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Javier García Cellino

Velando el fuego

Javier García Cellino

Cuando Ulises llegó a Casa Isaac

El fallecimiento del hostelero César Sánchez y los episodios vividos en su establecimiento de Langreo

Bastaron diez u once horas más o menos para que el Ulises cubano, pintor y docto en muchas materias, sustituyera la antigua embarcación en la que Homero embarcó a su personaje de regreso a Troya y, a bordo de un moderno avión, llegara hasta La Felguera. Resultaba obligado beber el

Como cualquier historia que se precie, este viaje consta de varios capítulos que la hicieron posible. Hubo primero un encuentro en La Habana (acompañado por Myriam, Ana y la excepcional Rosina, amiga de Ulises, donde pude comprobar la dignidad del pueblo cubano), y ahí se forjó la idea de una devolución de visita que se hizo efectiva hace ya bastantes años. El Ulises cubano, el amigo de Rosina y después nuestro, traía en su cabeza una enciclopedia que no convenía desaprovechar, como así fue. Entre otras, dio una charla en la cárcel y, gracias a la mediación del inolvidable Alberto Vega, nos ofreció una muestra de su vasta erudición en la Casa de Cultura de La Felguera que ahora lleva su nombre, bajo el título: “Los niños de Chernobil”. Acabado el acto, un grupo de amigos, con Ulises al frente, y sin que nuestros pies hubieran discutido la ruta, enfilamos hacia Casa Isaac.

Sentados ya a la mesa, pronto no hubo ninguna duda de que nos encontrábamos ante una repetición (diferencias naturales al margen) de La Bodeguita del Medio, ese entrañable rincón cubano por el que tantas veces suspiraba Hemingway. Daban fe las fotografías en blanco y negro de estampas y personajes conocidos de nuestro entorno, los pósters anunciando corridas de toros y, sobre todo, el ambiente (si alguien tuviera que definir ese rincón felguerino no dudaría en afirmar que tiene un ambiente especial). Les hice saber a los hermanos Isaac y César ese parecido que Ulises comprobó nada más entrar en el bar y, como era lógico, les presenté al pintor que, desde ese instante, quedó hipnotizado ante ese ritual mágico de escanciar la sidra.

A medida que avanzaba la tarde noche, sumidos ya en la incomparable liturgia de las buenas sidrerías, comenzaron a surgir docenas de anécdotas que había tenido lugar allí mismo. Fue entonces cuando César, el amigo y excelente chigrero que se nos fue hace unos días, el de la sonrisa franca y a un tiempo tiernamente socarrona, pasó a nuestro lado.

Le hice una seña y, en su compañía, nos deslizamos por unos años en los que, al cerrar el bar, Isaac, su hermano, se iba a casa para estar con Maribel, su esposa y buena persona siempre, mientras que César echaba la llave y un grupo de noctámbulos nos quedábamos allí dentro. Esto ocurría los sábados, le apunté a Ulises, y en aquella habitación del fondo, señalé con una mano, el dulce encierro consistía en degustar el marisco que César había comprado previamente, a la par que se acompañaba de abundantes botellas de sidra y de vino blanco según el gusto de cada cual. No era infrecuente que, al acabar la fiesta (en verdad se trataba de una verdadera fiesta culinaria donde cada cual contribuía con su parte correspondiente), y a veces, con el alba ya próximo, algunos equivocáramos las ventanas con la puerta de salida (Ulises reía como un niño al escucharnos contar estos lances).

Después pasó el tiempo, abundantes nieves se precipitaron sobre nuestras espaldas, Ulises se murió en su querida Cuba y el bar de los hermanos cambió de sitio. Pero allí seguimos acudiendo la pandilla de grandes amigos que todos los martes tenemos una cita obligatoria. Cierto es que ya no será igual. Nos falta César, el que hizo de la bonhomía su sello particular, el que estaba en un extremo del mostrador contando anécdotas sin fin. Pero, al menos, seguiremos disfrutando de Isaac, otra excelente persona y enciclopedia viviente, y de su exquisita sidra. Nos vemos allí de nuevo.

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