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La "comida casera y sana" y "mucha fruta", los secretos de Irene Fernández, con 100 años recién cumplidos en Morcín: "Quién soy yo para dar consejos a nadie"

La vecina de mayor edad del concejo recibió un emotivo homenaje de la Peña El Cañu de Lugar de Arriba

Irene Fernández, en el centro con el ramo de flores, rodeada de su familia.  De izquierda a derecha, Mario Alonso, Pedro Alonso, María Irene Agudo, Tino Fernández, José Luis Fernández, Susana Agudo, Irene Fernández, María Irene Prado, María Teresa Fernández, Alejandro Cabo, el bebé Alejandro Cabo y José Luis Cabo

Irene Fernández, en el centro con el ramo de flores, rodeada de su familia. De izquierda a derecha, Mario Alonso, Pedro Alonso, María Irene Agudo, Tino Fernández, José Luis Fernández, Susana Agudo, Irene Fernández, María Irene Prado, María Teresa Fernández, Alejandro Cabo, el bebé Alejandro Cabo y José Luis Cabo / F. D.

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Fernando Delgado

Fernando Delgado

Lugar de Arriba (Morcín)

Irene Fernández García, vecina de mayor edad del concejo de Morcín, cumplió 100 años el 5 de junio y unos días después recibió un emotivo homenaje por parte de la Peña El Cañu, con motivo de la fiesta que organizan en Lugar de Arriba, en La Foz de Morcín.

Irene nació el sábado 5 de junio de 1926 en la misma casa de Lugar de Arriba en la que reside actualmente sola, a sus 100 años recién cumplidos. Fue la sexta de nueve hermanos y la única que sobrevive de todos ellos. Su padre y sus siete hermanos varones trabajaron como mineros en Hulleras de Riosa y la familia también cultivaba algunas huertas y prados además de atender unas pocas vacas, ovejas y cabras.

Irene Fernández, tras recibir el homenaje por parte de la Peña El Cañu de Lugar de Arriba, en La Foz de Morcín.

Irene Fernández, tras recibir el homenaje por parte de la Peña El Cañu de Lugar de Arriba, en La Foz de Morcín. / F. D.

Esta centenaria recuerda que “de niña, antes de ir a la escuela, cuando sonaba el turullu de los mineros a las siete de la mañana, iba con mi hermana mayor Eloína a catar las vacas de José Cossio, el capataz de Hulleras de Riosa, a los prados situados por encima del pueblo y como compensación nos daban una lechera para llevarla a casa de mis padres”.

Dejó la escuela a los 13 años para ayudar a su madre a atender los ocho mineros de casa. “Jugar muy poco, no había tiempo. Éramos felices y teníamos una familia muy unida. Mi madre filaba y yo tejía. Hacíamos y remendábamos la ropa para mi padre y mis hermanos”, recuerda.

En 1950, con 24 años, se casó con Dionisio Somoano, natural de Sotrondio, un niño de la guerra exiliado a Francia que regresó para trabajar en la mina. Dionisio estaba de posadero en una casa de La Foz  y lo conoció un domingo durante el baile que se celebraba en La Casa Nueva.

El matrimonio vivió durante doce años en Lugar de Arriba, donde nacieron sus hijos María Irene y Jesús Antonio. Ahora disfruta también de sus tres nietos y dos bisnietos. En 1962, se trasladó a vivir a La Camocha, en Gijón, donde su marido entró a trabajar. “Mi marido tenía genio y no callaba la verdad”, señala.

Las plantas

Después de residir durante cuarenta años en La Camocha, regresó a vivir de nuevo a la casa familiar de Lugar de Arriba, al lado de sus hermanos, ahora ya todos fallecidos. Dedica su tiempo a cocinar y a limpiar por las mañanas, y a leer y meditar por las tardes. Su gran pasión son las plantas y se arregla bastante bien sola. “Disfruté mucho viviendo junto a mis hermanos, pero ya fallecieron todos”.

A sus 100 años lleva una vida bastante autónoma y conserva una gran memoria. Cumplimenta crucigramas y sopas de letras para ejercitar la mente y solamente durmió dos días en un hospital por una caída. En la actualidad, solamente toma el sintrón y una pastilla para la tensión.

Irene Fernández con su hija María Irene Prado, tras ser homenajeada.

Irene Fernández con su hija María Irene Prado, tras ser homenajeada. / F. D.

Cocina fabes y patatas en puré y come moderadamente de todo. “Comida casera y sana”, señala. Sus hijos le suministran la carne y el pescado. “Como cocido cada dos o tres días y también mucha fruta. Mis hijos me lo traen y yo lo cocino”, manifiesta. Suele acostarse sobre la una de la madrugada.

Pasión

“Me tocó hacer de todo en la vida y no se me pone nada cuesta arriba”. Las plantas y la huerta son su pasión. “Hablo con las plantas. Hay que tener pasión siempre por algo, les digo a mis hijos. Es ley de vida darnos ánimos, ayudarnos unos a otros y que haya mucha comunicación en la familia. No me puedo quejar de nada a estos años. No sirve de nada encerrarse. La vida es dura, pero hay que saber vivirla y adaptarse a los tiempos y no desesperarse”, sentencia.

Irene combina la humildad y la sabiduría con una filosofía muy positiva de la vida a pesar de las vicisitudes pasadas. “No quiero ir a una residencia y a los jóvenes les diría que quién soy yo para dar consejos a nadie. Que sean siempre uno mismo y si necesitan consejos, que los pidan”, afirma.

“A mis padres les tratábamos de usted. Teníamos poco, pero éramos felices. Lo que más eché en falta en mi vida fue no haber tenido más confianza con mi padre. Era todo trabajar y nunca me dio un beso. Ahora tengo una gran relación de confianza con mis hijos y nietos”, asevera. “Lo peor fue la posguerra, que duró mucho. Los niños de hoy no tienen niñez. La gente debería unirse y no pelearse como hacen ahora los políticos”, sentencia.

Humildad

Ordenada y organizada, prefiere vivir sola. “Se espabila más teniendo muchos hermanos que cuando hay solo un hijo. De joven hablaba muy poco y ahora no paro”. Así es Irene a sus 100 años: humilde, sabia, con gran energía y una filosofía muy positiva de la vida, que le hizo merecedora de un emotivo homenaje por parte la Peña El Cañu y de sus vecinos de Lugar de Arriba, en La Foz de Morcín, que la adoran.  

Irene Fernández, de 100 años, a la puerta de su domicilio.

Irene Fernández, de 100 años, a la puerta de su domicilio. / F. D.

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