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Hotel París-Navidiello

Un alojamiento situado a casi mil metros de altura, en plena Rampa de Pajares, de gran historia y ahora abandonado

La historia de hoy vista por Alfonso Zapico.

La historia de hoy vista por Alfonso Zapico. / Alfonso Zapico

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Ernesto Burgos

Ernesto Burgos

Como es sabido, en 1884 se inauguró la comunicación ferroviaria entre Asturias y León por la Rampa de Pajares; lo que se conoce menos es que esta obra no fue la panacea y los viajeros más pudientes prefirieron seguir salvando el paso entre Fierros y Busdongo en carruaje, porque preferían las molestias del traqueteo por aquella carretera infame antes que soportar por el verano el humo del carbón, que ponía en riesgo en su salud y arruinaba sus ropas. Me explico: eran 69 túneles que aunque se abordaban pañuelo en boca convertían el trayecto en una cadena intermitente de ahogos y toses hasta el punto de que en ocasiones era obligado detener los convoyes en algún tramo despejado para que los viajeros pudiesen recuperarse. Verán que no exagero si les digo que hubo varios maquinistas de las locomotoras de cola que murieron asfixiados.

En el profundo invierno era aún peor, ya que entonces aún nevaba en serio cegando las vías y era frecuente que el convoy quedase incomunicado en plena montaña. Normalmente, la cosa se resolvía en horas gracias a la intervención de brigadas de trabajadores contratados en temporada por la Compañía de Caminos de Hierro del Norte de España. Ellos se dedicaban a la labor conocida como espala, despejando la nieve para permitir el paso de los convoyes. Pero, en otras ocasiones el aislamiento se prolongaba varias jornadas y cuando el tren se detenía, fuese en un sentido u otro, si existía una posibilidad, el objetivo era hacerlo llegar hasta Navidiello, donde se ubicaba una de la estaciones del recorrido a 958 metros de altitud.

La explicación es que allí estaba abierto el Hotel París. Un lugar que Agatha Christie habría sabido aprovechar bien porque en su mejor época no le faltaba ninguno de los ingredientes que ella combinaba con maestría en sus intrigas: un pequeño pueblo en la montaña, un tren de pasajeros bloqueado por la nieve y un hotel magníficamente abastecido para que los personajes se sentasen a esperar viendo caer los copos tras los ventanales.

En el nº5 de la revista "Vindonnus", publicado en 2021, José María Flores Suárez describe dentro de un artículo dedicado a las estaciones fundacionales de la Rampa de Pajares las características arquitectónicas del Hotel París: «Situado en el extremo norte de la estación, pero al abrigo de una ladera y orientado al mediodía, consistía en un pabellón de planta y piso desarrollado longitudinalmente en sentido perpendicular a la vía. Una galería acristalada y cerrada que avanza algo más de un metro sobre el piso inferior creando una especie de porche protagonizaba la fachada meridional. Columnas de fundición con basa, fuste acanalado y astrágalo superior soportaban originalmente esta galería».

Guías

El Hotel París no aparecía en las guías de ferrocarril y apenas se anunció en la prensa, pero no hacía falta, ya que su fama se extendió pronto gracias a que allí se ofrecía café caliente en las paradas rápidas y alojamiento y manutención si la mala climatología forzaba a permanecer allí.

El 21 de agosto de 1924, después de varios días de pruebas con trenes de mercancías, un tren de viajeros inauguró la nueva forma de superar el paso empleando la electricidad. El vapor pasó a la historia, pero el hotel siguió manteniendo su incansable actividad hasta que la implantación del sistema automatizado de control de las circulaciones hizo que se fuese reduciendo el personal ferroviario y se acabase clausurando la estación; además este proceso coincidió en el tiempo con el cierre de la actividad minera en la zona que quedó casi despoblada, con lo que ya no tenía sentido mantener sus instalaciones.

