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Adiós a Quico “El Palacio”, sabio popular

Francisco Otero Muñiz, el abuelo de Riosa, falleció el pasado lunes a la edad de 103 años

Francisco Otero Muñiz, a quien todos conocíamos como Quico “El Palacio”, el abuelo de Riosa, personaje relevante de la sabiduría popular de nuestro concejo, falleció el pasado lunes a la edad de 103 años.

Con Quico se nos ha ido una parte muy importante de la historia de Riosa ya que personas como él no deberían desaparecer nunca. Hace años que le conocía y había trabado con él una hermosa amistad que ahora se ha truncado. Quico fue mi fuente de información en muchas de las investigaciones y trabajos publicados sobre nuestro municipio. Conocía con minuciosidad todos los topónimos de la Sierra del Aramo a la que llamaba “El Puerto” así como todos sus puntos de agua, mayaos, tollos, pozos de nieve, cuevas, simas y gavias.

Siempre que hablábamos del Aramo su rostro se iluminaba porque fueron muchas las horas que permaneció cuidando el ganado en los pastos de altura y de ahí su conocimiento absoluto de cualquier rincón escondido por el que le preguntara.

Conocía la historia de los viejos molinos de Riosa, la historia de la Casa del Palacio, casa blasonada en Felguera de los Fernández Cachero-Fernández de Cabo, adquirida por su familia y donde vivió durante 90 años hasta que se trasladó a la residencia de mayores de La Vega. También nos refirió como en la última época de la Familia Fernández Cachero, en “La Casa del Palacio”, vivían dos curas que, por lo visto, no se llevaban muy bien –según nos dijo, por diferencias políticas–, hasta el punto de que uno de ellos se marchó y construyó otra casa en “Fondes de Villa” junto a la capilla de la Virgen de Los Remedios.

Quico conservaba orgulloso algunos libros que pertenecieron a estos clérigos, entre ellos un misal romano. Según nos relató, todos los sillares, esquinas, puertas y ventanas, de piedra caliza griotte de la “Casa del Palacio” fueron bajados en un solo día desde “La Canal” del Aramo.

Adiós a Quico “El Palacio”, sabio popular

Nos dio noticia del muro defensivo de más de 2,5 km, entre “Los Engordonaos” y el “Picu Rasón”, construido por “El Vaquirú” en la “Pena”, entre los 1.500-1.650 metros de altitud, para evitar que el ganado se “derribara”. El “Vaquirú”, que vivió en “Castañeres”, cerca del pueblo del Cabal, era muy exigente con su cuadrilla y durante el tiempo que duró la construcción del muro entre 1890 y 1895 pernoctaban en “El Corral de Flora”, en “La Cariá de Covariega”. Nos habló de los avatares en la construcción de la conducción del agua desde Riosa a Oviedo en los primeros años del siglo XX. Según nos comentó, la ejecución de esta gran obra hidráulica resultó extremadamente complicada, teniendo en cuenta el terreno quebrado por donde discurría y la falta de carreteras y caminos adecuados. La arena utilizada para la construcción de muros y pequeños acueductos para superar los muchos arroyos existentes entre “Arroxines” y “El Acebal” fue transportada a lomos de mulos y caballos desde la falda de la Sierra del Aramo, concretamente desde un arenero ubicado entre “Mayeu Planeo” y la “Cuesta de Argallao”. Uno de los arrieros fue Angel “El Ferreru”, de La Foz de Morcín, que estaba casado en Villamer con Isolina.

Igualmente nos contó que las tuberías eran transportadas a lomos de mulos unos veinte kilómetros desde la estación de tren del Norte en La Segadas hasta pie de obra en el Aramo. Eran tubos de uralita de tres metros de largo y cada mulo solamente podía transportar uno. Para ello se adaptaban a la albarda unos ganchos de hierro de forma curva que se adaptaban al diámetro del tubo, de unos cuarenta centímetros, de forma que quedara bien sujeto. Uno de los arrieros encargado del transporte era Constante “el de Les Bolies”, de Santolaya, que disponía de muy buenos animales de tiro.

Nos habló también de la “Nevaona”, la de los tres ochos, como él decía, que cayó en 1888. Fue tan intensa en la Sierra del Aramo que, al producirse el deshielo, el alud del “Arguixu Enchu” llegó 550 metros más abajo hasta el Río Code arrastrando piedras y árboles que destruyeron el “Molín de Code”. Asimismo, Quico nos comentó cómo la gente del valle de Llamo, en tiempos difíciles, se jugaba la vida andando a la hierba descalzos, para no resbalar, en las “Vallinas del Rasón”, en “Los Cualmaos” o en “La Cava”, en la zona del “Reguerón”, con desniveles superiores al 40%.

Fueron muchas las horas y los días que compartí conversando con Quico, sentados ambos en los bancos del pórtico de la Iglesia de La Vega, que era su sitio preferido y allí departíamos sobre las historias y leyendas más dispares de nuestro concejo. Todo era tan interesante que, muchas veces, el tiempo pasaba sin que nos diéramos cuenta y las charlas se prolongaban durante varias horas.

Quico, tal vez porque había vivido muchos años en contacto con la naturaleza, salía a pasear todos los días a primera hora de la mañana. Era habitual verlo caminar apoyado en sus bastones por la carretera de Pola de Lena hasta el entronque de la carretera del Cabal en “Pumarín”. En ese trayecto tenía varios sitios estratégicos donde se sentaba para poder contemplar y disfrutar de la vista de la imponente silueta del Puerto del Aramo a la vez que recordaba sus correrías. Quico era un hombre que, con solo mirar a la “Pena” sabía que tiempo íbamos a tener. Sus predicciones eran más certeras que las de cualquier experto meteorólogo.

Quico era un gran narrador de historias y tuvo una vida de continuo trabajo, como él decía “un poco esclava”. Me contó que cuando era niño iba a la escuela del Cantón y con tan solo diez años cuidaba cabras y ovejas en La Sierra del Aramo. En cada pueblo había entonces una “vecera” y le tocó cuidar la de Felguera. Recogía el ganado de cada casa del pueblo y, una vez formada la “vecera”, la conducía a los pastos de altura de la Sierra del Aramo. También trabajó en la mina, estuvo en la guerra civil con otros dos de sus hermanos, anduvo a la madera y trabajó en la labranza y cuidando el ganado junto con sus cinco hermanos y tres hermanas .

Quico era una persona muy cariñosa y sensible y le gustaba que le quisieran y le cuidaran. Todos los años se emocionaba al soplar las velas de las tartas de su cumpleaños y siempre quería que estuviera presente. De hecho, el pasado 7 de marzo, cuando iba a apagar las velas de sus 103 años, se dio cuenta de que yo no estaba y preguntó por mí. Me avisaron y subí rápidamente desde La Ará hasta la residencia en la que vivía en La Vega para acompañarle. Al verme, cambió su semblante.

De gran carisma, era la persona de mayor edad del concejo de Riosa, querido y apreciado por todos, sabía dialogar con mayores y jóvenes. Admirábamos como, a pesar de su edad, sabía conectar con la juventud. En Felguera cuando contaba sus historias, los más jóvenes permanecían embelesados escuchándole queriendo saber más sobre las anécdotas que vivió y conoció a lo largo de su dilatada vida. Así era Quico.

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