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José Antonio Vega

Industrias cárnicas Los Mallos

La historia de los cincuenta años de la conocida empresa mierense

Hasta mediados del siglo XIX no llegaría el desarrollo en la elaboración de productos cárnicos y su mejoría sería consecuencia del progreso que trajo la incipiente industrialización para facilitar una mayor relación comercial y mejor circulación de las mercancías. La industrialización en Mieres de estos productos comenzaría el siglo XX y esto se notaría en la elaboración del embutido, por lo que sería la génesis de las primeras empresas artesanas de origen familiar que venderían sus productos en el mismo pueblo y alrededores.

En el hoy deshabitado barrio de La Caseta, en un edificio pegado a la última casa que aún está en pie en ese barrio, tenía un comercio mixto Juan Álvarez. Como el negocio no marchaba del todo bien, decidió venderlo a Honorino Mallo, un hombre que acababa de llegar procedente de la zona de Órbigo, en León. Ambos comerciantes se pusieron de acuerdo, tanto en el precio como en las condiciones del traspaso, extendieron un documento privado por el que Honorino se hacía cargo del comercio propiedad de Juan, por el pago de nueve mil pesetas, de las cuales cinco mil se las entregó en efectivo durante el acto de la firma del documento y, el resto, lo dedicaría a pagar determinados créditos que el vendedor del establecimiento tenía pendientes con algunas casas que le habían suministrado mercancía. El día 24 de mayo de 1921, Honorino se hizo cargo del comercio en las condiciones estipuladas en documento privado. A partir de esa fecha, le fueron presentadas letras al cobro por los artículos suministrados al comercio a nombre del antiguo propietario, siendo devueltas por Honorino, quien escribió detrás de ellas una nota que rezaba lo siguiente: "Se marchó". Estas anotaciones no gustaron a los libradores de las letras de cambio y estos demandaron a Honorino y a Juan por fraude de contrato.

Una vez superados estos problemas del traspaso, la familia de los Mallos decide dar un giro a su negocio de ultramarinos pasando al mundo de la industria cárnica. De esta forma, Honorino Mallo y su esposa Francisca Beltrán, junto con sus cinco hijos -Benjamín, Manolo, Tadeo, Honorio y Francisca- comienzan una nueva andadura. No sabemos por qué esta familia de los Mallos se inclinó por esta industria, pero suponemos que tenían una vinculación con la artesanía chacinera desde antiguo.

Como hemos dicho, antes de construir la gran nave en los Llerones, próxima a La Peña, ésta familia ya tenía una pequeña fábrica de embutidos y matadero. En esta casa, dentro de la parte baja, mataban, fabricaban los embutidos y contaban con un despacho de carnicería, estando situada en la parte superior la vivienda de esta familia. En el pequeño local, la fabricación de los embutidos era casi de forma artesanal y las pocas maquinas que tenían estaban movidas a mano. Años después comprarían la primera máquina autónoma, una embutidora de chorizos movida por aire comprimido. El estreno de esta máquina no pudo ser peor, ya que hubo un pequeño accidente al meterle el aire, que al no estar bien ajustada y engrasada por la parte de los émbolos, estos reventaron y fueron a pegar contra el techo del local y pasando al piso superior donde estaba durmiendo Francisca Mallo. Esta explosiva máquina, sería reparada por el hojalatero de Arroxo y no volvió a dar ningún problema más. Este metalistero era Román del Valle, que años después fundaría los grandes talleres que llevarían su apellido tanto en Mieres, como en Sanriella.

Pasada la guerra civil en Mieres, esta familia de artesanos cárnicos liderados por Manolo Mallo Beltrán funda la empresa Los Mallos. Todavía, se puede ver en el frente principal de la nave de esta industria chacinera, una placa de mármol blanco donde se reflejan las iníciales de los apellidos de esta familia, y la fecha de su construcción "M.B. 1.939". La factoría estaba en el barrio de La Caseta números 5 y 7, ya que en el numero 5 se situaría la gran nave y el 7 la casa del director de la fábrica.

Con la realización del proyecto de Los Mallos, se consiguió modernizar el sistema de producción de este tipo de derivados cárnicos, pero a su vez obtuvo una calidad elevada y uniforme. Hasta aquel momento, los embutidos los elaboraban de forma muy artesanal y quizás por esto, la producción era de una calidad muy variable, ya que en ocasiones no se adaptaba a las exigencias y gustos del consumidor. Desde un primer momento, se atinó y se logró dar con el gusto de los consumidores de aquellos años. La industria de Los Mallos, se inició teniendo como principal mercado el realizado por el consumo local y del concejo. Con el paso de los años y junto a la mejora de las carreteras y de los vehículos de transporte, estos elementos sirvieron para que se acortaran trayectos, cosa que aprovechó la empresa para ampliar su mercado. En 1961, ante la fuerte demanda de sus productos en Mieres y resto de Asturias, la compañía se decide a realizar un aumento de su producción y a modernizar las instalaciones.

