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Líneas críticas

Las promesas de Trump y Biden a los mineros

El paralelismo de la decadencia de las comarcas carboneras de Estados Unidos y las españolas

Recordando los avatares de nuestras comarcas mineras, me despertaron un especial interés las promesas (y los programas) de los dos principales candidatos a la presidencia de Estados Unidos respecto a la industria del carbón.

En las anteriores elecciones, la demócrata Hilary Clinton había sentenciado que, si llegara al poder, “dejaría a los mineros sin trabajo”, paliando el cierre de las minas con empleos alternativos. No tuvo ocasión de poner en práctica su programa.

En cambio, el republicano Donald Trump, aprovechando el descontento del sector minero agobiado por décadas de declive, supo ganarse la confianza de los obreros del carbón con un discurso oportunista, pero más esperanzador que el de su oponente.

Proclamó entonces sin ambages que el carbón estaba vivo: “Vamos a poner a trabajar de nuevo a nuestros grandiosos mineros”. Una promesa con la que se ganó los votos de buena parte de los cinturones mineros de Ohio, Pensilvania, Virginia Occidental y Kentucky, que fueron determinantes para el triunfo de Trump en las elecciones en el año 2016.

Durante su mandato destinó muchos millones de dólares a la minería del carbón, logrando en principio detener la sangría económica que estaba padeciendo el sector; pero no fue capaz de revitalizarlo. Pues el carbón había pasado de ser el rey del progreso a convertirse en una “rémora cara, sucia e impopular”, según algunos grupos ecologistas. El mercado manda; el carbón no es rentable: ya no puede competir con el gas natural y las energías renovables.

Así, desde la llegada de Trump a la presidencia se han cerrado más de 60 centrales eléctricas de carbón en Estados Unidos y el sector ha perdido más del 40% de sus empleos desde 2008.

Y el año pasado, Murray Energy, uno de los gigantes norteamericanos del carbón, se declaró en bancarrota a pesar del gran apoyo que había recibido de Donald Trump. A propósito, Murray aportó millones de dólares para la anterior campaña de Trump, donando unos 300.000 sólo para financiar la fiesta de su proclamación como presidente. Y en las últimas elecciones, el propio Murray defendió que el futuro del carbón seguía dependiendo de que Trump fuera reelegido.

Por su parte, Joe Biden se ha comprometido a gastar 2 billones de dólares, “una inversión sin precedentes”, para liderar la revolución de las llamadas energías limpias. Una inversión destinada sobre todo a las declinantes comunidades del carbón. Para diversificar sus economías y crear empleos de calidad. Promesas de un candidato ganador que todavía no ha empezado a gobernar.

En cualquier caso, para los vecinos de muchas comarcas estadounidenses de tradición minera, el carbón forma parte de su irrenunciable acervo cultural, social, profesional. Y se lamentan de que, al derrumbarse la industria del carbón, cerraran buena parte de los negocios y muchos jóvenes tuvieran que emigrar a otros Estados en busca de una futuro más prometedor.

Esos vecinos tampoco comprenden que el mundo se olvide de una actividad que tanto supuso para el progreso de la civilización industrial. Y no se aprecie que la gran riqueza de Estados Unidos se creó sobre las espaldas y los sacrificios de los mineros. Y que ciudades, como Nueva York, Chicago, Pittsburg, entre otras, llegaron a ser importantes gracias al carbón.

En resumen, no hay duda de que la historia y la cultura de las regiones mineras estadounidense tienen un evidente paralelismo con las de nuestras cuencas. Sin embargo, aquí no se esperan fabulosas inversiones para cambiar radicalmente las cosas; aquí la sombra del carbón aún sigue proyectándose sobre las inciertas posibilidades de una pregonada transición energética.

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