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Velando el fuego

Leña al fuego

La controversia por la derogación de la reforma laboral en plena crisis sanitaria

Todos conocemos, y hemos convivido con ellas en bastantes ocasiones, a personas que tienen el don de la inoportunidad. Se caracterizan por llegar a destiempo a las citas, por propiciar los peores escenarios en los momentos menos adecuados y, además, en muchos casos acostumbran a presentarse con un bidón de gasolina en las manos, para que no haya ninguna duda sobre sus intenciones. A veces forman parte de nuestras pesadillas, y cuando nos despertamos no quisiéramos volver a tener noticias suyas; pero, por lo común, no sucede así. Tienen una tenacidad contrastada y perseveran con todo ahínco en su cometido. Eso sí: su presencia coincide siempre con el anuncio de alguna tormenta, cuando no con un huracán en plena forma. Se dice de ellas que se han especializado en echar leña al fuego, entendiendo la frase no en el sentido positivo de alimentar una hoguera que necesitaba que le insuflaran ánimos, sino que, al contrario, ante una situación complicada o conflictiva influyen para que el problema se avive y continúe.

Quienes saben de estas cosas, y han intentado buscar alguna medicina que sirviera para aquietar esos ánimos enfebrecidos, dicen que una dosis adecuada de sentido común podría ser la solución. Cierto que se trata de una buena recomendación, pero a mí me parece que pedirle peras al olmo no suele dar buenos resultados, pues recetar sensatez para quienes se visten todos los días con el traje de la imprudencia parece al menos un tanto dificultoso.

Y como de inoportunidades se trata, va este gobierno y, en el peor de los momentos, vuelve a coger el bidón de gasolina, no sea que se diga que le faltan ánimos incendiarios. Y todo a costa de una medida tan importante como es la derogación de la reforma laboral que, no lo olvidemos, es la causante de la numerosas heridas que desde su aprobación están sufriendo los trabajadores. Pues he aquí que de pronto aparece un pacto firmado entre el Partido Socialista, Podemos y Bildu, en el que se deja bien claro la determinación de derogar ya, y de una manera integral, dicha ley. Mas como parecen gustarnos las tempestades, de pronto a ese pacto se le comienzan a poner peros, comas, interpretaciones de todo tipo y, como es natural, la tormenta parecer ser que puede alcanzar proporciones insospechadas.

Habrá quienes digan -y a buen seguro que no les faltará razón- que esto es propio del Partido Socialista, más dado por lo común a usar cosméticos que a acometer reformas en profundidad, y quienes echen la culpa del desaguisado a la vicepresidenta Nadia Calviño, de la que son bien conocidas sus ínfulas liberales.

Del mismo modo, no faltarán los que -y aquí sí que juzgo que con toda la razón- echen en falta la presencia de los agentes sociales, más en concreto de los sindicatos, en una materia tan sensible para ellos.

No obstante, sea cual sea el grado de culpa a repartir, lo que sí parece cierto es que se ha escogido el momento menos adecuado para hacerlo. Si se firma, hay que cumplir con lo que se acuerda y, en caso contrario, si no hay intención ninguna de dar ese paso adelante, lo mejor es quedarse quietos.

Lo contrario es abrir otra ventana más para que una parte de la ciudadanía vuelva a alzar la voz contra los políticos. Algo que no resulta conveniente nunca, y menos en esta época en la que aflora de continuo la doble moral (por usar un término compasivo): quienes alientan las cacerolas y exigen libertad, son los mismos o seguidores de los que durante la época oscura privaron de ella a los ciudadanos de este país.

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