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Velando el fuego

El coleccionista de noticias

El repaso a datos conocidos pero preocupantes, como la precariedad, la desigualdad y el machismo

Como en cualquier debate o conversación que se precie, hay siempre un momento a partir del cual se aviva el fuego y todos los participantes van entrando en un crescendo continuo. A principios de semana me encontraba en el bar donde tomo mi descafeinado mañanero, alrededor de una mesa en la que nos interrogábamos cada uno de sus integrantes -todos jubilados, como en mi caso- acerca del modo en el que distribuíamos nuestro tiempo libre. Era lógico que hubiera respuestas distintas y variadas, desde quienes se dedican a sus funciones de "agentes de bolsa" (una forma ingeniosa de denominar a los que acudimos a diario a realizar la compra), hasta los que hacen deporte, escuchan música, estrechan la amistad con Internet o se estimulan ya a primeras horas de la mañana con un aporte de Rioja.

No podía faltar el atizador del debate, y pronto acudió a su cita. Nada de vinos tempraneros, aburridos descafeinados, calzarse las zapatillas deportivas o hacer oposiciones a melómano. Él empleaba su tiempo en leer cuantos diarios fuera posible y, tras esa primera y profunda incursión en las noticias, (tardaba entre dos y tres horas en sus tareas de buceo periodístico), se dedicaba después a recortar aquellas que le parecieran más interesantes hasta garantizarse así su hemeroteca del día.

No hubo nadie que se opusiera a su labor entomológica; más bien, se alabó su paciencia y su interés cultural, y continuando una tradición de poner etiquetas a todo, se le nominó como el "coleccionista de noticias". Sin embargo, ya metida una marcha más en la charla, comenzaron a plantearse algunas objeciones, sobre todo las relacionadas con la memoria y su sempiterna fugacidad. ¿De qué servía tanto empeño, dijo uno de los tertulianos, si al fin cada suceso dura lo que un dulce a la salida de un colegio, o a veces ni siquiera eso? Centinela del espíritu o recipiente para olvidar fueron parte del arsenal usado para referirnos a la urdimbre memorística. Y como la velocidad no dejara de aumentar, era inevitable que la política ocupara la escena. ¿Acaso merecía la pena atesorar tanta verborrea inútil, tantas promesas que nunca se cumplen, tantos frutos atiborrados de demagogia como se sirven en la mesa durante la época electoral? La fractura se organizó, de modo apacible, eso sí, entre los partidarios de meter a todas las manzanas en la misma cesta podrida y la de quienes defendíamos que había algunas que aún no estaban llenas de gusanos. Y así hasta que, un rato después, llegó la hora de retirarnos cada uno a nuestra casa.

Por la noche, mientras veía un programa de televisión, volví a darme de bruces con datos conocidos pero no por ello menos preocupantes. Desde la precariedad en el empleo; la desigualdad de oportunidades en los estudios, según se nazca en una familia pudiente o en la contraria; los afrentosos casos de violencia machista o el número de niños que mueren cada pocos minutos. De ahí a recordar al "coleccionista de noticias" no hubo más que un paso, así que me dije que al día siguiente le preguntaría si en su diario particular constaban algunas de estas sinrazones. Y, sobre todo, charlaríamos sobre la conveniencia de airearlas todo lo posible. Más aún en estos días en los que algunos partidos políticos se ocupan en echar tierra sobre el siglo anterior, para así intentar convencernos de que el mundo comienza ahora, y que el pasado (franquismo y nacionalcatolicismo sobre todo) no es más que un deambular inútil por los pasillos de la memoria.

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