Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Funeres, qué poco hemos aprendido

La necesidad de evitar sucesos como el ocurrido en Peñamayor en plena represión franquista

Peñamayor tiene en su ladera oeste una terraza agradablemente tendida al sol que la acaricia con sus rayos y casi en el centro, como el corazón, una sima calcárea, señalada por un texu, árbol en el que la cultura astur deposita el símbolo protector del hogar. Un entorno soleyeru por ubicación, sí, pero desgraciadamente su nombre, Pozu Funeres, tiene para los asturianos un especial significado. El infausto recuerdo de una atrocidad cometida por hermanos contra hermanos, descarnada y triste en el olvido como todas las acaecidas en la terrible y cruel posguerra civil española. Tiempos lúgubres que los demócratas, nacidos en cualquier rincón y miembros, que por casi setenta años se contemplan ya, desde el olvido, aunque cualquiera que suba a ese paraje, conozca o no lo allí ocurrido, siente "algo" especial, todo político que sea, debemos y de hecho repudiamos.

Los hechos amordazados por la censura de la dictadura a penas se atrevían a balbucear como aquel abril de 1948, en número aproximado a veintidós, vecinos de San Martín de Rey Aurelio y Laviana fueron arrojados al fondo de la sima. Escondido, entre unos matorrales cercanos, un joven pastor fue espectador involuntario de gritos, culatazos, súplicas... La "brigadilla" inmutable cumplió la misión encomendada desde las alturas de la pirámide franquista.

Casi setenta años se contemplan ya, desde el olvido, aunque cualquiera que suba a ese paraje, conozca o no lo allí ocurrido, siente "algo" especial... Será aprehensión, como la del sulfato de plata que sobre una cartulina refleja una foto. Será que existen lugares mágicos. El subconsciente colectivo, las enseñas de recuerdo. No lo sé. Pero sea lo que fuere, la antropología, ciencia que estudia la cultura de los pueblos, su simbolismo y los medios de transmisión de ambos, concede especial importancia a estos lugares liminales de la razón y el simbolismo, de la memoria colectiva.

Casi setenta años y seguimos cometiendo los mismos errores. Así de manera perenne la simbología de los pueblos, aquello que ellos tiene como un tesoro inarrebatable, se esgrime como espadas al aire para segregar, marcar límites étnicos donde no existen o expropiar la posibilidad de vivir en dignidad a personas y colectivos ajenos al nuestro. Porque sobre esta patata, más caliente que nunca, achatada por los polos, tercera esfera en proximidad al sol, que conocemos como Tierra o mitológicamente como Gaia, habita una especie que desde su descenso del árbol, allá en el amanecer de los tiempos, en la Garganta de Oldivai, se ha especializado en aniquilar a todo lo que no le resulta agradable. Quizás ésa sea la esencia, la marca de serie, el código genético que nos hizo ser la única rama de Homo que ha sobrevivido a todas las demás... Pero, ¡ojo!, que quizás esa capacidad dudosamente destacable, puede llevarnos a la extinción.

Para ayudar a evitarlo mi grito anónimo, desde el desierto de la incomprensión en que vivimos, glayando la toná de Nuberu con letra de Manuel Asur:

"Pela sima onde los vuestros güesos suañen / cien mil glayíos insumisos xorrecerán / y col aceru encarnispáu de les peñes / francerán la so blindá soledá. / Empozaréis con tol vuestru pueblu / los caínes de la lluz y de la paz [la guxanera facista de la paz] / y na esperanza acuchillá'l vuestru cuerpu / darréu puxará la llibertá. /Amestaránse les vuestres manes proletaries / nel verdor ensin fin de los praos / y de nueu en vuestros güeyos minerales [y de nueu les vuestres frentes llibertaries] /asoleyarán los soles del ocasu. / Yá naide arreyerá el coral de los vuestros brazos / a los ñicios de la muerte desarreyá / y la murnia del texu namoriscáu / enchárase un riscar ena alborada [so eternidá republicana gayolará]".

Compartir el artículo

stats