquella época– se había convertido en una iniciativa de liderazgo positivo, aplaudida por todos.

Una parte de los fondos mineros había pasado de los discutidos asfaltos y soterramientos al compromiso de crear y mantener un centro pionero en el abordaje multidisciplinar de las enfermedades del envejecimiento. Frente a otro liderazgo negativo de las Cuencas, esta vez el del crecimiento demográfico, la respuesta consensuada había hecho posible la puesta en marcha del primer centro español, pequeñín pero galán, donde se trabajaba en proyectos de envejecimiento biológico, de gerontología clínica y de longevidad saludable, todos ellos en un mismo espacio compartido y abierto a la sociedad langreana.

Al entrar en una de las salas de experimentación, volví a sentir el vértigo de la responsabilidad cuando años atrás recibí la llamada para participar en el programa de estudios celulares y moleculares para retrasar la aparición del cáncer, de procesos neurodegenerativos como el Alzheimer y de otras enfermedades en las que la edad es el factor de riesgo más importante. La puesta en marcha de una plataforma automatizada que utilizaba células vivas características de cada patología para probar miles de compuestos y detectar cuáles podrían convertirse en nuevos medicamentos –que años después pondría en marcha el famoso Instituto Karolinska en Suecia– había comenzado a dar sus frutos no solo en forma de publicaciones científicas, sino también de invenciones, patentes y captación de financiación competitiva que aseguraban la recuperación de la inversión realizada en investigación y desarrollo.

El plan de atracción y retención de talento científico dirigido a investigadores nacidos en las cuencas mineras, formados en la universidad asturiana y en muchos casos en centros de excelencia en el extranjero, había sido un éxito. Más de una docena de investigadores contratados y numerosos colaboradores se afanaban en buscar, crear y probar soluciones tecnológicas, sanitarias o sociales con el fin de transformar el aumento de la esperanza de vida en años saludables. Langreo se había adelantado varios años a la idea del living lab o "laboratorio viviente" de envejecimiento: un entorno de innovación centrado e integrado con los usuarios finales, las personas mayores, en su proceso de desarrollo. Tanto era así que los paisanos y paisanes en el paséu del colesterol de La Felguera a L’Entregu ya hacían bromas con aquello de que Asturias envejece más rápido que nadie, pero en Langreo tenemos la solución.

El despertador volvió a sonar puntual a las 6:50. El pa amb tomàquet, o pan con tomate, me devolvió a la realidad de Girona, a casi mil kilómetros de distancia –en usos, lenguas y costumbres– de mi punto de partida en Campuná, a orillas del Nalón. El sonido de la cafetera terminó de arrancarme de aquel agradable "sueño de investigación" que nunca había ocurrido. Y, sin embargo, durante unos segundos sonreí pensando que, de algún modo, aún podía llegar a ser real.

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