He encontrado en un blog un comentario firmado por Raquel López en marzo de 2025 donde afirma que su padre había nacido en el Hotel París en 1903 y era el hermano mayor de Consuelo López Cienfuegos, que se quedó después con el hotel. Según su testimonio, fue su bisabuelo, un hombre de La Coruña que ya tenía otros establecimientos hoteleros, quien levantó el de Navidiello. Al parecer, su visión comercial lo llevó a comprar los terrenos cuando se planificó el tramo ferroviario León-Gijón con la estación a la salida del túnel de la Perruca; allí «un hijo que también había nacido en Galicia, mi abuelo, se casó con una asturiana y criaron en esa casa una familia numerosa. Paraban todos los trenes, así que la comunicación era por entonces muy buena. Y así siguió durante más de medio siglo. Luego, poco a poco, dejaron de parar, hasta el colapso total de la estación».

En febrero de 1970, Constantino Rebustiello publicó en LA NUEVA ESPAÑA una entrevista a Manuel López Cienfuegos, quien debió de ser el padre de Raquel López. Era entonces el último habitante de Navidiello y seguía viviendo en el antiguo hotel, después de haber intentado asentarse en otros lugares más poblados. Lógicamente, añoraba los tiempos pasados y le contó al recordado corresponsal lenense varias datos sobre este lugar.

Por ejemplo, que en su buena época, el hotel nunca tenía las habitaciones vacías y que allí, además de quienes quedaban atrapados cada invierno, solían alojarse ingenieros y administrativos de las minas de carbón, mientras que los mineros y los obreros de las vías eran de pueblos cercanos o dormían en barracones. Entonces citaba cuatro minas, Cuaña, Duro-Felguera, Faldosa y Montilla que cargaban cada día un mínimo de cinco vagones de antracita.

Es muy difícil seguir la pista de estas explotaciones debido a los continuos cambios de empresas que muchas veces se decidieron en el salón del Hotel París: he visto en documentos de la década de 1950 «Antracitas de Navidiello» y veinte años más tarde «Grupo Minero de Navidiello». La última fue «Explotaciones Diez Amigos S.A». abandonada en 1993, que producía 31.000 toneladas de carbón.

Tres turnos

Hubo momentos en que el comedor tuvo que atender tres turnos porque su capacidad hacía imposible sentar juntos a todos los comensales. Del éxito del negocio da idea el saber que en los años 40, cuando el menú costaba quince pesetas, hubo un mes en que la Renfe tuvo que pagar 120.000 por el montante de los que se habían tenido que servir a sus trabajadores y a los viajeros.

Él recordaba el trabajo de su madre, encargada de amasar el pan y hacer las comidas para cada jornada, que en las ocasiones de apuro no salía de la cocina porque atendía día y noche los fogones. La mujer tenía tanta mano para el café que un cliente anónimo y agradecido dejó en una ocasión su mensaje en la pared exterior del establecimiento: «Aquí se sirve el mejor café del mundo». Nada que ver -añado yo- con una anécdota que me contaron con lo que ocurría a veces en la estación de Bustiello, donde la cantinera solía subir a los vagones para ofrecer su café, cuando todavía no existían vasos reciclables, y lo servía tan caliente que era imposible tomarlo, por lo que antes de que el tren siguiese su marcha, recogía la bebida para devolverla a la cafetera.

Manuel López Cienfuegos también decía que en los años 40 un vagón de pescado estuvo allí seis días, pudriéndose a partir del tercero y con un olor insoportable, por lo que hubo que tirarlo.

Más tarde, el 21 de septiembre de 1973 el mismo Rebustiello contó la vida de Antonio Montero Castañón, quien había sido uno de los espaleadores que trabajaban limpiando las vías de nieve y le explicó al recordado corresponsal lenense otro suceso parecido ocurrido con ocasión de una de aquellas «nevadonas». Entonces quedaron retenidos dos trenes en la estación de Navidiello: una era el expreso de Madrid que se movió después de que los viajeros pasasen tres días alojados sin problemas en Hotel París, pero el otro era un mercancías que transportaba un vagón de cerdos y al quinto día también hubo que sacrificar a los pobres animales que se morían de hambre.

Finalmente, en abril de 2023 un incendio puso el punto final a la aventura del Hotel París, del que llegó a decirse que en algún momento servía quinientas comidas diarias siendo uno de los establecimientos que más se movió en Asturias. Solo quedan allí dos viviendas en uso y ninguna de forma permanente, porque ya hace tiempo que no figura nadie empadronado, pero el peculiar edificio sigue llamando la atención de los excursionistas y los aficionados al ferrocarril que se acercan hasta Navidiello.

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