Una gran parte de las nuevas máquinas fueron compradas en la feria de muestras de Barcelona, junto con otras más que vinieron de Alemania. Además, esta factoría fue una de las primeras en enlatar sus productos de forma mecánica, comercializados en pesos de medio kilo, uno y seis.

Con vistas al reparto de sus productos, la empresa siempre contó con una flota de modernos furgones. Incluso para ir a buscar cerdos, comprarían un flamante camión de la marca Pegaso, un vehículo que recorrería todas las estrechas y polvorientas carreteras de Extremadura, por donde Manolo Mallo solía comprar grandes cantidades de estos animales. Estos cerdos en ocasiones llegaban en ferrocarril a la estación de la Renfe de Mieres, y desde ese punto, eran conducidos por las calles de la villa en rebaño por empleados de la fábrica de La Caseta.

Para la venta de los productos como eran embutidos y demás, Los Mallos contarían con varios despachos en la Plaza de Abastos de Mieres, concretamente en los puestos 19 y 20, además del situado en la calle Manuel Gutiérrez 4, de Mieres. Este último lugar, hoy es la sede de CC OO de la comarca del Caudal.

En los años sesenta, los directivos de esta empresa eran: Manuel Mallo, director gerente; Tadeo Mallo, jefe de fabricación; y como director administrativo estaba, Eugenio Fernández. En esa época, Benjamín Mallo, se desvinculó de la empresa para construir un matadero en la provincia de León. En sus últimos años, y antes del cierre, ejerció de apoderado, Eugenio Fernández Prieto, que residía en La Caseta n.º 7, en una casa anexa a la fábrica y propiedad de ésta. En esa época, en Mieres también funcionaba otra chacinería, conocida como La Tierrina, propiedad de Marcelino Álvarez Flores.

Sobre la decadencia de estas industrias hay gente que da diversas explicaciones como son: sus costes laborales, la elevación de los precios del transporte, etc. Otros motivos, es que su calidad era buena, lo que hacía algo más caro el producto y que el procedente de otros lugares, como Noreña, era más barato. A todo esto, debemos sumar la potente competencia en la venta de embutidos por los economatos de las empresas públicas Hunosa y Ensidesa.

Otro factor seria la depresión económica de los años 70 y el continuo impago de los clientes, supuso el cierre de muchas industrias. Este reajuste económico convirtió a "Los Mallos" en el centro vulnerable, aunque se pueden adivinar otro tipo de cuestiones, donde parece que los descendientes de los primeros industriales se animaron a construir sus propias fábricas, favorecidos por sus diversos conocimientos en el sector.

El 18 de octubre de 1988, esta emblemática empresa cárnica de la comarca del Caudal fue dada de baja definitivamente en el Registro Provincial de Industrias Agrarias, finalizando así una historia empresarial con casi 50 años de vida.

Este lugar del barrio de La Caseta, sería uno de los enclaves de Asturias donde se concentró una de las mejores industrias cárnicas, en parte debido a la tradición chacinera de sus fundadores y antepasados. Pocos años después del cierre esta fábrica sería barajada como emplazamiento del Cuartel de la Guardia Civil, proyecto que fue rechazado por una amplia clase política y de ciudadanos.

Se debe comentar lo destacable que fue la labor social de esta empresa, donde sus trabajares gozaron de un buen convenio colectivo. Para ello, en las cercanías de la factoría, en la ladera de Rozadas de La Peña, la empresa levantó viviendas para su personal. Que contaban con agua fría y caliente, baño, cocina, comedor habitaciones y servicio, que eran ocupadas por sus trabajadores de forma gratuita.

Las viviendas, tenían un amplio terreno donde cada inquilino lo convertía a su gusto: huerto, pomarada, jardín. En la Ciudad Residencial de Perlora, el personal de esta fábrica tenía a su disposición un chalet para disfrutar en diferentes turnos las vacaciones. Perlora fue un lugar en el cual veranearon muchos vecinos de la parroquia y de todo el concejo, a través de diferentes empresas.

Muchos ciudadanos no hubieran querido este final para esta nave, pues se va una parte importante de la villa y de muchas personas, una historia que fue desde los años 20 a los 80 del pasado siglo, y formó parte de la vida cotidiana de la ciudad. Siempre esta fábrica estuvo muy implicada con la ciudad y algunos de sus propietarios vivieron aquí. También tuvo mucha importancia para la economía de la zona. Desgraciadamente las cosas en la vida tienen un principio y un fin y ahora toca eso de cerrar el telón. Así que esperemos que este punto y final aporte algo a una ciudad distinta; mejor ordenada y más moderna .

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