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Javier García Cellino

Velando el fuego

Javier García Cellino

Un baño de realidad

La actitud colectiva e individual ante las medidas preventivas y las consecuencias de la pandemia

No resulta arriesgado predecir que a partir de ahora comenzarán a publicarse relatos acerca de lo que está sucediendo en estos tiempos del cólera (permítaseme la expresión como una referencia a la novela de Gabriel García Márquez). De modo que cada cual echará su cuarto al hombro y se demorará en los pormenores de una fiebre que bajaba y subía como una montaña rusa, de una tos que más se parecía al ronquido de un fuelle viejo, o de una disnea que amenazaba con segar los árboles del pulmón. Sin que falten las referencias a colitis, sabores neutros y otros efectos físicos colaterales que iba desprendiendo el invasor.

Y, como es lógico, no faltarán, a modo de sinopsis, los juicios sobre las principales consecuencias, o, por decirlo de otra manera, las reflexiones sobre las enseñanzas que nos dejó el terremoto. Habrá quien entienda que fue una llamada de alerta para cambiar algunos de nuestros hábitos: beber, fumar, formas de relacionarnos…; un serio aviso sobre el cuidado del medio ambiente –un problema cada vez más amenazante–; o quizás, y ojalá suceda así, una mirada más amable sobre las ventajas de nuestra sanidad pública que, al igual que la enseñanza, es objeto diario de un combate que pretende, sobre todo, privatizar los instrumentos públicos para ponerlos del lado de las ganancias rápidas.

Por ello, es natural que cada uno afile la espada de las explicaciones por el lado que juzgue más conveniente. Si tuviera que dar una opinión, diría que nos hemos reencontrado con un aspecto de nuestra condición humana: la vulnerabilidad, o lo que es lo mismo, una radiografía sobre la fragilidad de nuestra existencia.

“No somos nada, cualquier día nos toca a nosotros, todos tenemos que morir algún día”… son frases usuales cuando nos enteramos de algún fallecimiento. Sin embargo, el que una enfermedad nos ronde o nos obligue a pasar un tiempo en un hospital exacerba, por lo general, nuestros comportamientos. El covid ha funcionado como un cuchillo aislante, como un muro de Berlín que, de pronto, nos ha expulsado de nuestra normalidad. Familiares, amigos, conocidos y círculos habituales de reunión se han visto obligados a adoptar otros roles distintos en muchos casos, a estar a uno u otro lado de la barrera según tocara. La interacción social: centros de trabajo, escuelas y otros instrumentos de apoyo han entrado en una fase de adelgazamiento.

De ahí que se estén produciendo síntomas emocionales, a veces bastante preocupantes, como la aparición de cuadros de ansiedad, fatiga o depresiones, por citar solo algunos de ellos. Se equivocan quienes pretenden tener recetas mágicas para combatir las secuelas de esta pandemia. Cierto es que sigue habiendo personas que dicen estar en posesión de remedios curalotodo, incluido también el jarabe contra el bicho, pero no es menos verdad que, por fortuna, ya hemos superado el tiempo de los chamanes y de los auspiciadores de vísceras. Sin negar que pueda ser importante en algunos casos el refuerzo psicológico, quizás la fórmula sea más sencilla: aprender a conocernos mejor, aceptarnos y actuar en consecuencia.

La frase de Alejandro Magno, y desde aquella época no han dejado de caer millones de chuscos, lo resume a la perfección: “Tras la conducta de cada uno depende el destino de todos”.

Imposible explicarlo mejor.

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