De lo nuestro / Historias heterodoxas
José Antonio Sampil en la Corte de los enredos
El mierense que se puso a disposición de Jovellanos para ayudarlo en su conflicto con Godoy y la reina María Luisa

La historia de hoy vista por Alfonso Zapico. / Alfonso Zapico
Transcurría marzo del año de nuestro señor de 1801 cuando Gaspar de Jovellanos fue desterrado a la isla de Mallorca por orden de Manuel Godoy, el amante de la reina María Luisa de Parma, esposa del rey Carlos IV. El ilustrado asturiano estuvo primero en el monasterio de la Real Cartuja de Jesús de Nazaret y después en la prisión del castillo de Bellver donde su salud empeoró considerablemente.
En Mieres, su amigo y capellán José Antonio Sampil y Laviades, se puso inmediatamente a disposición del gijonés para lo que fuese; por mediación de su amigo común, Juan Arias de Saavedra, entonces consejero de Hacienda, le hizo saber que estaba preparado para llevar discretamente sus quejas a la Corte, y Jovellanos no dudó en aprovechar el ofrecimiento.
Juan Arias, después de consultar con Pedro de Valdés Llanos, otro de los fieles al prócer, ordenó al presbítero mierense que partiese en secreto hacia Madrid para esperar instrucciones. Sampil llegó a la capital en el mes noviembre y se alojó en casa de su primo Antonio García Tuñón, donde esperó novedades hasta que le llegaron unas "representaciones" que el docto y paciente preso había enviado a sus partidarios desde Mallorca contando sus padecimientos y solicitando su amnistía.
Con este informe en su poder, José Antonio Sampil buscó al intermediario ideal que pudiese hacerlo llegar hasta al rey Carlos IV sin que Godoy se enterase. Hace tiempo les conté como fracasó la misión de nuestro clérigo, que acabó detenido en la cárcel de la Corona, en la calle Cabeza; pero ahora vamos a pasar un rato conociendo el enredo de calzones y polisones que llegó a conocer en la Corte borbónica.
Manuel Mallo
El objetivo de Sampil en la Corte era encontrar al intermediario adecuado y creyó verlo en Manuel Mallo, un personaje pintoresco que pasó a la historia por haber sido también amante de la reina María Luisa, compitiendo con Godoy por los favores sexuales de la reina a quien sustituyó con éxito en muchas ocasiones.
Manuel Mallo descendía de familia venezolana, pero nació accidentalmente en Popayán, Colombia, donde sus padres pasaron algunos años. En España comenzó su carrera como guardia de corps, igual que su rival, el Príncipe de La Paz, y fue como él guapo y seductor. Tras una pelea de María Luisa con Godoy, esta lo llamó a su lado para darle celos y se encontró con un amante fenomenal, de manera que aquel primer lance amoroso que comenzó por despecho se convirtió para el criollo en el inicio de una carrera de fortuna y poder.
En Venezuela, Manuel Mallo había mantenido buena amistad con un tío carnal de Simón Bolívar y gracias a su mediación el Libertador pudo pasar una temporada en la residencia veraniega de los reyes en Aranjuez y conocer de cerca a aquella familia a la que iba a arrebatar pocos años después medio reino consiguiendo la independencia de varias repúblicas americanas.
En fin, Mallo, además de "gigoló" también era hombre de dudosa lealtad y, por si acaso, el de Mieres antes de entregarle los papeles tomó la precaución de sacar dos copias. Una la cosió en el forro de la chaqueta de su primo y la otra la dejó en las oficinas del marqués de Villafranca y luego armado solo de su fe en Dios y Jovellanos emprendió viaje para San Lorenzo del Escorial, donde se encontraban el rey, la reina y sus queridos.
Después de alojarse en la villa, se dispuso a encontrar a su contacto y esperó hasta que lo vio salir hacia uno de sus lujosos carruajes, entonces le pudo entregar la carta y quedó en volver a verlo disimuladamente en uno de los pasillos de palacio; luego se dirigió a casa de su primo, quién le confirmó su desconfianza en el entorno de Mallo.
No se equivocó, porque Sampil fue denunciado, aunque se resistió a entregar las notas. Finalmente, los amigos de Jovellanos en Madrid se encargaron de enviar copias de su escrito a las embajadas y de interceder por el presbítero mierense que quedó en libertad provisional el 13 de abril con la condición de que fuese él mismo quien costease su viaje y el de los alguaciles que componían su escolta hasta Asturias para quedar aquí bajo el control del obispo de Oviedo.
