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Javier García Cellino

Velando el fuego

Javier García Cellino

Aumentan las desigualdades

El crecimiento de las grandes fortunas durante la pandemia y el incremento de las personas en riesgo de pobreza severa

Voluntarias de Cruz Roja en una campaña de recogida de alimentos realizada el pasado año en Langreo.

Voluntarias de Cruz Roja en una campaña de recogida de alimentos realizada el pasado año en Langreo.

Una vez más, la tertulia mañanera de esta semana en el bar de mi primer descafeinado comenzó a desarrollarse en torno a la pandemia. El primer punto fue una reiteración sobre los pícaros que no cesan y que siguen corriendo prestos a arremangarse los brazos para proveerse del antídoto. De ahí pasamos a la escasez de vacunas que, a fin de cuentas –y en eso coincidíamos todos– es la consecuencia de un mercado globalizador en el que las marcas más poderosas, las farmacéuticas, por decirlo más claro, imponen sus leyes.

Sin que faltara un breve y jugoso intercambio de opiniones sobre cuál es el grado de afectación que sufrimos a causa del bicho. Aquí también hubo unanimidad en que, de una u otra forma: cansancio, tristeza, cabreo…, todos somos portadores de un malestar en lo que alguien denominó “El año que vivimos peligrosamente”, en clara alusión a la película australiana del mismo nombre, y que pronto otro contertulio corrigió diciendo que ya eran dos los años en los que nuestra vida continuaba en riesgo.

En estas estábamos cuando una noticia de la televisión nos obligó a cambiar de tercio. Y no era para menos. Diez de las personas más ricas del mundo habían aumentado su vasta riqueza en más de 400.000 millones de dólares durante la pandemia. Inmorales, obscenos y algún que otro epíteto más grueso volaron pronto sobre la mesa, hasta que, calmados un tanto los ánimos, nos dispusimos a calcular las posibilidades y las medidas más certeras para acabar con esta lacra. En esto también hubo un acuerdo casi total: dentro de este sistema la tarea es ímproba, o casi inútil, pero puesto que de momento viajamos dentro de este autobús, abramos las ventanillas y que, al menos, nos dé un poco de aire, coincidimos.

Antes, dimos un repaso sobre las ruinas que fuimos encontrando por el camino. En nuestro país, las personas más pobres han perdido hasta siete veces más renta que las ricas, y 790.000 habrían caído en la pobreza severa (tener que vivir con menos de 16 euros al día). Añádase, entre otros muchos datos que se podrían citar, que los ricos apenas pagan impuestos y los directores de empresas y accionistas amasan enormes fortunas, mientras en los hospitales y las escuelas se necesita financiación urgente.

Tras un “se me revuelven las tripas”, pronunciado por uno de los intervinientes, pasamos al capítulo de soluciones. Varias fueron las que aparecieron durante el recorrido, destacando, sobre todas, una urgente reforma fiscal que sirva para luchar contras las evasiones y vaya disminuyendo la distancia entre ricos y pobres.

Sin olvidar otros objetivos como ampliar la cobertura del ingreso mínimo vital, que propicie la reducción de la pobreza infantil o el combate contra la precariedad en base a políticas alternativas de empleo que sustituyan a los ERTE.

Llegados a este punto nos dimos unos momentos de descanso, si bien, en el ánimo de todos se adivinaba un cierto escepticismo de fondo. Para acelerar todos estos procesos se necesitan conductores ágiles y dispuestos a llegar hasta el fin de la ruta, dijo alguien. No basta con acelerones incontrolados, o con sacudidas a las ruedas de cuando en cuando, replicó otro. En el cielo comenzaban a dibujarse algunas nubes cuando nos dimos cuenta de que ya habíamos llegado al final del viaje. Así que decidimos levantarnos de la mesa.

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