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Miguel Ángel Fernández

Nun seas oveya

Las campañas para fomentar el uso de la mascarilla entre los jóvenes y las demandas de los hosteleros

Se insulta muy bien en Asturias. Tanto que hasta se hacen estudios al respecto. José Manuel Vilabella, venido a estas tierras desde el oeste, deslumbrado por nuestro arte de insultar, realizó un primer trabajo con ilustraciones de J. Paredes –desafortunadamente hoy desaparecido de las librerías– que nos permite distinguir al

Máxime cuando las informaciones sobre actitudes de personas teóricamente responsables contradicen estas iniciativas. Dos ejemplos de la prensa: en estos días hemos oído al ministro de Sanidad y al alcalde de Madrid, de diferente coloratura política, disculparse por el error de haber participado en un sarao de 150 personas convocado por el periódico digital de Pedro J. Ramírez.

Si no hubieran acudido, mejor, pero se agradece el acto de contrición. No ha sucedido lo mismo con los restauradores astures, que se han retratado como rebaño de ovejas en torno a la Cofradía del Desarme, en los previos de la fiesta gastronómica de Oviedo. En la foto de LNE se los puede ver, cincuenta orgullosos comensales bien juntitos, que los garbanzos, los callos y el arroz con leche generan empatía. Es que lo de los hosteleros es para nota, siempre están haciendo profecías apocalípticas. Cuando se legisló un impuesto sobre sus rendimientos, -que los demás ya pagábamos de nuestro salario-, dijeron que era el inicio del fin. Cuando el convenio colectivo obligó a que sus empleados tuvieran, como cualquier trabajador, descanso semanal efectivo, comentaron que eso los llevaba al cierre. El día que se decidió algo tan racional como que no se podía fumar en recintos cerrados, aseguraron que era el acabose.

Y así per secula seculorum. Ahora se manifiestan quejándose de cualquier medida, por activa, por pasiva y por perifrástica, que tomen los Gobiernos de izquierdas. Aunque, particularmente, exigen ayudas. Uno, que no es muy listo, reflexiona que para que los mandatorios ayuden necesitan recaudar impuestos. Hace nada, estos mismos que hoy exigen cobrar, exigían no pagar. Muchos de ellos defraudaron hasta en sueños. Ha habido sanciones importantes de Hacienda en ciertos restaurantes de bodas y banquetes por trabajar con dinero negro y ocultar un buen porcentaje de sus ingresos.

Conozco un programa informático que han comprado de manera habitual con el que ocultan al fisco la mitad de las compras diarias. No me atrevo a entrar aquí en el mundo de la noche, me da miedo, pero si nos adentramos en el terreno laboral del resto, el nivel de fraude es escandaloso: empleados que cobran el desempleo y siguen en su puesto, contratos por cuatro horas para trabajar doce, extras sin asegurar, son algunas de las lindezas que ven a diario los abogados laboralistas. La Inspección de Trabajo tiene muy pocos efectivos para tanto sinvergüenza.

“¡No todos somos así!”, me gritarán los serios. Pues claro. Es un sector en el que se han empezado a otorgar hace tiempo etiquetas de calidad. Aparten de su gremio a los piratas e instituyan ustedes una nueva: Certificado de Restaurante de Calidad Social.

Podrán optar a él los empresarios que no incurran en morosidad con plantilla y proveedores, quienes estén al corriente en el pago de impuestos, los que aseguren que todo su equipo tiene contrato de trabajo en vigor y alta en la Seguridad Social por la totalidad de la jornada contratada; aquellos que cumplen con las vacaciones reglamentarias, quienes garanticen la igualdad salarial y, en fin, los profesionales que respeten rigurosamente la jornada de 40 horas semanales que, no se olvide, es un derecho laboral que debería estar implantado desde hace 100 años. Por otra parte, esta situación sanitaria que padecemos debería llevarnos a pensar en un tipo de vida más saludable, que aconsejaría incluir formas de socialización alejada del alcohol y otras drogas, con unos horarios más razonables, particularmente entre la juventud. Sin embargo, de nuevo, puede más el afán de negocio que el interés común. Más ejemplos: cuando a todos los establecimientos les convendría reinventarse, pensando en las necesidades reales de su clientela como el servicio a domicilio o la organización de espacios y productos compatibles con la sociabilidad y la salubridad, surgen ideas que atentan contra la razón.

Un hostelero de Mieres no tiene mejor ocurrencia que convocar a sus parroquianos a suicidarse lentamente. Su publicidad debería servir para que la Policía actuara de oficio, por atentar contra la salud pública. Imita un concurso (por las pintas, seguramente yanqui) en el que se trata de premiar a quien sea capaz de consumir una cantidad morbosa de alimentos. Un kilo y pico de comida, litros de cerveza aparte, anuncia con orgullo. Y se fotografía con tan absurdo menú. La patronal del gremio se queja de las perspectivas del sector. Según su prospección cerrarían 2.500 establecimientos. Pues igual sería una buena noticia, porque de acuerdo con sus propios datos hay en Asturias un bar por cada 100 habitantes. A cambio en Langreo, por poner una referencia, tenemos una biblioteca por cada 13.000 habitantes, un cine por cada 19.500, y una piscina climatizada o un teatro para 39.000. ¿No sería prudente usar el ocio en actividades no alcohólicas?

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