Amantes
Volviendo a Manuel Mallo, la madre natura había sido tan generosa con él que la mujer de Carlos IV lo convirtió en uno de sus garañones preferidos. Según el marqués de Villa-Urrutia, quien estudió la vida amorosa de María Luisa, la lista de sus amantes conocidos es larga, aunque seguramente lo es mucho más la de los desconocidos. Entre ellos estuvo el conde de Teba, Eugenio Eulalio Palafox Portocarrero, masón y liberal; también pasaron por el lecho real el hijo del duque de Abrantes, Agustín de Lancaster, capitán general de Cataluña y Mallorca y acreditado playboy; y Juan Pignatelli, otro guardia de corps, que sería más tarde conde de Fuentes y a quien la reina, celosa por sus devaneos con la duquesa Cayetana de Alba, destinó a París.
En fin, para resumir, es mejor leer este comentario que se hizo en 1935 en la "Revista de Occidente" calificando a esta mujer como «buscadora perpetua de las sensaciones viriles de los apuestos cortesanos que la rodeaban y de los más granados guardias de corps».
Aunque por encima de todos, estuvo Manuel Godoy, un galán extremeño del que se había prendado tras verlo montar con gallardía cuando escoltaba al matrimonio real desde el palacio de La Granja a Segovia. Entonces él tenía 21 años y ella con 37 ya había dado a luz a nueve hijos y se encontraba esperando el décimo, con lo que su belleza de juventud ya era solo un recuerdo. Luego los embarazos llegarían a ser catorce; según parece, los dos últimos de Godoy, pero eso no importa ahora.
Carlos IV por su parte era cazador y feliz coleccionista de cuernos. Hay una anécdota de marzo de 1800 que define su comportamiento. Una tarde le preguntó a Godoy delante de su esposa quién era aquel Manuel Mallo que cambiaba cada poco de coche y de dónde sacaba el dinero para presumir tanto. El valido le respondió que, en efecto, se trataba de un mantenido al que sostenía una mujer vieja y fea que robaba a su marido para pagarse un amante. Y el rey, que sabía de sobra lo que estaba pasando, se dirigió riendo a la reina: «¿Qué piensas tú de eso, María Luisa?».
María Luisa de Parma, era nieta por vía paterna, de Felipe V e Isabel de Farnesio, por lo tanto, prima de Carlos IV. Cuando el rey Carlos III la eligió para ser consorte de su heredero, contaba 14 años, dos menos que el príncipe. Está escrito que al darle la noticia a su hijo, este, alborozado, le dijo que estaba seguro de que se iba a casar con «alguien que jamás cometería adulterio» y el Rey le respondió con una frase que iba ser premonitoria: «Carlos, hijo mío, pero qué imbécil eres»”.

La historia de hoy vista por Alfonso Zapico. / Alfonso Zapico
Las discusiones entre María Luisa y Godoy fueron frecuentes, ya que la reina, a pesar de su desmesurada afición al sexo, era celosa, y su amante no renunciaba a otras mujeres. En 1797, para alejarlo de la hermosa Pepita Tudó, con quien ya tenía algo más que una relación temporal, le obligó a casarse, imponiéndole una mujer de la familia real con menos peligro. Se trataba de María Teresa de Borbón, hija del infante don Luis, hermano de Carlos III, y tío de Carlos IV. Aunque Godoy nunca renunció a sus costumbres: el matrimonio tuvo una hija, pero cada uno hacía su vida y después de diez años se separaron para siempre.
Manuel Mallo conoció a la reina en el momento justo.Tantos embarazos la habían ido envejeciendo prematuramente, su rostro y su vientre estaban surcados por las arrugas, le faltaban dientes y le sobraban kilos; esto, sumado a la rutina, hacía que el inagotable Godoy ya tuviese sus altibajos. Sin embargo, ella seguía demandando sexo y por eso nombró a su nuevo garañón mayordomo de semana de palacio, para tenerlo siempre a mano.
El muy católico y seguramente célibe José Antonio Sampil volvió a Mieres confundido al conocer estos enredos y aquí encendió unas velas por la salvación de la reina y de España.
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