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Velando el fuego

El mapa plurinacional

Si tuviéramos que elegir un tema estrella, que hubiera monopolizado la atención de los habitantes de este país en los últimos tiempos, no tendríamos muchas dificultades para elegir el del independentismo catalán, o dicho de otro modo, la polémica sobre el tema territorial, que toca la esencia de lo que se entiende por España.

De modo que no resulta extraño que dicho debate haya cobrado mayor vigor durante y después de las elecciones andaluzas, hasta el punto de que para muchas personas ha sido uno de los motores fundamentales que sirvió de arranque a la ultraderecha de Vox y que, por el contrario, supuso el talón de Aquiles para las fuerzas progresistas, a las que dañó al menos en una parte de sus aspiraciones.

Y como quiera que están ya cerca las elecciones generales, el tema del mapa plurinacional no tiene respiro y anda de boca en boca. No se necesita estirar mucho las orejas para encontrarnos con él en cualquier tertulia, bar o lugar en el que la política tenga cabida, sin necesidad de referirnos a los medios públicos y televisivos, en los que con frecuencia aparece la bandera española, ya sea colgada de algún balcón o en manos de algunos manifestantes que así dan fe de su acendrado españolismo. Si bien, en muchos casos, y me estoy refiriendo sobre todo a los que son considerados españoles ilustres y a los que se quiere hacer figurar como ejemplo para todos los ciudadanos, su españolismo consiste en eludir el pago de los impuestos en nuestro país, visto que existen paraísos fiscales que son más ventajosos. Claro que la mejor patria es el dinero, que se esparce como el estiércol, como ya estamos acostumbrados a ver.

Nos quedan unos tres meses en los que Cataluña continuará ocupando lugares de honor en portadas y apariciones públicas, algo que cualquiera puede comprobar pues basta con no salir de casa con los ojos cerrados. Y como quiera que es normal tropezarse con lo inevitable, hace unos días que la eterna discusión entró en el local en el que acostumbro a tomar mi café mañanero (aclaro que no era la primera vez, precisamente, que sucedía). En esta ocasión bastaron unos pocos minutos de imágenes en la televisión para que los contrarios al independentismo se pusieran a echar fuego por la boca. Una vez escuchada tanta iracundia verbal, no exenta, por cierto, de falta de rigor histórico, me dirigí a uno de ellos (después de tanto tiempo, ser clientes de la misma barra te otorga ciertos privilegios) en un tono mesurado y propicio para un calmado debate, y le hice una sola observación:

"El movimiento independentista ha sido minoritario en Catalunya durante la mayor parte del período democrático (alrededor de un 15% del electorado). Pero adquirió gran fuerza a raíz de que el Tribunal Constitucional negara elementos importantes del Estatut de Catalunya, después de haber sido aprobado en referéndum por el Parlament de Catalunya, por las Cortes Españolas y por el pueblo catalán. Hasta el punto de que hoy en día el apoyo al independentismo roza el 48%. ¿No crees -terminé así mi breve alocución- que las cosas hubieran sido radicalmente distintas de no haber mediado ese veto?

El parroquiano quedó en silencio. Otra de las personas que estaban escuchando la conversación, dijo que merecía la pena reflexionar sobre ello. Finalmente, pedimos todos una nueva consumición.

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